Semana
42
Caballo de Coia

Renglones torcidos.

Género
Relato
Ranking
2 111 2

Gira la moneda. En el universo de una partícula en el aire es un tornado que baila ajeno a la destrucción que causa. Todavía está subiendo, todavía queda tiempo para levantarse y tirar la mesa, todavía puedes sacar la pistola y acabar con esto. No sería la primera vez que la mordedura de ese apéndice metálico al que vendiste tu alma, al que le regalaste tu existencia, convirtió a un hombre a tu fe o, con menos suerte, cosechaste otro ángel para tu señor. Ha llegado a ese punto en el espacio en el que, por un instante, se queda estática. Ya no subirá más, pero todavía no ha empezado a caer. Un brillo se pasea por los ojos de él. Lo sabes porque tú no estás mirando la moneda. Miras al hombre que se sienta en frente y lo recuerdas antes de la caída, antes de esta, antes de la que os llevó aquí, a este momento, a este lugar. Huele el sótano, empuja la humedad hacia el interior de cada poro de tu piel y tus huesos liberan un grito cargado de vejez. Se quejan, pero tú ya no los escuchas. Que se jodan tus huesos, que se jodan los huesos de todos los muertos.

Y el tiempo, al fin, se para.

La moneda flota en mitad de la habitación y tú presionas un poco más el gatillo.  La decisión ya está tomada. Él tiene sus ojos cerrados, está en la mitad de un pestañeo y una palabra disparada desde la radio llega a tus oídos.

“Suerte…”

No existe la suerte. Eso lo aprendiste antes de la primera vez que os visteis. Era una mujer entonces. Luego fue hombre y niño y bestia. Pero su mirada ha sido siempre la misma. Raspa por dentro de las personas y extrae hasta el más insignificante deseo, husmea entre los recovecos y encuentra lo que busca. A ti te vació también. La suerte es su escudo y su espada la palabra.

¿Qué haces Miguel, hoy, desafiando todas tus convicciones, despedazando tu seguridad, regalándole la fe a un instante de la existencia mortal? Ya no los envidias. Ya no sirves a los dioses.

Tarda el sonido más que la luz de la explosión, que genera tu arma, en llamar a la muerte, pero él tenía razón. Gabriel aparece de la nada y recibe el disparo mientras desplaza al hijo del diablo de la trayectoria de la bala.

Antes de que la moneda caiga sabrás dos cosas. El anticristo ha visto morir al primer ángel en su nombre. El libre albedrío no existe cuando se trata de los planes de Dios.

La suerte es un anzuelo y el libre albedrío un señuelo; ambas trampas de cazadores y vosotros y los humanos, sois los peces, los corderos…

La moneda cae. Cruz. Sonríes Miguel porque sabes a dónde vas. La segunda bala desde que el Apocalipsis se desató atraviesa tu papada de anciano y salpica trozos de hueso y cerebro por el techo de esa habitación de hotel. Cuando lleguen los primeros humanos verán que un viejo alcohólico se ha quitado la vida y tú, Miguel, descansarás para siempre fuera del alcance de Dios y el Diablo.

 

Publicado la semana 42. 21/10/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter