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Caballo de Coia

La Meiga Isaura. 5 Parte.

 Leyó con calma cada uno de los papeles que le entregaron firmados y uno por uno hizo lo propio. Cuando llegó al último, les dio la copia y los dobló metiéndolos en el bolsillo de su mandil. El bolígrafo se lo quedó.

 - Me gustaría irme ya.

 - Madamme, en cuanto los infogmadoges configmen el guesultado de sus grefegrencias segrá libgre

 - Existen palabras sin tantas erres. A veces parece que finge el acento.  

 Las puertas de la entrada se abrieron de golpe. Herman entró con un andar de Hollywood y una sonrisa terrible en su rostro. Traía espléndidas noticias. Hizo una reverencia exagerada a sus líderes y en mitad de esta miró hacia Isaura sin disimular su verdadera naturaleza. Isaura, no apartó su mirada ni mudó su gesto, limitándose a girar el bolígrafo como las hélices de un helicóptero.

 - Caballeros… bruja… bello durmiente. Comunicarles que ha sido un éxito. El bastión está a punto de caer. Los hombres lobo están sitiados y hemos atrapado a las brigadas. Pronto los cambiantes irán en su ayuda y nosotros tomaremos su santuario. ¿No se alegra señora Isaura?

 En las mentes de los vampiros sonaban fuegos artificiales y el equivalente sobrenatural a la tómbola que siempre toca. La meiga pensó cuales serían sus siguientes palabras. En este punto desconocía si su plan estaba siendo un éxito o todo lo que amaba había desaparecido.

 - ¿Qué hay detrás de la puerta esa?

 Dijo al tiempo que se incorporaba y señalaba hacía la puerta del fondo, que retumbó como si alguien hubiese estado con la oreja pegada y se sintiese descubierto. En un gesto, que a todo el mundo le pareció ridículo, Herman se subió a la mesa y sobreactuó.

 - ¡Nuestro seguro Bruja!

 - ¿Qué?

 - Tu hijo no reza con suficiente rapidez.

 Isaura se sentó despacio y dejó que algunas emociones negativas hiciesen un buen trabajo con su cara. Los tres vampiros, que hasta el momento se encontraban reclinados en sus asientos, pero con las manos sobre los reposabrazos por si había que levantarse muy rápido, se echaron hacia delante y asomaron su cabeza a ambos lados de las piernas de Herman.

 El primero en reírse fue aquel pobre imitador de Al Pacino y después le siguieron los lugartenientes de François, pero este no reía. Mantenía su fría mirada sobre la meiga. Aquella mujer era experta en dejar su mente en blanco, eso era incompatible con su rostro en ese momento. Aquella bruja o meiga, o como diablos se quiera llamar estaba, engañando a todos los demás, inmersos en la gloria de su victoria, borrachos de confianza, pero a él no se le estaba escapando. Puso sus manos sobre la mesa con tanta fuerza que Herman se tambaleó y unas grietas se abrieron en la madera de roble de más de cien años

 - ¡Qué tgrama! Ya sabe que no cedegremos ni una sola de nuestgras posesiones. ¡Ya lo sabe deje de fingig!

 El susto de Isaura fue genuino, un pequeño respingo que por un momento la descolocó. Iba a darle una estupenda replica llena de sarcasmo y un refrán para adornarla, pero se quedaba tiempo. Deslizándose en el asiento se metió debajo de la mesa. Entonces los cristales y la puerta saltaron en pedazos. A través de cada uno de los huecos cayeron unos cuantos de vampiros, que enseguida combustionaron dejando una fea marca en el suelo. François y Herman fueron los más rápido, lo que los convirtió en los que más lejos llegaron. Se escabulleron por la puerta central, la única que no había reventado. Ni guardias ni vampiros ni hombres lobo. Todo apuntaba a que habían escogido la mejor salida, pero no fue así.

 Los otros dos cayeron en el asalto. No sufrieron. El pazo había sido tomado por los licántropos, más de uno ya estaba escogiendo habitación. En la puerta principal François y Herman eran atrapados por unos viejos amigos de la Orden de Prisciliano a los que les habían arrebatado un objeto mágico y que, además, les debían dinero. Los magos no van servidos de lo último, el objeto era una excusa espiritual para disimular sus necesidades mundanas. A los vampiros les esperaba mucho tiempo de encierro como sujetos de estudio antes de que aprovechasen sus cenizas para maldiciones muy entretenidas.

Dentro, Isaura, había conseguido que su hijo dejase de rezar y le pidió que ayudase a Benito que continuaba delirando con hadas y carnets de socio.

 - Y después ven que te pongo algo en eso del cuello. Mira que meterte en mitad de una guerra con los ojos cerrados. Anda, anda…

 - Voy, pero la próxima vez me cuentas el plan. Creo que ya soy mayorcito.

 - Si te llego a decir que tenías que dejarte atrapar por los vampiros, hasta los árboles se darían cuenta del engaño.

 - ¡Podrían haberme matado, madre!

 - Podrían, podrían. Pero habría sido estúpido incluso para una sanguijuela.

 - Ya, bueno, en fin, no estoy muy contento.

 - Bueno, hazme el favor de atender a Benito y mañana te preparo tu plato favorito. ¿Y tu padre?

 Antonio se encogió de hombros.

 - Se suponía que me iba a proteger, pero no recuerdo que lo hiciese, ni tampoco que no. Al despertar me costó acordarme de mi nombre. Ya no lo vi más. Supongo que seguirá en el bosque. Seguro que está bien ¿no?

 - Sí. Vete que Benito necesita a un amigo. Y avisa a Margarita, no quiero a Margarita enfadada, sabe demasiado y conoce a todo el mundo.

 Isaura lo evaluó como si tuviese una nano máquina de resonancia magnética en la mirada cuando su hijo se dirigía a cuidar del guardia civil. Decidió que saldría de esta.

 La meiga se sentó de nuevo y pasó un rato mirando a las personas que estaban debajo de aquel disfraz tan pesado, que lo mágico, lo sobrenatural, lo caprichoso, les hacía portar. La mayoría pasaba de los cuarenta y casi la mitad de sus vidas se ocuparon en subir y bajar montañas, reconstruir bosques y defender a los pueblos que, como ellos y ellas, eran cada vez menos y estaban en seria decadencia.

 Cuando estaba muy preocupada su intuición no funcionaba a demanda, lo hacía de manera caótica y arbitraria. Ahora estaba en silencio. Isaura la notó disimular. Ninguna de las dos quiso plantearse la pregunta pertinente.

 Sintió nostalgia y añoró un abrazo. Uno muy especial.  

Continuará...

Publicado la semana 40. 07/10/2018
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