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Caballo de Coia

Condenado

 ¡Mátalo, se lo merece, es culpable! Son sus voces, las de mis antepasados, las de mi familia; son sus voces, pero engrasadas de rabia. Venganza que suena como tambor de guerra. En mi memoria descienden de una montaña como la palabra divina. Míralo, dicen, es un asesino. Me obligan a sostener su mirada, justo en este momento, mientras el agua traza caminos en mi cara. Nunca supe descifrar nada en los ojos de los demás, tal vez por eso…

No llegué a tiempo, pero conseguí manchar mis manos de sangre mientras trataba de tapar la herida abierta en el vientre de mi madre. En el mismo lugar que hace cuarenta años el amor me envolvía en forma de líquido y yo flotaba ajeno a estas voces. Son sus voces, inocentes, ingenuas; son sus voces las de mi gente, mis seres queridos. En otro tiempo. Ahora suenan como campanas repicando a muerto, como vientos furibundos que elevan sus reclamos al cielo y dejan caer el agua con sal sobre la tierra, como la que ahora llena sus bocas.  Mis manos también se llenaron de tierra. Sangre y tierra.

La luz de la luna se cuela por la ventana. Le sostengo la mirada mientras esquivo los barrotes. ¡Está bien, demonios! ¿Queréis más sangre? No la tendréis. Esta cuerda sostendrá mi cuerpo para que no lo alcancen vuestras manos condenadas cuando el abismo se abra a mis pies; mientras, mis fluidos os colmarán una vez mi alma vuele. Ella será salvada por que yo soy inocente, ¡inocente, me oís! Pero el otro, el otro es un ser despreciable que ha acabado con lo único que alguna vez nos quiso en este mundo. ¡Muere, maldito!

 Ya dejo atrás mi celda de hormigón y acero. Abandono, junto a mis demonios, mi cárcel de hueso y decadencia. ¡Que Dios se apiade del hombre que ocupe mi lugar!

Publicado la semana 47. 25/11/2018
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I
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