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J. J. Emrys

La Diosa

 Tras bajarme de la barca el hombre del candil me dijo “¿lo ve, doctor Gutiérrez? Ahí está la entrada al templo de la Diosa”

 Llovía y aquella luz pugnaba contra las sombras que lo envolvían todo. A duras penas lograba atisbar la cara del bueno de José, pero asentí cortésmente porque, cada vez que un relámpago rasgaba la oscuridad, podía apreciarse algo gigantesco que se alzaba a pocos metros de la orilla. “¿Ve aquel cacho de roca que sale p´a fuera en todo lo alto? ¡Es la concha que marca el templo! Mi abuelo, que en paz descanse, me contaba…”  Desconecté, conocía la historia al dedillo, pero mantuve mis gestos educados mientras me preocupaba por mantener seca la cartera de cuero que abrazaba en el interior de mi abrigo. Apuramos el paso, notaba como mis utensilios emitían pequeños quejidos. Invité a mi guía a que continuase tan interesante relato una vez refugiados en la entrada del templo y allá fuimos.

 Cuando estuvimos bastante cerca, con ayuda de los rayos, pude comprobar que, en efecto, en la parte superior de lo que parecía una abertura natural en la roca habían tallado una forma que recordaba a una vieira “¿Ve? ¡mire, mire! Es la concha. Ahora lo ve claro ¿verdad?

 Nos introducimos en la gruta que enseguida empezó a descender. En las paredes estaban dispuestas algunas antorchas hasta donde nuestra luz nos permitía ver, pero José no se molestó en prender ninguna ya que aquello podía molestar a la diosa en esta situación.  A medida que avanzábamos el sonido de la tormenta se atenuaba y me pregunté que me encontraría allí.  José volvió a hablar “Ella está enferma ¿sabeusté? Y aquí no le entendemos de potingues. De barcos, nudos y mareas sí, pero nuestras medicinas no le sirven” Sonreí y le dije que no se preocupase, haría lo que estuviese en mis manos, pero quise insistir en lo que ya le había advertido en la cantina, aquella no era mi especialidad, no sabía cómo tratar a las diosas. Eso quiso ser una broma, pero el marinero se mostraba muy preocupado. El resto del camino decidí quedarme en silencio.

 De pronto frenó en seco, puso una mano en mi hombro, elevó con gesto reverencial el candil y señalando un punto en las tinieblas, me dijo “¡allí está, acérquese doctor, acérquese no tenga miedo!” Habríamos descendido unos cien metros, hacía frío estaba empapado y quería meterme en mi cama por eso tardé en vislumbrar lo que el curtido dedo de José me indicaba: era un banco de arena limpia y grande y escuchaba, que no veía, como el mar parecía entrar desde la pared posterior de aquella cámara rocosa, pero no lograba ver a la paciente. José, solicito, me prestó el candil mientras con un gesto me apremiaba a ejercer mi profesión. Por fin logré ver a la diosa.  Comprendí porque pensaron que un veterinario como yo era el más idóneo para la misión.

 - José, esto, esto, es… ¡es una vieira gigante!

 - Sí, doctor, sí y está pachucha ¿sabeusté?

Publicado la semana 53. 31/12/2018
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