Semana
37
Caballo de Coia

La Meiga Isaura. 2 Parte.

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La meiga echó un vistazo a su paciente antes de dirigirse hacia la puerta. En el pasillo pudo escuchar la impaciencia en forma de carraspeo repetitivo. Antonio solía hacerlo cuando estaba nervioso y a juzgar por la intensidad de su tic, la situación debía resultarle realmente incómoda. Saura tocó el tirador de su puerta y esperó. El carraspeo cesó y un poco más lejos unos pies se desplazaron apenas unos milímetros, pero la meiga sintió como si de un terremoto se tratase. Negó con la cabeza, inspiró una gran cantidad de aire y cuando ya no podía más cogió otro poco, por si acaso. Masculló algo que nadie más que el acompañante de su hijo pudo oír.

- En efecto, señora Isaura, lo soy. Permítame que me presente. Mi nombre es Herman y necesito hablar con usted, como comprenderá no tengo mucho tiempo.

Al abrir la puerta su hijo la miró con los ojos muy abiertos mientras vocalizaba "VAM-PI-RO". De su pecho colgaba una cruz de madera enorme con un cristo con cara de susto. Muy apropiado. Se preguntó de dónde la habría sacado. Antonio siempre fue un poco tremendista, pero ella no lo culpaba. Desde muy pequeñito lo había orientado hacia el sacerdocio ya que, el pobre, no había heredado ni un solo don. Lo que aprendió en el seminario y posteriormente siendo aprendiz del exorcista de la diócesis, sumado a los consejos de su madre, le habían enseñado a lidiar con todo lo sobrenatural y alguna que otra cosa natural como las verrugas.

Al fondo se encontraba un hombre alto envuelto en un traje a medida, sobre unos zapatos impecables que la miraba desde unos ojos que, a la luz de la luna, brillaban como los de un gato. La brisa de aquella noche cambió varias veces desde que abrió la puerta. De la entrada del camino llegó un olor a incendio, un clásico en esa época. Cambió. Entonces la madera seca, el hierro oxidado y el aceite de motor junto con el gasoil dibujaron claramente los perfiles del cobertizo. Cambió.  El azufre colonizó la noche.

- Encantada de conocerle don Germán. Como comprenderá no le puedo invitar a entrar.

Saura cruzó una mirada a su hijo y este se metió en casa como si fuese un pollo escondiéndose bajo el ala de la gallina.

- Her-man, con H y aspirada. Me parece que lo he pronunciado con suficiente claridad. Es llana.

- Le he escuchado perfectamente señor Germán, pero no creo que haya venido a discutir sobre su nombre.

El vampiro sonrió, aunque si fuese mal pensada, Saura juraría que, salvo por la ausencia de sonido, aquello era un gruñido. Se miraron a los ojos mientras la noche llegaba a su escena final. La temperatura empezó a descender y la oscuridad se hizo más patente, más densa. La luna mitigó su brillo. El amanecer estaba cerca. Él trataba de introducirse en la mente de aquella arrogante rata, ella pensó que rata lo sería su madre.

- Está bien, escuche con atención. Nos hemos enterado que ha ayudado usted a un Cambiante. No hace falta recordarle lo que especifica la ley de cohabitación sobre ese punto en concreto. Nos gustaría que nos facilitase la investigación. Si así lo hace, me comprometo personalmente a la aplicación de todos los atenuantes posibles, además de garantizarle que nadie de su familia saldrá dañado.

- Yo no he ayudado a nadie.

- Su furgoneta indica lo contrario. Hay pruebas suficientes. Nos consta que no es la primera vez.

- Soy colaboradora de la asociación Lobixente. Si me encuentro con un lobo herido lo traslado hasta sus instalaciones.

El vampiro, casi con total seguridad. se había movido en los últimos segundos. Estaba más cerca, demasiado para el gusto de la central de alarmas que había pulsado todos los botones a la vez en el cerebro de la meiga. El vampiro mostró un papel que, por supuesto, no pudo haber sacado de ningún otro lugar que no fuese el vacío.

- En cuanto a esa “asociación” contamos con pruebas que ponen en duda su supuesta labor. Ayudan a licántropos surgidos fuera de las zonas legales. Las subvenciones de la Xunta ya han sido revocadas y ateniéndonos a la ley de cohabitación antes mencionada se procederá a la detención de los responsables y a la expulsión del país del resto de sus miembros Cambiantes y si estos oponen resistencia…

- ¡Por supuesto que lo harán!

- Decía que, si oponen resistencia, nos veremos obligados a adoptar medidas más drásticas.

La meiga rio y con el rabillo de su ojo astral se asomó a las montañas del este. El sol estaba a punto de aparecer.

- Le hace gracia por lo que veo. Quiero que sepa que ya hemos empezado digamos, los trámites. Si no acepta colaborar aténgase a las consecuencias.

Saura dejó de reír, casi con total seguridad se desplazó sin mover ni un solo músculo y se puso a escasos dos metros del vampiro. Este dio un pequeño paso hacia atrás.

- Está bien pequeña sabandija. Colaboraré con la condición de que dejéis en paz a mi hijo y a su pa.. y al presidente de la asociación, junto con el resto de la asamblea.

Herman se inclinó ligeramente hacia Saura y en una sonrisa amplia le mostró sus brillantes y pronunciados colmillos, justo en el momento que un finísimo rayo de sol le abofeteó de este a oeste borrándole la sonrisa de golpe. Retrocedió sorprendido de su propio despiste. De dentro de la casa surgió un lamento. Como acto reflejo, el vampiro se relamió ante el sufrimiento ajeno. Miró a la meiga y dijo:

- Le esperamos en el Pazo da Umbría mañana a las once en punto.

Para cualquier ojo profano el vampiro se volatilizó sin dejar más que una especie de humo negro y denso que terminó por disiparse. Saura, en cambio, siguió la trayectoria del asustado vampiro. Una sombra esquivaba torpemente los tempranos rayos del sol y se quejaba en varios idiomas de su trabajo, cada vez un poco más lejos. Cuando pudo estar segura de que, al menos en esa dimensión, no había nadie volvió a entrar y esta vez sí, echó el cerrojo.

Su hijo carraspeaba descontrolado. En el sótano, la mujer del guardia civil no había parado de aporrear y pedir ayuda desde que superó el primer impacto. Apenas se percibía un murmullo en el piso donde se encontraban Saura, Antonio y el guardia civil. Benito se estaba despertando y el dolor también.

- Antonio. Las hierbas.

Su hijo se alegró de tener algo que hacer que lo mantuviese lejos de su madre. Es cierto que evitar la inspección de una de las especies inscritas en el registro de seres sobrenaturales de la comarca de Vigo, resultaba complicado para un simple mortal, pero no haber limpiado la furgoneta en dos meses no tenía perdón de dios. Mientras recogía los botes con las medicinas adecuadas pensaba en que quizás su madre ya lo sabía. Tuvo que darse cuenta de que la furgoneta estaba llena de pruebas y también de que los vampiros andaban cerca aquella noche. Se giró para volver sobre sus pasos y por poco se le cae todo aquel conocimiento milenario de una tacada. Su madre cogió los botes justo a tiempo y le pidió que fuese a sacar a la señora Margarita de la habitación secreta.

- Con delicadeza Toñito, por favor.

Antonio no dijo nada, buscó el casco de obra y rezó pidiendo que su madre se hubiese acordado de cerrar bien la vidriera con las armas sagradas. Eran sagradas y muy afiladas, combinación letal donde las haya.

Saura regresó a su salón y se encontró a un Benito sentado sobre la mesa con las piernas colgando. Su cara transmitía muchas emociones a la vez lo que provocaba una mueca decaída, como si sus facciones se derritiesen. Las drogas siempre ayudaban a acentuar ese tipo de rostros.

- Benito, túmbate anda. No sabes estarte quieto. Creo que la única vez que te vi quieto fue cuando cogiste el pecho de tu madre por primera vez.

Margarita entró por delante de su Antonio hecha una furia y cuando iba a dirigirse a Saura, las palabras se pelearon con las ideas y finalmente formaron un tapón que dio el siguiente resultado:

- ¿Cómo…? ¡Podía haberme…! ¿Quién…? ¿Y todas esas espadas y cuchillos para que los usas? ¡Eres una loca psicópata! Tuuuuu ¡Quiero una explicación!

Tarde o temprano tendría que saberse. Aquel era un pueblo pequeño y alrededor había pueblos más pequeños todavía. Decidió que era el mejor momento para contarlo todo y poner sobre aviso de lo que le esperaba a Margarita a Benito y a cualquiera que estuviese entre el Pazo da Umbría y Cima da vila lugares en los que habitaban los vampiros y los licántropos respectivamente.

Miró a su hijo levantó las cejas y apretó los labios. Se volvió hacia Benito y mientras le dedicaba unos cuidados empezó a hablar.

- Hace treinta y seis años, hará en noviembre, conocí a un hombre. Yo todavía conservaba cierta inocencia a pesar de que: lo extraño, lo inexplicable y lo aterrador siempre había formado parte de mi vida. Mi dedicación al arte de observar y aplicar el sentido común hasta que parezca todo muy mágico y esotérico había consumido los años más dulces de mi vida. A ver, no me había topado con más que tarugos, esa era la verdad, del tipo que huyen cuando una es capaz de, bueno, de leer a las personas. Algunos de los libros están muy mal escritos. Cuando llegue mi hora me parece que voy a hablar largo y tendido con quien los haya publicado. El caso es que Xoaquín era diferente. Él no me mentía, pero sí que guardaba un secreto. Se notaba en su nostalgia perenne y en su sonrisa caduca.

A estas alturas del relato Saura se percató de que se estaba gustando demasiado así que aflojó.

- Nos liamos en plan bestia, nunca mejor dicho, y casi diez meses después, siempre ha sido un vago, nació ese hombretón que está mirando por la ventana aterrorizado- Antonio se sonrojó y se apartó de la ventana- Aquí tal vez pienses que me abandonó. ¡Que va! Nadie se atreve a abandonar a una meiga por muy dulce y cariñosa que sea y además ese no era mi caso. Yo lo dejé porque descubrí, una noche muy parecida a esta, que quien me hacía elevarme por los cielos sin escoba ni nada, casi todas las noches, era un lobishome, un cambia formas, un maldito. Yo nunca he sido racista, ya bastante tengo, pero decidí que esquivar o destrozar a los vampiros, disimular ante los cazadores de licántropos, mudarse de monte en monte para evitar enfrentamientos milenarios, no era lo mejor para un bebé. Se lo dije y el me aseguró que lucharía para que eso no ocurriese más. Buscaría la paz definitiva con los vampiros o moriría en el intento. En eso sigue.  Creo que yo le debo algo, creo que necesita toda la ayuda que pueda. Además ellos y ellas, que también hay mozas, han conseguido que no tengamos ningún problema por aquí. Si faltasen nos quedaríamos a merced de esos chupsangres y todo tipo de idiotas.

Margarita lloraba. En la tómbola de los sentimientos que los nervios promocionaban a voz en grito por encima de la verbena de sus ideas racionales, se había sorteado un llanto sentido y hondo que acabaría en abrazo. Así fue. Era como una novela romántica, de esas que les pasan a adolescentes, pero en este caso la protagonista debía estar más cerca de los setenta que de los dieciocho

- Mi marido -dijo señalando con el pañuelo al pobre Benito que ya volvía a respirar tranquilo y a alucinar dicho sea de paso, con no sé qué de un chapista loco que no hacía nada y te cobraba todo- me ha dicho que lleva casi treinta años sin trabajar, salvo aquella vez que…

Estaba claro que Margarita iba a obviar el tema de lo seres de los colmillos afilados.

- Sí, el que robó en la farmacia y después regresó con todo lo robado y también bajó con todos sus medicamentos caducados para depositarlos en el reciclaje y que después se entregó con la condición de que alguien le acompañase hasta el cuartel.

- Te enteras de todo Saura.

- No me queda otra.

- No sé qué decirte. Siempre has sido muy buena con mi familia. Es verdad que nos das un poco de… respeto, pero si podemos ayudarte cuenta conmigo.

- Y… con mi… arma… reglamentaria… y el cuerpo…

Antonio soltó una carcajada que le sirvió para evitar llorar. Su madre y su padre no lo habían tenido fácil y ahora podía perderlos a los dos. No se atrevió a verbalizar nada de eso, en su lugar, hizo hincapié en la ironía que resultaba de escuchar decir a Benito lo del cuerpo cuando el suyo estaba hecho un tambor viejo. Saura acarició la frente de Benito que la miraba como un hijo mira a su madre, como un hijo muy drogado. Con la otra mano alcanzó un papel y, mientras lo ponía sobre una porción de la mesa que dejaba libre el guardia civil, dijo:

- Tengo un plan.

Continuará.

Publicado la semana 37. 16/09/2018
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