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J. J. Emrys

El error.

 Mi vida pasa a toda velocidad frente a mis ojos. En casi todas las imágenes que chocan unas contra otras y en mi presente, estás tú. Tus ojos suplican comprender, bailan en los míos que están ocupados en repasar mi historia, me doy cuenta que casi no tengo recuerdos sin ti. Nos conocimos cuando no pensábamos en hijos, pero paseábamos nuestros perros. Nala y Sirio se mudaron con nosotros tres veces hasta acabar en esta casa, en la que mis rodillas flaquean y tus manos me aferran para que no me caiga al suelo. En este mismo suelo concebimos a Elsa. Nacerá en dos meses y ya puedo jurar que la amo tanto como a ti. Me gustaría volver a contarte el mismo chiste que te hizo reír, tanto, que escupiste la ensalada sobre mi en aquel restaurante que aún no nos podíamos permitir. Ya nunca más volveré a escuchar tu risa. Tus gritos silencian también mis pensamientos que se vuelven más acuosos a medida que me tumbo. Te vas, te alejas para buscar el teléfono. El cuchillo ha entrado hasta la empuñadura.

 Llegarán tarde lo sé, como solías hacerlo tú cuando quedábamos para estudiar; después te ibas demasiado tarde de mi habitación y los libros se quedaban, casi siempre, sin abrir. Acaricias mi mejilla mientras hablas por teléfono, mi sangre huele dulce ¿o es tu perfume? Ya no hay dolor y el peso de mis párpados es insoportable. Busco darte el beso de buenas noches mientras pienso en que debería haberme acordado de las llaves, haber llamado a la puerta, acordarme que estabas muy preocupada por los robos en la zona.

 Llevo una mano a tu cara y meto la otra en el bolsillo de mi chaqueta. Rozo el anillo. Ya no siento nunca más.

Publicado la semana 56. 26/01/2019
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