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J. J. Emrys

El ladrón de Nochebuena.

 Las campanillas combinaban sus sonidos para interpretar la melodía favorita de Sabela. Tumbada sobre la nieve haciendo lo que había aprendido de las películas, veía pasar el trineo de Papá Noel una y otra vez en su viaje vertiginoso entre los hogares de millones de niños. Pensó que era bastante raro estar tirada en la nieve con el pijama de conejo que le había regalado su abuela y era más raro aún que no sintiese ni una pizca de frío. Despertó y el sonido de campanillas se alejaba de sus oídos que estaban, todavía, en el mundo de los sueños. Echó un vistazo a su ventana. Su papá había cerrado las cortinas por lo que su imaginación quedaba libre para recrear una ciudad nevada y a sus habitantes como elfos alegres. El ruido que escuchó entonces no se parecía en absoluto al de las campanas cantarinas de sus sueños, le recordaba más a una silla que se arrastra o a un cajón que se abría o a un papel que se rasgaba; tal vez se daban todos a la vez. Al principio pensó que algún animal, de una forma muy astuta, había logrado colarse y que bueno, estaba buscando un tenedor para después sentarse a la mesa y comerse el bizcocho que habían dejado para…

 Sabela abrió los ojos como si un gato le hubiese mordido el dedo gordo del pie. Se quitó de encima las mantas y agarrando a su fiel compañero de aventuras, el tigre Taiga, se fue al salón. La puerta estaba entreabierta y pudo ver, con la escasa luz de farola que se colaba por la ventana, una silueta. ¡ES ÉL! pensó de un grito y desde su cerebro se escapó un poquito de emoción que saltó de su garganta hasta los oídos de quien, con mucho cuidado, pero con experta rutina, estaba metiendo cosas en una bolsa enorme de un color rojo gastado. Una tradición en navidad, que en esa ocasión iba a jugar a su favor.

 - ¡Hola Papá Noel!

 Del susto el viejo ladrón sintió como el tiempo se congelaba a su alrededor, como si estuviese dentro de un cubito de hielo. Podría salir corriendo, pero, tal como tenía el lumbago no iba a llegar muy lejos. Forzó su sonrisa, tomó una buena cantidad de aire y decidió enfrentarse a la niña.

 Sabela apretaba su peluche y lo retorcía un poco, mientras miraba como Papá Noel, con los ojos muy abiertos y las cejas elevadas, le sonreía. Le pareció algo menos luminoso y algo más gris que la imagen que se había formado, pero su ilusión no iba a permitir, por el momento, que el aspecto de borracho, el hecho de que no parecía traer nada, más bien lo contrario, la impresión de que había revuelto los armarios y cajones, y los restos de cristales a los pies de la ventana, le llevase a cuestionar al mismísimo espíritu navideño.

 Pedro, un ladrón de sesenta años, barriga prominente y un problema con la bebida supo reaccionar y decidió aceptar el papel que la niña le había otorgado. Soltando el saco, que hizo un ruido metálico al llegar al suelo, puso los brazos en jarra, frunció el ceño y le dijo a Sabela:

 - Señorita, ¿Qué hace despierta a estas horas? ¡Jou jou jou!

 A la ilusión de Sabela le estaba costando horrores contener las dudas que la parte racional de la niña quería expresar

 - ¿Por qué no vas todo de rojo?

 - ¡Jou jou jou! Es que en la casa anterior me manché y, bueno, era la ropa que tenía en el coche.

 - ¿Has venido en coche?

 El licor café que consumía a diario desde que su mujer se largó, había conseguido mantener sus mejillas siempre rojas, aunque en ese momento ardían con el fuego de la vergüenza.

 - ¡Jou jou! Vengo de incógnito, eeee, si ven el trineo ya saben que soy yo. Así me aseguro que nadie me reconozca

 - Pero, si vas sin trineo y con el traje sin completar van a pensar que eres un ladrón.

 El viento pasó sin llamar por el agujero de la ventana. Pedro notó, al contraste, que sus orejas hervían. Sus ojos empezaron a moverse en todas direcciones buscando un salvoconducto. Una foto en un marco hecho a mano por un niño o alguien con una concepción abstracta de lo que es un marco, llamó su atención. Había un nombre escrito con palillos de colores.

 - ¡Jou!Sabela. ¿Ves? —dijo con la voz algo más fina— No puedo ser un ladrón porque me sé tu nombre.

Tragó saliva y decidió no dejar demasiado tiempo al silencio; recomponiendo un poco el tono volvió a decir.

 - ¿No sabes que si estás despierta no te puedo dejar ningún regalo? Vete a dormir ya. Además, si se despiertan tus padres se van a quedar también sin regalos.

Las comisuras de los labios de Sabela se curvaron hacia abajo y sus cejas se elevaron por el ceño. Se puso triste y Pedro no estaba seguro del motivo.

 - A mi papá le cuesta despertarse desde que mamá se fue con los abuelos. El médico le dio medicina para curar la tristeza, pero tiene que tomarla mucho tiempo.

 - Ya lo sabía, es la costumbre. Tu papá ya tiene bastantes problemas entonces.

 - La niña volvió a sonreír y dio un paso al frente. Con un montón de ilusión pegada a la cara, como un chocolate caliente, cuando se come como se merece, le dijo:

 - ¿Le has traído el regalo que te pedí?

 Aquello se estaba alargando mucho. Necesitaba una buena copa en esos momentos. Necesitaba dejar de escuchar a aquella maldita cría que lo hacía sentir culpable. Él robaba porque no había otro remedio. ¿Quién le iba a dar curro a esas alturas? Había sido un gran cerrajero, un marido pésimo y un padre ausente. Los ojos brillantes de la niña le recordaron a los de su retoño que a sus veinte años no le hablaba. Carraspeó intentando amedrentar al nudo de su garganta.

 - No te puedo decir nada. Hasta mañana no lo puedes saber. Por favor anda para cama.

 - Sabela se quedó observando de nuevo a Pedro durante unos segundos antes de salir corriendo hacia las habitaciones.

 Pedro se asustó, vació el saco lo más rápido que pudo. El jaleo podría considerarse de importancia, ya daba igual. No sabía de quien era cada cosa, así que dejó todo el en salón. Enrolló el saco a su brazo derecho y fue a la ventana dispuesto a escapar. Cuando estaba a punto de saltar al patio común escuchó a Sabela diciendo:

 - ¡Espera Papá Noel! Necesito darte esto.

 Se giró quedando en una postura muy incómoda para cualquiera a quien le costase salir de un sofá y vio que la niña tenía un papel en la mano. Agarrado a la canaleta de la lluvia estiró la otra mano para recoger lo que resultó ser una carta.

 - Es algo tarde para que me des tu carta para, bueno, para mí.

 - No es para ti

 - ¿Entonces?

 - Tú puedes ir a donde quieras ¿a que sí?

 - Jou sí, jou, jou

 - ¿Podrías darle esta carta a mi mamá?

 - Bueno, vale. Está con tus abuelos y ¿dónde viven ellos?

 - En el cielo.

 No supo que contestar. Se quedó en la ventana mientras sus emociones, sus prioridades y sus remordimientos se peleaban entre sí para ver quién era el primero en saltar al vacío. Trató de ponerse un poco más cómodo y después de un par de suspiros se quedó sentado en la ventana con los pies hacia dentro de la casa. Miró a Sabela con una sonrisa mucho más natural que la primera vez. Extendió su mano derecha y apuntó con su índice a la mesa del salón:

- Sabela, anda, acércame el bizcocho y el vaso de licor y cuéntame todo.  Prométeme que después te largas a dormir y me dejas seguir con lo mío.

 

 A la mañana siguiente el padre de Sabela tuvo muy claro que un ladrón entró durante la noche en su casa y por algún motivo abandonó todo su botín en mitad del salón. Allí se encontraban sus regalos, casi seguro los de sus vecinos y un montón de cobre junto con herramientas y guantes. Además, se había pimplado el licor y comido las pastas, pero lo más extraño de todo fue encontrar sobre la mesa un sobre en el que habían tachado un para mamá con letra de su hija y debajo, alguien había escrito:

 Para Sabela, de mamá.

Publicado la semana 50. 16/12/2018
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