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Caballo de Coia

La Meiga Isaura. 4 Parte.

Los habitantes de la comarca vieron encenderse siete fuegos al mismo tiempo en siete puntos diferentes. Las explosiones, esta vez, no tuvieron testigos aislados de una sensibilidad especial, resultaron tan potentes, que su estruendo hizo callar el bramido de las tormentas venidas del este. La luz caía del cielo en su aspecto más terrorífico y las llamas del infierno de Breogán brotaban de la tierra como almas condenadas rogando su perdón. Antonio estaba pensando en hacerse escritor y eso se nota cuando ves a través de sus ojos asustados. Cuando sientes a través de sus manos aferradas a un enorme crucifijo que cuelga de su cuello. pero que podría coronar, sin desentonar, la torre del campanario de su iglesia. Cuando, a través de su olfato, el olor de tormenta seca y eucalipto expiando el pecado del minifundio, invade cada uno de sus pensamientos. Hoy puede morir, pero podrá elegir en que maldita dirección.

 A su izquierda una joven lo miraba con una ceja alzada y moviendo su nariz a gran velocidad.

 - Antonio hijo de Xoaquín e Isaura. Te hacía más alto.

Él sonrió y se encogió de hombros.

 - En realidad, mido uno con noventa, pero el miedo encoge un poco todo.

La cambiante le echó un vistazo de arriba abajo y añadió:

 - ¿Has entrado en batalla alguna vez contra ellos?

 - ¿En batalla? Padre me ha dicho que solamente tengo que recitar el rito romano por este megáfono.

 - Ya, pero si la cosa se complica nos va a costar protegerte.

La conversación se cortó cuando Xoaquín puso la mano sobre el hombro de la mujer.

 - Gracias Alyssa por tu sinceridad. Me gustaría hablar con mi hijo a solas.

 - Claro, suerte Antonio.

Iban a tener una charla en la que ninguno de los dos quería estar.

 - A ver hijo, tu sabes que yo, bueno, no he sido el mejor padre del mundo. No me siento orgulloso de ello. Creo que has sufrido más de lo que un niño debería. Te has encontrado con la realidad demasiado temprano, solamente por ser hijo de quien eres…

Antonio lo miraba conteniendo las lágrimas, el nudo en la garganta era más grande que la cabeza de un gato y los nervios le hacían buscar símiles muy inquietantes con cabezas de animales.

 - Ya… ya lo he… superado…

Xoaquín miró a Antonio cinco segundos muy largos asumiendo que su hijo no había superado nada y con total seguridad, si sobrevivía a esa noche, tendría largos años de terapias. Xoaquín habría querido decirle a su hijo que aquella noche eran todos guerreros, que él no iba a poder protegerlo, que cogiese aquella daga sagrada que había pertenecido a su estirpe y que se guiase por su instinto, su sangre. No dijo nada de eso. Abrazó a Antonio con todas sus fuerzas mientras recordaba a aquel “neniño” que lloraba por todo, que temía a la sangre como a la muerte, que adoraba disfrazarse, cantar y leer, que de mayor quería ser como Goku. Abrazaba a aquel hombre estrecho de hombros y ancho de cintura, tembloroso y encogido. Por primera vez en mucho tiempo habló con el Dios de su hijo rogándole su cuidado.

 - Yo me encargaré de que no te ocurra nada Toñito. De todas formas, toma esta daga. Fue creada para destruir a las bestias del averno con uno solo de sus mordiscos.

Antonio, sorbió sus mocos y pestañeó hasta que el agua de sus ojos dejó paso a una imagen más clara de aquel extraño cuchillo. Lo agarró y le dijo a su padre:

 - Sabe padre, esa última frase le ha quedado genial. Voy a incluirla en mi novela.

¡Qué se le iba a hacer!

No hubo tiempo para más. El aviso llegó silencioso en forma de codazo. Xoaquín se giró y Alyssa asintió. La gran manada de hombres y mujeres cambia formas se alió con los sonidos del bosque que temblaba de angustia viendo llegar las llamas. Si aquello salía mal, el bosque se quedaría sin protección para siempre y aquel lugar sagrado sería corrompido por las sanguijuelas. Tres brigadas de cinco personas cada una pasaron por delante sin percatarse de la presencia de sus vigilantes. Los vampiros estaban cerca pero no demasiado, el fuego, siempre terrorífico, les hacía más daño que a cualquier otra criatura. Recorrerían las cenizas con sus livianos cuerpos sin apenas rozar el suelo. ¡Malditos bichos escurridizos!

El viento soplaba de forma sostenida y en la misma dirección. Portaba un lamento que los humanos no escuchan, pero sienten en sus carnes. Las tres brigadas suben a proteger el refugio mientras aseguran una ruta de escape. La manada se pone en marcha y por caminos ocultos los persigue. Los humanos no conseguirán parar ese incendio sin su ayuda y de esa forma se justificará que, el lugar, se salve de las llamas. Harán lo mismo en otras partes del bosque. Antonio los ve movilizarse a ambos lados. El incendio será contenido, pero, durante un tiempo, habrá menos guerreros y guerreras luchando contra los vampiros.

Las llamas avanzan ansiosas en pos de su alimento. Pasan rápido por los bosques de eucalipto y la muerte que deja a su paso se convierte en puente de los inmortales. Ya solo queda una salida como los dos bandos habían planeado.

Hay humo, pero no importa, ya respirará otro día. Tras unas rocas asoman los primeros de ellos. Ya no se ve nada. El humo tapa la luna y las estrellas. Los rayos entonces se intensifican.

Antonio quiere pensar que está protegido y por ello extiende su mano izquierda para comprobar que no hay nadie cerca. No lo repite con la derecha, no quiere saber la verdad. Los vampiros empiezan a posicionarse. Antonio sabe que están cerca porque los escucha hablar. El bochorno aumenta. La tormenta eléctrica se vuelve más agresiva y durante varios minutos ilumina y aporta vibración al momento.

 - Van a proteger la –trueno-  hasta el final. ¿Cómo los haremos salir de su casa?

 - François tiene –trueno-  de poder. Se lo robó a los magos de Sant –trueno- bres idiotas.

La oración empezó en la cabeza de Antonio con una voz infantil, temblorosa. La manada estaba a punto de iniciar el ataque. Su papel era exorcizar a lo bestia desde el primer sonido de agonía, viniese de donde viniese. El rezo le estaba subiendo la moral. La voz en su cabeza ya superaba la adolescencia y entonces escuchó el primer golpe. Supo que habían sido los suyos. El cuerpo del vampiro reventó, lo notó en su coronilla, después resbalando por su nuca. Un aullido de guerra fue secundado en varios puntos de la comarca.

Antonio se puso en pie y agarró con firmeza su megáfono. De su boca salieron con furia las primeras palabras del rito romano. Sus ojos permanecieron cerrados, aunque cayesen sobre su cuerpo restos de la batalla. Se aferraba al megáfono como si fuese un salvavidas en mitad del océano. No pensaba abrir los ojos hasta el final, pero un golpe lo dejó mudo. Su megáfono se iluminó en varias ocasiones mientras se alejaba. Antonio caía a cámara lenta de espaldas. Con el impacto abrió sus ojos y percibió al mismo tiempo el peso sobre su cuerpo. Uno de los vampiros había saltado sobre él. Entonces pensó que el nudo en la garganta del tamaño de la cabeza de un gato no era nada comparado con unas manos, frías, de dedos afilados acostumbradas a matar, apretando su cuello con intención de arrancarte la cabeza.

Continuará…

Publicado la semana 39. 30/09/2018
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