09
J. J. Emrys

Desde el abismo: El ermitaño

 No había nada más efectivo que el silencio para que Luis despertase. En aquel lugar tan apartado de toda luz eléctrica, donde ni siquiera el GPS conocía el camino, el silencio tenía muchos matices. Comprobó que su escopeta estuviese cargada, se vistió sin hacer ruido y pisó en los lugares más estables del suelo de su cabaña. Ni un solo crujido delataba sus pasos. Fuera los animales guardaban silencio mientras observaban desde sus escondrijos. El bicho debía ser enorme y haber llegado hace poco. Putos ecologistas. Echo un vistazo a la cabeza de oso y las dos de lobo que presidían la chimenea. Desde que él estaba allí ningún pastor se había vuelto a quejar. Él era el mayor depredador de la zona y los animales lo sabían. De pronto pensó si serían los gilipollas del ministerio de medioambiente, pero enseguida entendió que no. Lo que la noche le había traído a la puerta de su casa era más sigiloso que él. Se acercó a la ventana y echo un vistazo muy rápido. Al este despejado. Nada en el oeste, entonces su puerta retumbó tres veces. Luis no recibía muchas visitas. Salvo algún funcionario o un peregrino despistado, nadie tenía motivos para subir allí, en cualquier caso. ya no volvían una segunda vez tras haber probado la hospitalidad de Luis. Él bajaba, cada vez menos, a comprar algunos suministros y al banco. No le gustaba la gente y no lo ocultaba. El mundo parecía haberse vuelto imbécil como si se hubiesen contagiado todos a la vez de lo mismo y esparcieran su mierda por todas partes. ¿Qué cojones puede querer alguien a estas horas aquí arriba?

En cinco pasos se colocó frente a la puerta. Olisqueó acercando su nariz al hueco de la cerradura. Levantó las dos cejas y durante menos de un segundo dudó sobre lo que había percibido. Se incorporó y apoyó el cañón de la escopeta sobre la puerta, a la altura de una respiración agitada.

 

– Me da igual lo que te haya pasado o lo que te vaya a pasar. Tengo una escopeta con la que he matado bichos de una piel más gruesa que esta puerta. No tengo familia, nadie me va a echar de menos, pero puede que a ti sí. Vete por donde has venido.

 

– Luis, soy yo, Agar. Necesito ayuda.

 

Los viejos engranajes de su memoria empezaron a chirriar. Sus ojos se movían despacio, al principio, para acabar a toda velocidad mientras una ráfaga de imágenes provocaron un vuelco en el estómago y un nudo en la garganta. Había pasado mucho tiempo. La preciosa Agar, siempre tan perfecta, dispuesta a ayudar, a escuchar a un niño sin padres, pero que se fue con los suyos. Que también lo abandonó.

Sacudió la cabeza como hacen los perros cuando se secan y recuperó su hostilidad.

 

– Tampoco me importa quien seas. Contaré hasta diez.

– Luis, por favor.

 

Era una voz gastada por los años, conservaba pocos colores del arcoiris de la juventud. Cerró un ojo y el otro lo aproximó a un agujero minúsculo entre las tablas de la puerta. La luz de la luna era suficiente. Allí estaba ella. Gris, apocada. Como un animalillo al que perdonar la vida. Una criatura debilitada, aterida del frío que miraba hacia abajo mientras a si misma se abrazaba como le abraza una camisa de fuerza a un loco.

 

Se odió a si mismo por sentir piedad, por querer sonreír, por dejar vivo un pequeño rastro de esperanza.

 

– ¡Vete, ya lo has hecho antes! ¡Vete y no mires atrás!

– No puedo ir a ninguna parte Luis, por favor, si vuelvo me van a matar.

– No es mi problema, no es mi problema.

 

Dejó de encañonar la puerta y su mirada se mantuvo en un horizonte que no era posible. Esperó y pudo escuchar sollozos. La puerta volvió a retumbar. Agar estaba dejándose caer apoyada en ella. Más sollozos. Él se alejó de la puerta, se paró, volvió a sacudir la cabeza y se dirigió a su cama.

 

Si fuese otra persona ya habría recibido su merecido, bastante estaba haciendo dejándola en su porche. Se acostó y se tapó. Dio una vuelta, dos, tres. Puta loca, ¿a que viene aquí? Que se vaya, sí.

 

Retiró la manta con brusquedad y fue pisando, con fuerza, hasta la puerta. Quitó el travesaño, giró la llave y abrió.

 

La luna se tiñó de rojo. La noche le hizo un traje de sangre y el amor de su vida estalló en pedazos frente a su puerta. No pudo evitar caerse. No quiso mantenerse en pie. Deseaba morirse antes de sentir todo lo que sentía. Esa cosa debía estar dentro de Agar, todavía tenía mechones pegados a la cresta que parecía hecha hueso en su cabeza, algún pedazo de carne se despegaba de sus pechos, jirones de ropa iban resbalando por su cuerpo.

 

Su escopeta estaba cargada, dispuesta a defender su territorio, preparada para mantener su soledad en su prisión de ermitaño, pero sin embargo lejos, demasiado lejos. El bicho parecía aturdido. Se miraba lo que antes habían sido una manos finas y ahora eran garras de tres dedos. De pronto alzó su cabeza y emitió un siseo que revolvió todos los miedos ancestrales del único ser humano que allí quedaba.

 

Podría haber intentado hacerse con su escopeta y , con suerte, meterle un par de tiros a aquella cosa, pero optó por correr, meterse en el bosque y dejar de contemplar esa imagen tan perturbadora. No quería enfrentarse a aquello; era eso, nada más. Miedo, puro e insuperable. No notaba como su cara y sus manos se llenaban de heridas a medida que profundizaba en el bosque, el frío le resbalaba por una piel que no quería sentir y mientras corría, todo lo vivido esa noche empezaba a volverse difuso, como los sueños cuando intentan explicarse. Lo único claro, la única certeza es él, ya no sería el mayor depredador de la zona.

Publicado la semana 61. 03/03/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
09
Ranking
0 77 0