Semana
43
Caballo de Coia

Una luz cae del cielo.

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Relato
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 No debería estar despierto, pero no lograba dormir. La tristeza, la duda existencial y la rabia se daban explicaciones en su cabeza. Él seguía atento a la conversación, pero no intervenía. Era la primera vez en su vida que las preocupaciones le impedían dormir así que hizo lo que más le gustaba en el mundo, ver por la ventana. En el patio, la luz de la luna mostraba el perfil de la caseta vacía en la que se podía leer “Fuyur”. Estaba mal escrito, porque su padre, que construyó, pintó y adornó la caseta, no había cogido un libro en su vida más que para lanzárselo a su hermano mayor. Su tío mostraba la cicatriz con cierto cariño y ahora, en sus novelas, siempre incluía a un hermanopequeñotonto. Jake sonrió un poquito recordando esa historia. Se imaginó leyéndola en su cabeza, en una esquina de su pensamiento, mientras aquellos tres discutían.

 Su hermano Jon se quejó. Si despierto resultaba difícil entenderle, en sueños era imposible. De todas maneras, esperó por si despertaba y se ponía a llamar a mamá. No pasó de ahí, se limitó a girarse cara la pared y Jake pudo seguir contemplando la tenue imagen de los campos de pasto cercados por antiguos muros de piedra que se extendía hasta el bosque de robles. Era la suya la última casa del pueblo y desde su habitación parecía ser la única.  Suspiró mientras la tristeza y la rabia bajaban sus voces y la duda existencial les invitaba a sentirse, todos juntos, pequeñísimos ante la inmensa oscuridad. Una estrella fugaz cruzó el cielo de un abril seco que había traído, en lugar de mil lluvias, un cumpleaños y varios regalos, entre ellos, un telescopio.

 Mientras buscaba la luna pensó, por un momento, y quiso creer, para siempre, en las palabras de su abuela. Los perros buenos como Fugur (la abuela le cambiaba el nombre a todo el mundo) se iban al cielo con el señor. Jake no creía que hubiese ningún señor en el cielo, pero si lo había tenía que tener una casa con un jardín enorme porque todos los perros son buenos y le constaba que ya habían muerto unos cuantos por ahí. Siguió meditando y pensó que lo de las cacas debía ser un problema también. Justo en el hueco que deja un pensamiento para que pase el siguiente, un destello en el cielo nocturno le hizo fijarse por encima del horizonte. Se libró de sus pensamientos.

 Del mismísimo universo caía una luz. No parecía una estrella fugaz. Debía ser un meteorito. Cogió su telescopio y trató de atraparlo en su lente. La luna estaba difícil, pero aquello era un reto para cualquiera. No lo consiguió, no hizo falta. La sorpresa dejó la puerta abierta para que pasase la incertidumbre y esta invitó al miedo. El ojo que quedaba libre se abrió para comprobar que, lo que fuera que caía, lo hacía en su dirección, dejando tras de sí un cielo, tal vez un universo, que ondulaba como lo hacían las aguas del estanque cuando una rana se escondía ante la presencia de Jon y su espada “jedi” de madera. De pronto aquel objeto cambió su trayectoria, una llamarada cruzó el cielo iluminando los campos y toda la habitación. Era fuego como el que sale de un soplete.  Impactó justo en donde acababa la última finca del pueblo y empezaba el bosque. Antes había frenado en el aire. Hasta que todo quedó en silencio, se escucharon varios sonidos. El impacto hizo que los cristales vibrasen como también lo hicieron sus huesos. La casa parecía un despertador antiguo dando saltitos en la mesilla de noche. Después, el chirriar de un par de árboles perdiendo el asiento y el ruido correspondiente al caer. Hubo polvo y ladraron perros, pero, un rugido sí, un rugido como si a varios leones les hubiesen pisado la cola a la vez, consiguió que los perros se reservasen para otra ocasión más propicia, como el paso de la furgoneta del panadero. Se formó tal silencio que cuando su hermanito dijo su nombre, Jake casi se desmaya.

 - ¿Qué pazó? ¿Dompizte a meza?

 - ¡Shhhhhhhhh!

 Al otro lado de la pared, el somier de la cama no emitió ni el más leve quejido. No entendía como no se habían levantado. Medio pueblo debía estar despierto a esas horas y la otra mitad preparada para el apocalipsis.

 - Jon, espera aquí ¿vale? Voy a hacer pis y ya vengo ¿sí?

 - Zí

 Jake salió al pasillo y, como siempre, Jon le siguió sigiloso. Estuvieron un buen rato mirando por la ventana del baño. Jake buscaba a los vecinos que saldrían a comentar al menos el miedo que tenían, pero nadie iba a venir a ver lo que ocurría. Se resignó y miró a su hermano, este daba saltitos de un pie a otro sujetándose la entrepierna.

 - ¿Tú no piz?

 - No. Venga vete a hacer pis y nos vamos para cama.

 - Ta llolando Fuiu fuea.

 - Fújur ya no puede llorar Jon. Fújur se marchó y…

 Pero era cierto que algo lloraba y lo hacía como un perro, como un cachorro de perro. Llevó a empujoncitos a su hermano hacia el baño, Jake observó a Jon peleándose con la ropa mientras daba las últimas pinceladas a un plan.

1.Dejar al pesado éste en cama y decirle que vaya durmiendo que voy a avisar a mami o a papi para que vengan.

2.Pasar con mucho sigilo por delante de la puerta de papá y mana sin respirar hasta estar seguro.

3.Una vez respirado, ya en el salón, coger abrigo, botas, la linterna y el teléfono de papa que es el que no tiene clave.

4.Salir de casa a las, a ver, la aguja gorda está en el doce… bueno tarde. Por la noche.

 Sí, Jake ya había leído algún que otro cuento y escuchado alguna que otra historia y visto un par de películas que explican los motivos por los que debes avisar a tus padres cuando algo así ocurre. Pensó durante un rato para llegar a la conclusión de que ellos no le habían dado ningún motivo para dejarlos a un lado de su descubrimiento, además, fuera hacía bastante frío y era posible que su hermano la liase saliendo de la habitación y avisándoles en mitad de la aventura. Así que mantuvo el primer punto del plan y decidió cambiar el punto dos para que el punto tres lo realizase el bueno de su padre que era el de salir de noche cuando oía ruidos raros para él, lechuzas para el resto de los seres humanos. El punto cuatro quedaba de esa forma eliminado.

 Le ayudó a subir el pantalón del pijama y lo llevó a la litera.

 - Voy a avisar a mami.

 - ¿De vedá?

 - Sí. Acuéstate.

 Mientras pensaba en el orden en que iba a contar las cosas se introdujo en el hueco que dejaba la puerta entreabierta de la habitación de sus padres. Al principio tocó con cuidado el pie que sobresalía de las sábanas. Supuso que era el de su padre porque el leve ronquido, que siempre acompañaba el tictac del reloj, había parado.

 - Papí, mira, despierta, hay un cachorro fuera.

 Entonces algo pasó a toda velocidad por el pasillo proyectando una fugaz sombra que oscureció la habitación. Jake supuso que sería su hermano, pero no había nadie. Su oído se afinó y distinguió los pasos cortitos y veloces que se alejaban hacia la cocina.

 - ¿Qué quieres Jake?

 Miró hacia donde venía la voz y por un momento no supo que contestar

 - Jake ¿estás bien?

 La voz cavernosa de su padre se estaba llenando del cierto matiz de preocupación, lo que la volvía más suave. Su mamá aportó una eme alargada en el tiempo y pegada a la almohada que su padre pareció entender.

 - Nada cariño es Jake. Ha debido tener una pesadilla ¿Has tenido una pesadilla?

 Apartó las sábanas y sus dos pies tocaron el suelo.

 - Papá, fuera hay un cachorro y un meteorito le ha debido pillar el rabo o una pata o … Jon no está en cama. Creo que piensa que estoy en el patio

 La puerta que daba al patio golpeó contra el tope haciendo un sonido característico que toda la familia reconocía como el modo bebé, ya que Jon, desde muy pronto, aprendió a abrirla.

 - ¡Cariño despierta, Jon se ha marchado!

 La cama debía tener un muelle, como en esos viejos dibujos del pato Donald que le ponía su abuela, pues su madre estaba en pie y corriendo antes de levantarse. Ella le dijo que se quedase ahí pero no lo hizo. La madre susurraba desde la puerta de entrada a su marido que le respondía un poco más alto, pero a ninguno de los dos lograba entender. Se acercó un poco más.

 - ¡Tu manía de dejar las llaves en la puerta!

 - Ahora no es el momento, cariño. Aquí no lo encuentro

 Y llamó a Jon un poco más alto. Y un silbido se escuchó en todo el valle. Y se alargó demasiado para ser un silbido. Y una llama volvió a iluminar la noche. Y el portal que daba al camino estaba abierto.

 Tres minutos después encontraron a Jon. Estaba parado en mitad del sendero que los vecinos usaban para llevar ganado hasta las fincas, mirando el pequeño incendio que se daba no muy lejos de allí alrededor de un enorme socabón. Su madre fue la primera en verlo y ya lo estaba abrazando cuando Jake y su padre llegaron.

 - Papá, papi, papipapipapi si es un cachorro nos lo podemos quedar ¿verdad?

 El padre lo miró como si su hijo hubiese aparecido de pronto en una casa con fama de embrujada y él estuviese bajo los efectos de un alucinógeno. Asintió como podía haber bailado una sardana. Algo había caído allí, algo se estaba quemando, de alguna parte tuvo que venir aquella llamarada pero él no veía nada. Jake en cambio se había quedado como su hermano. En su cabeza se le apareció claramente la imagen de un libro. Sonrió.

 - ¡Es el europeo! Ves Jon, te dije que aquí también los había.

 Los padres cruzaron sus miradas y Jon reaccionó

 - Ti, peo mi no gustan loz dagone.

 Los padres decidieron que era el momento de volver a casa, sin hablar, por pura madurez y pánico. La primera en manifestarlo en alto fue ella.

 - Hala, se acabó que mañana tenemos cole. Seguro que ha explotado alguna porquería que han dejado por aquí.

 - Sí – dijo el padre – ya nos enteraremos. Ahora a dormir. Mañana tendremos que hacer una lavadora con las zapatillas.

 - Anda que, menudos sustos – replicó la madre.

 Jake no comprendía como sus padres ante un hecho tan grande, maloliente, lleno de escamas con más dientes que todos ellos juntos y claramente europeo, como figura en el libro “Dragones en el mundo” que le regaló su tío, podían fingir que no veían nada.

 - Pero es enorme. ¿No lo veis? Vaya. Me parece que no respira. Jo. ¿Por qué se mueren los animales últimamente? Pero su ala se mueve, se está moviendo.

 La sorpresa fue enorme, casi tan grande como aquella ala llena de vasos sanguíneos y cartílago. Allí debajo se movía algo, tan increíble y mágico como el que ya no respiraba, solo que más pequeño y adorable en opinión de Jake.

 - ¡Es una cría! Mira Jon, un cachorrito de dragón y papá ha dicho que si era un cachorro podíamos adoptarlo.

 La madre dejó a Jon en brazos de su padre y se acercó a su hijo mayor.

 - Vamos Jake, si hay un dragón mañana seguirá habiéndolo.

 - Pero es una cría ¿y si viene el lobo?

 - Aquí no hay lobos y además no creo que coman dragones

 - No me crees ¿verdad? En el libro decían que la magia que protege a los dragones no se usa con los niños porque no son una amenaza como los mayores y así se ahorran magia. Se supone que al morir deberían perder la magia y ser visibles antes de hacerse polvo

 - Voy a matar a tu tío. Jake ya tienes ocho años. El libro es para divertirse no para creérselo.

 - Pues la cría nos ha visto y viene hacia aquí.

 La madre suspiró y le dio un beso en la mejilla lo acercó a ella y lo abrazó muy fuerte, cerró los ojos y pensó al mismo tiempo que tendrían que avisar al 085. Entonces notó algo áspero, parecido al tacto de un kiwi, pasando por su brazo. Se quedó helada. No sabía si abrir los ojos o echar a correr gritando llevando a su hijo lo más lejos del suelo posible pero la risita de su hijo brindó una oportunidad al miedo de contenerse. Por fin dejó a sus ojos abrirse y vio a su hijo rascando detrás de la oreja a un pequeño dragoncito europeo.

 

 

Publicado la semana 43. 28/10/2018
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