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35
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 Pronto podría ir a las fiestas de San Estevo con sus dos hermanas. Podía ser que incluso bailase con algún chico. Ellas se lo comentaban cuando bajaban a lavar al río. Poco a poco fue aprendiendo las claves que usaban para hablar de chicos delante de la chivata de su hermanita. Al parecer era casi el único tema. Se sentía algo incómoda con cierto lenguaje soez que madre no aprobaría y que, con total seguridad, haría que padre sacase el cinto que usaba para ir a misa. Nunca lo había utilizado directamente sobre ellas, pero cuando lo golpeaba en el suelo de madera, les hacía dar un respingo y replantearse toda su escala de valores. Días atrás les confesó que ya entendía todo lo que hablaban. Ellas se rieron y le aseguraron que todo, todo, no. De todas formas sí que dejaron de lado ciertas metáforas. Ir a ver los limoneros, por ejemplo, que se encontraban detrás del huerto de don Amancio. El pobre ya estaba sordo y no veía muy bien por mucho que se asomase a su ventana.

 Si su madre preguntaba donde habían estado y porqué se habían retrasado tanto con las tareas María, siempre se quedaba callada para demostrarle a sus hermanas que era alguien digna de confianza. A pesar de su complicidad pensaba que no la tomaban en serio y desde luego no se daban cuenta de que ella ya no se sentía una niña. Urdió un plan.

Paquito, el hijo de Paco y Manuela, que eran los panaderos del pueblo, se mostraba muy amable con ella de un tiempo a esta parte. Cuando acompañaba a su madre a llevar el relleno de la empanada o a recoger el pan los días de fiesta, que por fortuna empezaban a ser más frecuentes, Paquito parecía solo tener ojos para la pequeña María. Su madre conseguía que se pusiese rojo de vez en cuando. ¡Que Paquito! nos está creciendo la nena ¿eh? ¿Tú ya tienes bigote o te lo pintas? Una carcajada solía escucharse desde la parte del horno donde Paco amasaba, horneaba y volvía a amasar. Manuela, desde el mostrador, defendía a su único hijo vivo diciendo que ya era un hombre, solo le faltaban los pelos, pero en lo demás ya estaba para casarse. María pensó que Paquito parecía ser un buen candidato para comprobar, por ella misma, eso de las lenguas que inventaron los franceses.

Aquella semana se buscó una excusa para visitar la panadería. Su madre se iba a enfadar un poco y tal vez estaba cometiendo varios pecados al mismo tiempo, pero pensaba rezar muchos padrenuestros y avemarías para quedar en paz con Dios. Quedaban pocos años para que le empezasen a preguntar cuándo te casas. A Eulalia, la mayor, se lo preguntaban todas las semanas y a Rosa, la mediana, todavía no, pero las viejas ya le miraban por encima de los cristales de sus gafas. Poco faltaba. María no pensaba casarse. Se iría a Francia. Le habían dicho una de esas tardes en el río que allí había mucho en donde escoger e incluso podías divorciarte.

La cara de su madre era digna de enmarcar. María proyectó toda su inocencia en su rostro.

 - Pero María- dijo su madre mientras empezaba un gesto de santiguarse que no terminó- ¿qué es esto? Parece…

 - Creo que son cacas de rata, madre

 - Ya, ya. Pues menos mal que nos dimos cuenta a tiempo. Íbamos a estropear la comida de romería. Mira, coge lo que sobró del relleno y pídele a la Manuela que te haga el favor de hacernos una pequeñita. ¡Corre! Dile que ya le pagaré.

Allá fue María con una nota preparada y la intención de hacer un guiño cómplice a Paquito cuando le entregase el relleno con la nota.

Hola Paquito:

¿Sabes lo que es ir a ver los limoneros? Yo quiero verlos contigo. Nosotras vamos mañana a la tarde.

Estas cosas no salen siempre como las planeamos. María nunca llegó a darle la nota Paquito. Quién sabe si ese habría sido un buen hombre comparado con el que al final se casó con ella y la acabó abandonando por una mujer que conocieron en Brasil. En fin,  retomando la historia, vemos caminar a María con más ilusión que prisa. Da saltitos en vez de pasos. En su mente ensaya la forma de guiñar el ojo, la perfecta insinuación que unida a su belleza natural harían que el tímido hijo del panadero acabase por dar un majestuoso paso al frente, lleno de hombría y con voz fuerte y segura pedirle que le bese. Una vocecita le asegura, en el fondo del armario de su cabeza, lugar de disfraces y máscaras propias de edades más maduras, que nada de lo que sus ensoñaciones prometen tendrá que ver con la realidad. Pero, insisto, nunca sabremos el desenlace de dicha escena. María se acaba de topar con lo que parece un hombre agonizante apoyado en el cruceiro por el que tiene que pasar para ir a la iglesia o al centro del pueblo. El olor llega a la nariz de una niña petrificada. No sabe interpretar la mezcla y en su joven imaginación la tierra, la sangre, días sin aseo y heridas infectadas le fabrican la imagen de un aparecido, o un diablo o un morto do diaño.  Lo que queda de la persona que alguna vez fue, dentro de aquellos harapos ensangrentados, trata de hablar con una boca que, de seca, se pega a si misma. La voz no sale de una garganta que ha gritado de terror varias veces. No se podría saber quién tiene más miedo.

 - ¡Ayúdame…!

Y aún así consigue hablar para comprobar que, al sonido de su voz, rasgada, sepultada en su cuerpo durante semanas, la niña huye despavorida dejando atrás una nota y lo que puede ser comida.

Come del suelo como una animal, como se siente: un animal acorralado. Coge la nota y se esconde. No va a volver al bosque, ya no puede más y no queda nadie por quien luchar.

En la casa de María hay un revuelo considerable. María no es de mentir, afirma Eulalia. Rosa, se santigua y plañidera asegura que se arrepiente. Eulalia le dice que cierre la boca. La madre las mira con una ceja levantada. Intuye de lo que hablan. No es el momento de discutir eso. El padre está al llegar.

Suso, el padre de las tres jóvenes y esposo de Carmen hace muchas preguntas. María no acaba de entender por qué su padre se interesa por el color de la ropa del aparecido o si las botas eran de las caras. El caso es que el padre sale de casa y deja a Carmen, Eulalia, Rosa y María santiguándose y rezando con fuerza en la mesa donde se come. La lareira está encendida pero este frío no lo quita el fuego.

La vida sigue y don Isaac les visita. Todo el pueblo habla de la aparición. Las preguntas que le hace a María no parecen ir por el tema religioso. La conversación que María escucha con la oreja pegada a las paredes de adobe, parece que tiene que ver con un pistolero que andaba escondido en los bosques y que guarda alguna relación con su padre, del que él, asegura no saber nada y le recuerda al sacerdote que él ha servido a España desde siempre, que no puede haber duda de su lealtad y que él mismo  mataría con sus propias manos a ese cobarde asesino.

Don Isaac se despide de la familia y le dice a María que siga cerca de Cristo y el diablo no volverá a presentarse.

Nadie durmió bien esa noche.

Al día siguiente todos seguían preocupados, pero la rutina se impuso y fingieron que nada había ocurrido. María no las tenía todas consigo y lanzaba miradas furtivas a sus padres y hermanas. Lo que el silencio amplificaba era el gesto en sus rostros. Cada una de sus hermanas preocupadas por su pellejo, su madre claramente pendiente de su padre. Le tocaba muchas veces el hombro para hablarle, como cuando murió su abuelo, como cuando acabó la guerra y su tío tuvo que…

-María. ¿Se puede saber a donde vas con esos platos?¿Van a comer las vacas de ellos?

Sumida en sus reflexiones María había dirigido sus pasos hacia la puerta de entrada en lugar de ir hacia la cocina. Sintió mucha vergüenza, no quería parecer tonta. La sonrisa de su padre la tranquilizó. Le despeinó en un gesto rápido y se puso de cuclillas para estar a su altura. Con sus profundos ojos azules, que nadie había heredado, le miró y le dijo:

 - Sigues asustada ¿verdad?

Asintió un poco desconcertada, ya no recordaba la última vez que su padre había tenido un trato tan cercano. Sus hermanas decían que era la preferida, tal vez a ellas nunca las había despeinado.

 - Vamos, ayúdame con el vino. Esta tarde van a venir tus abuelos de Coruña y queremos prepararle una buena cena.

Bajaron a la bodega. Su padre iba algo por delante y ella, recogiendo un poco su falda, lo seguía. Antes de cruzar el portón de la bodega ya notó la diferencia de temperatura. El olor a vino, madera y tierra siempre le tranquilizaba. Solamente recordaba buenos momentos asociado a esas sensaciones. Fiestas, verbenas y visitas de familiares. De todas maneras, ese día, el olor a vino imperaba sobre el resto.

La luz entraba por los respiraderos y al cabo de un rato los ojos se habían acostumbrado. La sensación de frescor era muy agradable aquel verano tan seco. No entendía porque la tierra se había hecho barro. Pronto dedujo que habían vaciado algún barril. No dijo nada e hizo su parte. Cogió el cesto donde guardaban las cuncas que luego iban a utilizar para beber, sobre todo los hombres. Las mujeres, en ocasiones como esas, disfrutaban del café que su padre traía de estraperlo desde Vigo. A María le habían dejado probar el vino. Lo segundo más asqueroso que había catado su joven paladar después del café, así que bebía agua de la fuente. Al final del día unos cantaban más alto y más cerca que de costumbre y otras hablaban como si nunca lo hubiesen hecho uniéndose a la coral al final.

Ya había cargado la cesta cuando su padre, sujetándola con suavidad del brazo, le pidió que apoyase la cesta y le acompañase. Fue cuando escuchó una tos. Se parecía mucho a la de un gato. Pero solamente se parecía.

 - Padre, me parece que alguien ha tosido aquí.

Su padre tuvo que escucharlo. No parecía asustado. En el último barril, el más grande de todos, al que sus hermanas habían bautizado como Goliat y que se encontraba acostado, se escuchó un carraspeo. En un gesto experto su padre sacó una tapa del barril. La luz que entraba por el respiradero de aquel muro del fondo, iluminó el baile de las motas de polvo que se desprendieron. Casi al momento su padre agarraba una mano que se ofrecía a través del hueco del barril. Sintió como, en su estómago, las garras afiladas del miedo, ese que te hace correr por tu vida, empezaban a trepar hacia su pecho.

 - Hola- habló la aparición- soy Juan, tu tío. ¡Que grande estás!

Ya no estaba con la misma ropa, no tenía sangre seca cubriendo la piel en los huecos que los harapos dejaban a la vista. Ya no olía a muerte. Llevaba una camisa y unos pantalones de su padre. Si no fuese por las botas los habría confundido.

 - Tenemos que ayudarle, pero no se puede enterar nadie. Sé que tu eres buena guardando secretos porque no nos cuentas nada de lo que hacen tus hermanas en la tapia de don Amancio. Se quedará unos días.

Su padre se puso serio. Recuperó su gesto habitual y les  pidió que no se encariñasen. Se dió la vuelta para empezar a llenar las garrafas. Su recién adquirido familiar sacó de su bolsillo un trozo de tela sucio que había sido blanco. María se puso roja. Su tío la despeinó con un gesto rápido y le dijo susurrando en su oido:

 - Yo también sé guardar secretos.

 

Publicado la semana 35. 02/09/2018
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