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J. J. Emrys

Desde el abismo: El militar

– Señor, más restos biológicos, pero ni rastro de supervivientes. Esperando órdenes, señor.

 

Alexandre asintió. El protocolo estaba claro. Ahora había que reducir a cenizas todo el lugar. Cruzó una mirada con el cabo primero. Dentro de aquel traje tan pesado costaba mantener el tipo pero aquel niño lo llevaba bastante bien.

 

– Inicie el protocolo de desinfección y mande una escuadra a patrullar el perímetro mientras tanto.

 

Aquel pueblo no era como los que, hasta el momento, había limpiado. Sin supervivientes, sin rastro de ningún tipo de resistencia, los restos humanos estaban esparcidos por todas partes. En un techo se había encontrado cuero cabelludo. Las únicas huellas la dejaron los bichos al abandonar los restos humanos. Todos se habían ido en la misma dirección, hacia el bosque de robles que abrazaba aquella aldea. Eran medio centenar de garras de tres dedos que untadas en sangre habían pintado un cuadro macabro.

Los soldados fueron tomando posiciones, vigilando los posibles accesos del lugar. Todavía no habían visto ninguno de aquellos seres y el pelotón estaba entusiasmado con encontrárselos y darles su merecido. Llegaban informes de algunos abatidos en el resto de Europa. Eran vulnerables a las balas, eso era bueno, aunque Alexandre no se fiaba de las buenas noticias. El tiempo que había vivido en zonas de conflicto le enseñó mucho acerca de lo inesperado, lo improbable y todo aquello que podía salir mal cuando, en principio, se trataba de operaciones rutinarias.

 

Se agachó en el lugar donde empezaba uno de los rastros. Encendió un mechero y lo fue acercando a diferentes lugares en el suelo. Allí, en plena plaza, un cuerpo había quedado hecho añicos, los ojos eran lo primero que llamaba la atención. La ausencia de otros órganos era lo siguiente que hacía pensar cosas extravagantes a aquel militar que ya echaba de menos las minas y a los talibanes. Entonces regresó su atención a las huellas de sangre en el pavimento. El charco del que partían las pisadas tenía un par de vacíos bastante uniformes en el centro. Los zapatos y los calcetines, hechos trizas y totalmente empapados, se camuflaban en el charco un poco más adelante. Los restos de ropa: una camisa, un pantalón vaquero y la ropa interior, se alejaban en un reguero de aquel epicentro terrible.

 

– ¡Cabo primero!

 

Como pudo, Ignacio, se apresuró en presentarse delante de su sargento.

 

– ¿Sargento?

 

– Necesitamos enviar un mensaje al Capitán. Es urgente.

 

– Señor, me temo que nuestra radio no funciona, señor. Precisamente…

 

– Pues envíe un soldado.

 

– Señor, el convoy llegará mañana a las 8:00 horas, señor

 

Alexandre miró durante unos segundos a los ojos de su subordinado y dijo:

 

– Prepare al pelotón. Saldremos al encuentro del convoy.

 

Echó un vistazo a su reloj, herencia de su abuelo. Había que darle cuerda y de alguna manera era lo único fiable que quedaba después del incidente en el sol y la tormenta que más tarde azotó la tierra. Los meses pasaban y las cosas se estaban alargando demasiado. El ejército empezaba a no poder controlar a la población humana al tiempo que buscaba aquellas cosas que parecían alimentarse de personas. Eso habían asegurado los expertos, eso había explicado solemnemente la Presidenta y eso era, en concreto, lo que menos encajaba con aquel pueblo.

 

Mientras avanzaban por el camino que comunicaba con la carretera nacional escucharon las explosiones, pero todavía enfundados en su traje no recibieron el olor de la destrucción. Las piedras de aquellas construcciones antiguas, el patrimonio cultural y el recuerdo de su vecindario serían ceniza y pronto, el bosque, ocuparía su recuerdo. Solo las anotaciones de su informe y los trabajos del dibujante, que recogía en su cuaderno bocetos de lo que parecía importante para la misión, quedarían para la posteridad.

 

– Sargento, permiso para plantear una cuestión.

 

– Usted dirá.

 

– Señor, ¿porqué no continuamos con la misión?

 

– Hasta ahora nos hemos encontrado zonas por las que estas criaturas pasaron ¿correcto?

 

– Sí, mi sargento.

 

– Pues acabamos de atomizar un posible punto de origen.

 

– Pero, mi sargento, aquí no hay ninguna antigua ciudad subterránea, ni cuevas profundas.

 

– En efecto-- Alexandre sonrió consciente de que aquel joven no había empezado a componer ideas propias sobre aquel asunto y se había creído toda la propaganda estatal y de los bien mantenidos altos mandos. Espero la siguiente pregunta, la más evidente y primaria de todas

 

– Entonces, mi sargento, ¿de dónde han salido estos demonios?

 

La noche sería más oscura para todos después de aquel momento a pesar de que el brillo de la luna fuese el más potente de la historia de la humanidad. Alexandre puso una mano enguantada en el hombro forrado del traje aislante de Ignacio y dijo:

 

– Del lugar del que salen todos los demonios hijo, del interior de las personas.

Publicado la semana 62. 10/03/2019
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