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Caballo de Coia

De urracas y dragones

Hace mucho, mucho tiempo, que no se ven dragones por ahí. Si sales a la calle cualquier día, haga el tiempo que haga, y miras al cielo, te mojarás la cara si llueve o entornaras tus ojos si el Sol brilla en lo alto; pero no verás dragones por ninguna parte. Tú podrás poner objeciones y asegurar que viven en cuevas y duermen en ellas durante siglos haciendo olvidar al ser humano que, alguna vez, quemaron sus pastos o raptaron a las bellas hijas de la aristocracia comiéndose a no pocos caballeros más temerarios que valientes. El caso es que, después de tanto enfrentamiento y ante la clara ventaja reproductiva de los humanos, decidieron que exiliarse en cuevas no era suficiente. Se mudaron, pues, a otra dimensión.

A esta mudanza a gran escala le han seguido todo tipo de cambios, aunque hay una cosa que no han podido sustituir. Como bien sabrás, y si no para informarte estoy, los dragones gustan mucho de hacer acopio de oro, plata y joyas de todo tipo y valor; usan esos tesoros de mullido colchón ya que, de otra manera, no consiguen dormir. Sé que habrás visto ilustraciones en las que se contempla a un enorme dragón sobre una gran roca, con un trasfondo de rayos y centellas. ¡Nada más lejos de la realidad! Las hermandades secretas y su simbología han colado sus obsesiones en las historias ¡qué se le va a hacer!. En el mundo real los dragones necesitan de todos esos materiales para descansar sus enormes cuerpos y, por supuesto, no hacen equilibrismo sobre colinas puntiagudas. El problema es que en la otra dimensión carecen de lo necesario para sus colchones. Las criaturas que habitan aquellos reinos tienen sus propios problemas y nunca han sentido la necesidad de ponerse a excavar minas. Se les ve más ocupados en mantener vivo el fuego y escapar de criaturas que los ven como un tentempié suculento.  Tú te preguntarás, pequeña criatura humana ¿no duermen entonces? Habéis visto a vuestros padres cuando no descansan bien. Los dragones son aún más irritantes y pronto acabarían destruyéndose entre si y a todo lo que les rodea. Antes de marcharse buscaron varios aliados en esta dimensión en la que tú y yo nos encontramos. Sus principales aliadas somos nosotras, las urracas. No distinguimos entre reyes y campesinos. Ahora ya sabes en donde acabó el anillo de bodas que tu padre aseguró no haber perdido aquella noche en la despedida de soltero de tu tío, o la cadena de oro que tu abuela juró sobre la tumba de tu abuelo, no haber empeñado para ir al bingo.

Viajamos entre dimensiones, como ellos, no obstante, dragones y aves tenemos un antepasado común: los dinosaurios... En fin. Nos encantaría contaros todo esto y más, pero sois humanos. Dicen que las crías de los humanos resultan ser más razonables. Tú pareces muy joven y todavía no me has lanzado una piedra o una red. A lo mejor, puede que seas el polluelo humano a quien esta urraca, vieja y cansada, pueda contarle todas sus aventuras.

¿Por cierto, me dejarías ver de cerca esa cosa ruidosa y brillante que llevas en tu mano?

Publicado la semana 48. 02/12/2018
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