Semana
36
Caballo de Coia

La Meiga Isaura. 1 Parte.

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Los golpes en la puerta demostraban que la persona del otro lado tenía mucha prisa en ser atendida. Había un timbre pero no lo estaba utilizando lo que confirmaba que no era de allí. Todo el pueblo sabía que el timbre estaba en la puerta de al lado, la de la tienda. Alguna vez había sonado en la noche. Los médicos y los veterinarios se iban a sus casas y las urgencias no podían esperar. Era lo malo de vivir tan lejos de la ciudad, casi de la civilización. Pero para eso estaba ella. Si los de la ciudad supiesen de su existencia seguramente verían con buenos ojos irse a vivir a las montañas. Una ternera que se encajaba, un bebé dubitativo respecto a la luz al final del túnel, un tobillo torcido al practicar posturas indias en el lecho conyugal, picores insidiosos y saltarines escondiéndose en el pelo corporal, ataques de gota, maldiciones; Saura era una meiga y como todas las meigas era de amplio espectro. Bajó las escaleras con los ojos muy abiertos tratando de aprovechar cada gota de luz que la luna filtraba a través de sus ventanas. Se conocía la casa como la palma de su mano y cabe decir aquí que conocía la palma de la mano de todas las gentes de su pueblo y bastantes en toda la comarca.

La persona era alta, solemos aporrear las puertas a la altura de nuestra cara y cuando tenemos prisa lo hacemos más arriba y allí, en donde el marco se unía al techo, sonaban los golpes. Casi con toda seguridad se trataba de un hombre o un toro o la mezcla de ambos ya que vibraba de tal manera que parecía poder salirse de sus goznes. No era una puerta fina, parecía más bien sacada de una fortaleza medieval, de esas que el fuego deja para más tarde. Cuando estuvo en el recibidor pudo confirmar el olor que, en las escaleras, todavía era tenue. Ahora lo podía distinguir claramente. Sudor, sangre, no mucha, testosterona y adrenalina, a sacos de los de cuarenta quilos, mugre, tierra y musgo, perro, no, no, lobo. En resumen, miedo, un miedo ancestral, absolutamente fundamentado, lejos de la luz de las farolas, muy lejos de la comprensión de las autoridades y a años luz de cualquier usuario de las redes sociales. Vaya por Dios. Y el caso es que ya lo notaba en los huesos, hacía varios días que no pasaba nada de nada y cuando eso ocurre es que se está acumulando algo que quiere pasar como pasaría una estampida de ñus por una playa de Benidorm en pleno agosto. Saura sonrió con ese símil y por fin dijo:

- Abre, abre, que la puerta está abierta.

Los golpes cesaron y durante un segundo nada ocurrió. Luego la puerta se abrió y una silueta enorme ocupó todo el umbral.

- Mmmm, supongo que es la primera vez que te pasa.

La silueta asintió, movió sus brazos pegándolos a su cuerpo para que pudiesen pasar por el hueco de la puerta y unas enormes garras se mostraban ya dentro del recibidor bañadas por la luz de la luna. Llena, llenísima. La criatura las enseñaba con las palmas hacia arriba, como si quisiera explicarse. El olor a sangre sometió al resto de olores y Saura no pudo evitar encoger su nariz astral, la física se mantuvo relajada. No convenía mostrar los verdaderos sentimientos a las criaturas sobrenaturales, sobre todo a aquellas que, de un mordisco, pudiesen partirte en dos. Eso era de primero de meiga y de tercero de sentido común. Ser meiga te convalida bastantes carreras.

- Vale, vale. Mira, no toques nada y pasa. Encógete un poco, lo que puedas, antes de llegar al salón y, por favor, no me rompas la lámpara.

Saura se apresuró en hacer sitio en el pasillo corto y estrecho que conectaba el recibidor con el salón. La criatura hizo verdaderos esfuerzos por pasar sin romper nada. Encogida, con los brazos pegados al torso y caminando con los pies juntos, casi a saltitos, cualquiera podría sentir su vergüenza sin ser una meiga.

- Voy a encender una pequeña luz ¿de acuerdo? Te molestará bastante así que mejor ciérra los ojos y cuando te sientas adaptado ábrelos. Bien. Voy a buscarte agua y unas toallas para que puedas asearte aquí mismo. ¿Tienes sed? Claro. Te prepararé una infusión buenísima para estos casos.

Algunas de las toallas quedaron tan sucias y gastadas que no merecía la pena lavarlas. La verdad es que odiaba esta parte, pero era imprescindible para la siguiente.

- Y, a ver ¿alguien, digamos, se ha puesto nervioso y tú, tal vez, trataste de calmarle y, por lo que sea, ese alguien acabó malherido o muerto? Toma, ya se puede beber- y le aproximó una taza.

La criatura, de unos dos metros y medio, una espalda enorme en la que podrían subirse los hijos y los padres de una familia numerosa, los abuelos y a algún vecino delgado; sujetaba la taza sentado en un sofá bajito lo que le obligaba a adoptar una postura extraña como si se hubiese puesto de cuclillas. Su aspecto provocaba temor en el tuétano de Saura, pero también sabía que allí dentro, detrás de esas fauces enormes, debajo de todo aquel pelo y aquellos músculos hipertrofiados, se encontraba un hombre, nada con lo que Saura no estuviese acostumbrada a lidiar. Observó pacientemente como el hombre de dentro buscaba las palabras en un cerebro de bestia. Siempre era difícil.

- Bebe. Te sentirás mejor.

La enorme cabeza volvió a asentir y empezó a beber a sorbos ridículos. Y no tenían toda la noche, vaya que no. Pronto amanecería y con la luz todo era más complicado de explicar, sobre todo si lo había que hacer sobre algo sobrenatural y tremendamente oloroso. Por fortuna, el ser no tenía mucha resistencia a las drogas.

Saura se estaba dando mucha prisa en limpiar el estropicio de su salón. Al final, como sospechaba, alguien había intentado hacerse el héroe. Benito, el guarda civil, que estaba fuera de servicio y había parado en el monte a aliviar la vejiga por aquello de la próstata. El caso es que dio el alto a Eduardo, que así se llamaba el cambiaformas y este le empujó y como no controlaba su fuerza Benito acabó incrustado en su propio todoterreno. Al parecer seguía vivo, pero con toda seguridad se hacía preguntas muy complicadas. Eduardo trató de ayudarle ,pero sus garras afiladas no eran comparables a unas uñas sin asear. De ahí la sangre.

Sonó el timbre.

- Y yo no puedo seguir ocupándome de esto, ya sé que no es tu culpa, pero vaya, o modernizamos la infraestructura o la próxima vez uso la plata y al carajo.

- No, mamá, la plata no, “pobriños” no tienen culpa ninguna de portar la sangre licántropa.

- Ya, ya, aquí todo el mundo tiene excusa menos yo. Me gustaría tener vacaciones ¿sabes?

Antonio, que además de su hijo, era el párroco del pueblo vecino, se encogió de hombros a sabiendas que él no podía hacer nada por ayudarla más que rezar.

- Pues te digo una cosa Toñito: un día voy a hablar con el Consello y, o toman medidas, o se las tomo yo.

A Antonio se le escuchó tragar saliva y su nuez hizo todo el recorrido sin dejarse nada. Enfrentarse a los guardianes de los bosques nunca era plato de buen gusto para nadie y menos para los Parientes.

- Bueno- dijo Antonio cambiando de tema- este ya está listo. Ronca casí igual que cuando era enorme.

Sonrió y buscó la complicidad de su madre. Una mirada fulminante fue la contestación que se llevó. Suspiró y se frotó las manos.

- Allá vamos.

Con un gesto pulido durante toda su juventud, cargando sacos de arena en la construcción hasta que recibió la llamada de Dios allá por el principio de la crisis, levantó aquel cuerpo desnudo y maloliente que todavía conservaba ese tacto extraño, como gelatinoso, que se queda en la piel después de una transformación. Saura les echó una manta por encima. Se adelantó hasta la puerta y entrecerrando los ojos echó un vistazo a izquierda y derecha, por experiencia también miró hacia arriba y hacia abajo y por supuesto de frente. Nunca se sabe. Abrió su furgoneta e hizo sitio para que su hijo depositase a aquel pobre infeliz para el que la vida había dado un giro de guión muy difícil de asimilar.

Vio alejarse su furgoneta y, a pocos metros, se cruzó con el coche del hermano de Benito. Saura puso su cara de sorpresa fingida por la que consideraba le debían un premio en los Goya, cuando le contaron lo sucedido. Básicamente lo habían recreado todo, pero nadie hablaba de lobos gigantes o humanos lobunos. Eso era positivo. Pensaron que lo más seguro es que fuese un atropello.

- ¿Cómo estás Benito?¿Cómo llevas la próstata? Supongo que ya habrás dejado la cerveza y empezado con extracto de semilla de pomelo.

- Un monstruo, un monstruo...

Saura les explicó que con toda probabilidad se había dado un golpe en la cabeza y que le afectaría a su estado actual y a sus recuerdos. Afirmó que el cerebro era, en el fondo, un gran desconocido y se sintió muy satisfecha por usar esa frase. Le hizo una chequeó. Apretó la prominente barriga del hombre, comprobó el pulso, probó el sudor cosa que provocó cierto rechazo en la familia que, aturdida, contemplaba la escena. No parecía tener nada roto además del raciocinio, pero no le preocupaba, o se convertía en un New Age abrazando cualquier teoría o acabaría negando lo vivido o justificándolo con algún miedo de su infancia. Lo complicado de disimular iban a ser aquellas heridas hechas por garras de animal, de animal muy grande y que Eugenio, el médico que visita los lunes y los miércoles, no iba a dejar pasar. Enseguida le hizo un emplaste y les aconsejó que lo mejor sería que pasase unos días en su casa. Así ganaría tiempo. No era lo habitual, la licantropía era genética, o la Madre Tierra escogía algunos y algunas para que fuesen sus soldados, para el caso es lo mismo pero, en ocasiones, sus mordiscos o arañazos, podían despertar ese gen y, bueno, nadie quiere tener un guarda civil aullando a la luna.

Saura tuvo que aceptar que la mujer de Benito se quedase con él esa noche. Estaba demasiado alterada y podría acabar en un ataque de ansiedad. No más trabajo por esa noche por favor. El resto de la familia esperaría noticias.

Benito se durmió después de que la meiga le hiciese respirar unas hierbas. Margarita, la mujer del convaleciente, le pidió que hiciera lo que viese oportuno para ayudar a su marido, ella no se iba a chivar.

Se escuchó girar en el cruce a un coche. Las ruedas cambiaron su cantar al entrar en el camino de tierra. Era su furgoneta, el "tracatatataaata tra tra" la distinguía como la huella digital de los vehículos de más de diez años. Se abrió una puerta, la del conductor. Chirrido inconfundible, pero fueron dos golpes los que se escucharon. Su hijo no venía solo.

- ¿Margarita, puede acercarse a esa pared un momentito? Sí, esa. Ahí no, un poco más a la derecha. Perfecta, ¿ve esa mancha en la pared que tiene forma de, bueno, de aparato reproductor masculino? bueno, sí, de churro también. Después se lo explico, pero ahora apriete fuerte justo en lo alto del churro.

Suena el timbre.

- Mamá, soy yo. Abre.

Margarita aprieta. Margarita desaparece. Saura cierra la trampilla. Su hijo sabía de sobra que siempre dejaba la puerta abierta. Sus problemas acababan de empezar.

Continuará.

Publicado la semana 36. 09/09/2018
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