Semana
38
Caballo de Coia

La Meiga Isaura. 3 Parte.

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La noche siguiente, a las once en punto, la furgoneta que Antonio conducía se paró frente al Pazo da Umbría. El cura ayudó a su madre y a Benito a salir. Después de despedirse de ambos  sacó su teléfono apretó la pantalla y grabó un mensaje:

- Xa vou pra ahí.

La furgoneta se alejó.

 Se suponía que el pazo era un bien de interés cultural y por lo tanto estaba siendo administrado desde lo público, pero la realidad era otra. Una familia había heredado esas tierras y sus inmuebles. Sus antepasados lo habían conseguido amparándose, entre otras cosas oscuras, en pactos de magia negra. Nada a lo que los vecinos no estuviesen acostumbrados. En el presente ya nadie decía creer en estas leyendas, pero por allí no pasaba ningún vecino, bueno casi ninguno. Quienes conocían parte de lo oculto sabían que, detrás de un gran telón, siempre hay alguien preparando la siguiente función. Los vampiros eran en realidad antiguos magos oscuros que, tras un pacto con entidades de otras dimensiones, algunas de ellas con un insistente olor a azufre, adquirieron una serie de poderes y privilegios vitales. Estos, tarde o temprano los convertiría en bestias sin escrúpulos cuando dichas entidades hubiesen agotado la reserva de humanidad de sus parasitados pero, bueno, nadie quiere pensar mucho sobre eso cuando puedes volar, hacerte invisible, conspirar dentro de los poderes fácticos de los estados y quedarte toda la noche despierto mientras los buenos duermen.

 Saura dudó. Las inseguridades tomaban forma en su acompañante. El guardia civil había aceptado el plan después de poner como condición que le librase de unas hadas que le insistían en que se hiciese socio del círculo de lectores. Que mala es la droga. Ella le aseguró que pronto le ayudaría siempre que él se limitara a asegurar, si le preguntaban, que era un pobre hombre lobo arrepentido y venía a entregarse.

No había timbre en el portalón que impedía el paso al patio delantero, pero no hizo falta. En cuanto estuvieron delante, este se abrió de forma automática. Incluso se escuchó el ruido del sistema motor que lo hacía, pero era evidente que allí no había ningún aparato mecánico. El camino hacia la entrada principal se encontraba a unos doscientos metros de un sendero de baldosas sobre un césped que disimulaba muy bien su cuidado, como un peinado que llaman despeinado y te ocupa un par de horas en la peluquería. Saura estaba concentrada en Benito por si este se iba al suelo antes de tiempo, pero, también, para no prestar demasiada atención a la miríada de ojos brillantes y de fulgores rojos que los flanqueaban. Apenas restaban unos pasos para llegar a las escaleras de mármol cuando la puerta se abrió y la cruzaron dos hombres. Y eran hombres, pero aspiraban a “Ascender” como sus “Maestros” decían. Era el servicio que vigilaba durante el día que había alargado su turno para ver caer el último reducto en la comarca de esos molestos engendros peludos. Saura se detuvo y miró primero a uno y luego a otro con la barbilla apuntando a la frente de estos a pesar de que se encontraban tres escalones más arriba. Atravesó sus gafas de sol para clavarles la mirada.

- Luisito y Fonsito. A vosotros os vi nacer yo. ¿Vuestras madres saben para quién trabajáis?

Se hicieron más pequeños. Trataron de meter sus cabezas entre los hombros mientras querían seguir pareciendo seguros de si mismos.

Una voz brotó del interior sonando como lo haría la de un muerto desde el fondo de su cripta. La verdad es que no era de extrañar.

- ¡Pasen por favor, son nuestros invitados! No se deje intimidar por nuestros perros, son muy obedientes.

Al pasar al lado de los dos guardias junto al tambaleante Benito les dijo:

- Perros y ovejas son prescindibles solo cuenta el pastor.

El lujo del interior subyugaba al visitante. Todo pedía a brillos una mirada asombrada. Cada uno de los objetos destilaba narcisismo. El suelo te daba permiso de pisarlo siempre y cuando tu cara fuese el claro reflejo de la admiración. Saura sintió cierto deleite porque sus zapatillas, llenas de barro reseco de corral, dejasen sus partículas en la impoluta estancia. A la derecha, tras una puerta adornada por un decorador fanático del barroco al que ese día le pilló el exceso subido, se encontraba el grupo de vampiros que contralaba toda la comarca. Saura, que apoyaba sobre sus hombros al guardia civil se paró. Miró a su compañero que fingía estar aturdido, pero que además lo estaba de verdad lo que resultaba bastante grotesco. Le sonrió mientras en lo profundo de su mente, donde nadie se podía colar, pensó que tal vez morirían que, en cualquier caso, todo iba a cambiar de forma radical. Si su plan salía bien, estallaría una guerra que acabaría afectando a todo lo que ella amaba. Había metido en un problema demasiado grande a tres buenas personas, bueno cuatro con ella misma.

 A simple vista eran diez, aunque podía haber más ya que la luz era muy tenue y ella tenía demasiadas cosas a las que atender. No pudo distinguir a los jefes. Los bichos solían hacer esto a propósito. Si matabas al líder y a sus dos lugartenientes el resto se dispersaba. Eso no resultaba bueno a medio plazo, pero a corto plazo te daba tiempo a juntar varias estacas y una turba enfurecida. En cuanto entraron en aquella habitación las puertas se cerraron a sus espaldas y las velas que apenas daban luz temblaron bajo el golpe de aire. Las figuras de aquellos seres parecieron seguir el movimiento de las sombras: se agitaron y se alargaron, regresando a su estado anterior en cuanto cesó el aire. Saura apretó entonces el hombro de Benito y lo empujó hacia aquella asamblea de vampiros. Algunos, los más cercanos, se apartaron incluso unos pocos levantaron sus manos para evitar tocar “aquello”. Todos, sin excepción, arrugaron su nariz.

- Tomad. Aquí tenéis al cambiante. Ya veis. Un pobre infeliz.

Entre el montón de no muertos, sin olor, sin vida y con el alma encerrada en una jaula de decadente humanidad, surgió Herman. Aplaudía.

- Buen intento bruja. No has hecho un mal trabajo. Huele como un perro, se comporta como un perro, pero es un mono. Un humano, Benito creo que se llama. Conozco a la beata de su mujer. Es de esas que reza por TODO. Eso nos incluye y resulta bastante desagradable. ¿Qué más tienes? Me imagino que querrás salir con vida de este hermoso lugar.

El vampiro dio varios pasos y se colocó entre Benito y Saura. Las manos en la espalda, con seguridad se frotaba los dedos para evitar relamerse.

- Meiga. De usted para ti, Germán. Esto es un hombre lobo y se llama Eduardo. Procede de Ribadavia y tus amistades aquí presentes no piensan lo mismo que tú

Un murmullo, muy parecido a serpientes charlando de sus cosas, se convirtió en sonoros “Mira”, “No se transformará tan cerca de la alfombra ¿no?”, “¡Jooooder!”, “¿Es siempre tan…pegajoso?”. Herman tuvo que girarse para contemplar como Benito estaba creciendo, como los músculos tiraban de sus ropas haciéndolas crujir y luego estaba el asunto la altura de la sala. Si la cosa no paraba de crecer pronto tendrían un agujero para poner ascensos. Las prendas cayeron hechas trizas al mismo tiempo que el falso techo se derrumbaba, en buena parte, a los pies de los chupasangres que, a estas alturas, se habían pegado a las paredes.

- Bien. Aquí solo veo dos salidas. La primera: sigo hablando con este estúpido mientras los jefes se mean en sus caros pantalones o, la segunda: los jefes se identifican y yo le doy este potente somnífero a la criatura para empezar a negociar.

Todos los vampiros miraron hacia el mismo lugar. Ya no hacía falta que nadie saliese a dar la cara.

- ¡Eduaaardooo!- gritó Saura- Mira agáchate un momento y no te muevas mucho no vayamos a romper más cosas aquí.

El hombre lobo no reaccionó. Era de esperar. Demasiadas infusiones. La meiga sospechaba ni siquiera se acordaba de su verdadero nombre como para recordar que estaba haciéndose pasar por otro. No tenía mucho tiempo, la poción duraba poco y si pasaba el efecto los vampiros empezarían a dudar; ese sería su fin y el de toda la comarca. Decidió acercarse a Benito que oscilaba como un borracho experto.

- Vosotros tres, los que miráis asombrados al resto. Tengo algo que os hará muy felices dentro de vuestra existencia atormentada e hipersensible. Estoy harta de los peludos estos. Uno de ellos me hizo daño en el pasado y no he podido vengarme hasta hoy. Solamente os pido una cosa a cambio y os revelaré el mayor secreto de los hombres lobo. Su guarida. Sé que habéis empezado con los incendios, como todos los años y como todos los años apuntáis mal.

Fue muy ligero, nadie que no estuviese pegado se hubiese percatado del sutil temblor que experimentó el cuerpo impostado de Benito. La meiga lanzó la botella al aire haciéndola girar y al caer la agarró del cuello y gritando la incrustó en la inmensa pierna de su compinche. Se rompió y el líquido salió un poco antes que la sangre, pero en el momento exacto en el que los efectos de la pócima multiforme se acabaron. El golpe de efecto mejoró su discurso. Benito tuvo a bien desmayarse, lo cual fue muy oportuno haciendo que la confianza de Saura se disparase hasta la altura del ego de un escritor.

- ¡Tres bien señoga Sauga! François para segvigla. Estoy ansioso pog conoceg lo qui madame pueda contagme de nuestros igitantes vesinos.

Vestía como el resto de las sanguijuelas, pero este era el más peligroso sin duda. Le estaba costando no caer rendida ante sus ojos verdes y su pelo perfecto. Menos mal que ella era capaz de mirar en el interior de las personas y demás seres de la tierra y en este no había que rascar mucho para comprobar que tenía un alma minúscula a punto de extinguir su luz, rodeada de ponzoña por todas partes; Saura, tomó parte de esa miseria y la usó como la mejor actriz de método jamás vista.  Le explicó el lugar exacto en donde prender fuego para rodear el “Refugio” real de los cambiantes. Hacerlos salir corriendo por un pasillo de fuego era lo más efectivo para poder cazarlos. Muchos huirían como humanos, otros transformados de forma parcial y todos confundidos. Si los vampiros usan sus armas de plata les resultará muy sencillo. Les recordó que en otros planos también existían refugios y si querían acabar con ellos para siempre en aquella comarca también debían encontrarlos. La manera de hacerlo era acabar con el líder quien además, con toda seguridad, llevaría con él los objetos mágicos pertinentes.

- No sé si la he compgendido. Ahora dise que los eliminemos a todos pero ayeg le dijo a Hegman que dejásemos en pas al pgresidente y al gesto de la asamblea.

- Y a mi hijo.

- Sí, sí y a su hijo ¿Qué ha cambiado?

- Hoy mi hijo no está delante y todavía no le he dicho que es lo que quiero a cambio.

- Dígame

- Quiero que me entregue el Pazo de Umbría y sus terrenos y quiero que lo haga ahora.

Los vampiros más jóvenes partieron a cumplir su misión. El mal que habitaba fuera, en las inmediaciones, se conformó en un pequeño ejército. Dentro, cinco vampiros y una meiga firmaban papeles. Un guardia civil dormía. En la comarca el viento, de pronto, soplaba de nordeste.

Continuará….

Publicado la semana 38. 23/09/2018
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