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J. J. Emrys

La visita. Parte 6.

 El abrazo duró más de lo que el decoro obligaba, pero estaba justificado. Lorena, con las lágrimas todavía resbalando de sus ojos abandonó la sacristía. Había aceptado una oferta de trabajo en París y no pensaba regresar. Los últimos tres meses fueron muy difíciles para ellos. El alivio por la batalla ganada, la alegría por la liberación, chocaba contra la tristeza de una despedida.

 El alma de Lorena estaba ahora despierta, ninguna clase de ente volvería jamás a molestarla. Ahora los colores eran más brillantes, los olores estaban vivos, los sonidos formaban un manto armonioso en la mente de la joven.

 La vida, en su danza apasionada con la muerte, daba vueltas y más vueltas en una coreografía en apariencia improvisada, hacia un final irremediable. Era un tango en el que acabaría recostada en los brazos, fusionada en los labios, de la buena muerte. Ya nada de este mundo le despertaba temor.

 León se dejó caer con todo el peso de su melancolía sobre la silla detrás de su mesa. Esperaba la visita del obispo. La policía seguía investigando los hechos. Sacó el whisky del segundo cajón, hacía tiempo que no lo cerraba con llave. El licor rompía en el fondo de la copa y giraba por sus paredes igual que los pensamientos en la cabeza del sacerdote. Alguien llamó a la puerta. La copa desapareció de la vista, un poco de su líquido se derramó sobre la alfombra.

 - Adelante, la puerta está abierta.

 El olor del alcohol que ya se evaporaba, subió hasta su nariz. Esperaba que no oliese demasiado. Estiró su espalda y apoyó los antebrazos sobre el escritorio. Miró la biblia cerrada en una esquina de la mesa. En un movimiento felino la trajo hacia sí y la abrió, después regresó a la postura anterior.

 - Hola. ¿Es usted el padre León?

 Abrió la boca para responder y se quedó con ella abierta. Rosa, la mujer que aparecía en las fotografías de la casa de Mario, junto a su amigo y la hija de este, estaba frente a su mesa con cara de no haber dormido en años. Percibió un pequeño temblor en la mano huesuda de la mujer cuando quiso apartarse un mechón de pelo rubio que le caía por la frente tapando sus ojos azules. Cabizbaja, el pelo insistía en cubrir su rostro. El silencio en la habitación era tal que casi se escuchaba el latir de los corazones. Un crujido del parqué delataba el leve vaivén de la mujer tratando de quedarse muy quieta. León sintió que su instinto de protección tomaba el control. Dejando las convenciones a un lado, se acercó a ella y pasándole una mano por sus hombros, la acompañó al sillón más cómodo de la sacristía. Le ayudó a sentarse mientras, los pocos cimientos de esa mujer que todavía quedaban en pie, se derrumbaron. El lamento era sordo. León notaba más la vibración que el sonido

 Los ojos del sacerdote también se llenaron de lágrimas. Sus pupilas ahogadas empezaron a distorsionar la habitación. Los perfiles se desdibujaban, las cruces se retorcían, los retratos del Santo padre se difuminaban hasta parecer unos rostros agónicos. Parpadeó hasta que todo regresó a la normalidad. Entonces la mujer, más tranquila, habló.

 - Lo siento padre.

 El encuentro con Rosa acabó por enterrarlo bajo una montaña de emociones. Tras una charla en la que ella se lamentaba por no escuchar a su hija en los momentos del divorcio, por no comprender a su ex marido cuando su hija los abandonó, por alejarse de todo como si no fuese con ella, él, acostumbrado a las confesiones, se le escapó una absolución. Al principio se quiso excusar, pero Rosa lo miró desde unos ojos hundidos y asintió. León, le explicó entonces todo lo que había pasado aquella noche en el piso que había sido un hogar para su familia. Lo último que le pidió Mario fue la extremaunción. Se la concedió. Al segundo siguiente Lorena, había dejado de convulsionar y de sangrar por sus ojos y oídos. Mario había dejado de sufrir. Eso era todo. Los médicos afirmaron que se trató de un infarto. Los policías le pidieron que no saliese de la ciudad. Rosa volvió a asentir.

- Siempre pensé que un día me llamaría mi hermano Óscar para decirme que se lo había encontrado ahogado en su propio vómito.

 De pronto la cara de Rosa se transformó se acababa de acordar de que esa tarde se iba a celebrar la boda de su hermano. La habían aplazado por la muerte de Mario. Nerviosa le contó que su hermano era homosexual. León no pudo evitar la primera risotada en varios meses.

 - No se preocupe. No soy muy ortodoxo que digamos. Transmítales mi bendición, si de algo sirve; he de confesarle que tengo la sensación de estar en los últimos días dentro de esta institución.

 La acompañó al coche. A punto de arrancar Rosa bajó la ventanilla.

 - Padre, ojalá tenga su fe razón y algún día podamos volver a verlos. Es lo que más deseo.

 El sacerdote sintió un escalofrío.

 - Tenga usted cuidado con los deseos, los carga el diablo. No se lo digo en broma.

 Ella construyó una sonrisa desde una mueca de tristeza a modo de respuesta, después, se marchó.

 Llegó la hora de la última misa del día. Su teléfono recibió un mensaje.  La visita del obispo se iba a postergar por motivos familiares. Casi mejor. A pesar de no estar pendiente, ya que le habían dicho que la visita sería a lo largo de la jornada, sintió alivio. Haría su trabajo y después se acostaría para intentar recuperar algo de sueño perdido.  

 Los escasos feligreses no advirtieron el estado de ánimo de su párroco.

 - Podéis ir en paz.

 Uno a uno, en orden y con lentitud, tal vez en paz, abandonaron la iglesia. León vio a aquella gente, los últimos restos de una época siendo devueltos a un mundo que ya no entendían; él los comprendía muy bien. Era un instrumento de Dios para expulsar a los primeros condenados, pero se sentía vacío. No pudo ayudar a quien se suponía que debía proteger mediante el don que la iglesia concede a sus sacerdotes, el poder sobre las tinieblas, ser el canal para la expulsión de las legiones de Satanás.

 Se despidió de los monaguillos y de la señora Lucía, una anciana voluntaria que ayudaba en los quehaceres de aquella pequeña iglesia de una menguante parroquia. Esta, que lo conocía muy bien y sabía a lo que se dedicaba entre eucaristías, lo miró con esa determinación de quien ha conseguido criar a tres hijos sola, en tiempos aún más oscuros que los actuales. Le preguntó por su ánimo. Le recordó que los caminos del señor son inescrutables y de paso le entregó un delicioso bizcocho para el café del desayuno de la mañana siguiente. Gracias. Nunca llegaría a probarlo.

 Se recostó en un pequeño catre, en una habitación austera de la casa adyacente a la iglesia y cerró los ojos. Se acurrucó girando su cuerpo hacia la pared y en posición fetal, más pronto de lo que esperaba, se quedó dormido.

 - León, ya es hora de irnos

 Abrió sus ojos. No estaba en su habitación. Miró a los lados, la sacristía era la misma, pero parecía más viva. Los objetos vibraban ligeramente, como si en cualquier momento fuesen a germinar enormes árboles. Sobre la mesa la biblia que el día anterior había dejado abierta. Intentó leerla, pero las palabras estaban difuminadas. Pestañeó, nada cambió.

  Alguien había dicho su nombre.

  Antes de levantar la vista volvió a intentar mirar. Un versículo se mostró claro, sobresaliendo del papel:

 

 “La maldición del Señor está sobre la casa del impío, pero Él bendice la morada del justo. Proverbios 3:33”

 

 Cuando acabó de leerlo las palabras se hicieron humo. León siguió la ascensión de aquel humo claro, de un olor agradable que no supo reconocer. Terminó por disiparse y en ese instante, vió descender dos luminarias, como dos gotas de luz derramándose desde la vieja lámpara. En cuanto estuvieron a la altura de sus ojos, se hicieron más grandes y antes de que formasen sus siluetas, León ya sabía quiénes eran. Se fue a poner de pie y se dio cuenta que no estaba sentado. Flotaba, con la sensación de poder ser arrastrado por el viento cual pompa de jabón. No le importaba.

 - León, es tu hora.

 Mario sonreía. León miró a ambos. Carol asintió. Emitían calor, un calor que curaba las heridas. Daban luz, una luz que limpiaba de tinieblas el camino. Comprendió lo que ocurría. En ese momento su amigo y su hija le extendieron las manos. Él hizo el gesto de aceptarlas, pero dudó.

 - Está bien, tienes dudas. Tal vez no pueda resolverlas todas pero trataré de ayudarte amigo.

 Cuando Mario acabó su frase tomó la palabra Carol. Su voz tenía la potencia de un coro pero era suave como la caricia de la seda. León tuvo la certeza de que aquella alma era la más antigua de las tres.

 - Mi padre se dio cuenta que yo no estaba encerrada. Le esperaba con amor en el lugar en el que se nos pide que lo hagamos. El Impostor fue quien me empujó por aquella ventana, no fue mi voluntad. Por eso se me ha permitido acceder a este lugar. Venimos a por ti porque ya no hace falta que sufras, no necesitas pasar por la pena y ser atacado por los Condenados.

 Las respuestas eran cada vez menos importantes. La sensación de paz, de felicidad, callaba su curiosidad. Nunca formuló ninguna pregunta en voz alta, las contestaciones llegaban antes de que él pudiese empezar a formarlas.

 - Gracias por absolverme- dijo Mario - Formulé mi último deseo al Impostor a sabiendas de que eso me condenaría. Le pedí que expulsase a todos los demonios que nos hostigaban a Lorena y a mí. A cambio le prometí que mi alma se uniría a su ejército. Sí, me sacrifiqué por alguien y tú me concediste el último perdón. Una vez rogaste a Dios que me acogiese ya no podía pertenecer a nadie más que a Él. Yo pedí en mi libre albedrío la extremaunción. Y fui salvado, pero por mis errores, por negociar el alma, el Impostor seguirá extendiendo su maldición.

 

 La luz que era Mario fue perdiendo un poco su forma humana. Carol ya no tenía rostro, en su lugar millones de estrellas giraban en una galaxia. León extendió sus manos hacia las que le ofrecían y pudo comprobar que ya no eran manos. Humo, niebla. Su mente iba perdiendo conceptos a gran velocidad. Ya solamente pensaba en palabras.

 "¿Maldición?"

 Recordó lo que el humo que salió de la biblia advertía.

 La última palabra que su mente pudo reconocer fue Gracias

 León cogió las manos que se le ofrecían.

 3:33

 A esa misma hora, Rosa abrió de pronto los ojos con una sensación de presión en su pecho y la seguridad de que se encontraba en peligro. No podía mover ni una sola parte de su cuerpo. Estaba atrapada en aquella masa de carne, notaba su propio peso deformando el colchón. Los latidos aumentaban el miedo. No sabía cómo, pero sonaban fuera, en el aire de la habitación. Entonces lo vio. Estaba sentado frente a la luz que desde hace meses nunca apaga por las noches.  Sobre aquel escritorio que una vez le había regalado Mario y que tantas veces usó Carol para estudiar, un hombre parecía escribir con su diestra mientras en su otra mano apoyaba la cabeza. De pronto dejó de escucharse la pluma sobre el papel, apartó su brazo y la luz iluminó su rostro. Cuando lo volvió hacia ella, Rosa admiró al hombre más hermoso que jamás pudo imaginar.

Fin.

Publicado la semana 32. 12/08/2018
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