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J. J. Emrys

Ámbar

 Ámbar era una luciérnaga muy curiosa. Desde pequeñita tenía en vilo a su familia, siempre iba de aquí para allá trasteando con todo, curioseando en cada hueco, comprobando su reflejo en los charquitos que se formaban en las hojas de las plantas, aunque sus lugares favoritos eran: las bombillas rotas, las mamparas de lámparas viejas, los televisores abandonados en mitad del bosque etc. A pesar de las regañinas, no lo podía evitar era, con absoluta certeza, su mayor deseo iluminar.  Quería dedicarse a iluminarlo todo pues no entendía eso de la electricidad o las velas que tantos disgustos daban a las polillas, o esos aparatos de fuego azul en el que las moscas explotaban.  Con el tiempo perfeccionó su técnica y cualquier objeto en el que su pequeña anatomía pudiese acomodarse y que fuese algo translúcido, le servía para practicar.

 Un día, cuando Ámbar estaba probando su luz dentro de una maceta de plástico en la repisa de una ventana escuchó como una mamá le decía a su hijo que no podían permitirse tener la lámpara por la noche, no había dinero para eso, no había dinero para casi nada. El pequeño le contestó que en la oscuridad habitaban monstruos, que tenía miedo y la mamá le consoló hasta que el niño pareció calmarse, pero, el oído de la pequeña luciérnaga es muy agudo. Los sollozos del pequeño seguían ahí. Ámbar lo tuvo claro. Se coló en la habitación y buscó algo en lo que meterse y emitir luz con todas sus fuerzas.  Se paró un momentito a admirar la extraña lámpara que el niño tenía en su habitación. Era una roca verde translúcida con un hueco por donde se introducía una bombilla. Decidió meterse allí. Con mucho esfuerzo desenroscó la bombilla y se concentró. Pensó en el miedo del niño, la tristeza de su mamá y la ausencia del padre, y su brillo, por un instante, asustó a la oscuridad del cuarto.

 El niño dejó de llorar. Se acercó a su lámpara y comprobó que algo revoloteaba emitiendo un sonido que, a él, le recordó a una cancioncilla. Como si tuviese un resorte salió disparado de su habitación.

 Ámbar se sentía feliz de ayudar, además, era el lugar más original y bonito que había probado, así que decidió que ya era hora de emanciparse; aquella iba a ser su nueva casa.

 - Mientras revoloteaba escuchó la siguiente conversación:

 - ¡Mamá, mamá!

 - Antón, ¿Qué fas fóra da cama?

 - E que…

 - Antooón os monstruos non existen

 - ¡Non é iso!

 - E tampouco vai vir o sacamantecas. O teu tío é parvo.

 - Non oh, non é nada diso

 - A ver

 - E que quería saber unha cousiña

 - Diiiime

 - Mamá, ¿Qué comen as fadas?

Publicado la semana 49. 09/12/2018
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