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Caballo de Coia

La visita. Parte 5.

Los dos hombres miraban hacia sus respectivos cafés. Hacía algún tiempo que no hablaban. Lorena dormía mientras ellos la custodiaban como dos estatuas de piedra. Ambos tenían la mirada perdida. Mario repasaba los hechos en su cabeza. Algunas cosas no encajaban, tal vez nunca lo harían. Quería centrarse en el presente, a Lorena aún le faltaban un par de sesiones de exorcismo. Varios demonios menores habían aprovechado la puerta que esta abrió en su día. Fue un conjuro muy simple, incluso podría parecerse a una broma, una de esas cadenas de mensajes que asegura que, si la rompes, atraerás la mala suerte. Lo deseó con tanta fuerza que funcionó. Y atrajo algo que concede deseos, pero que los cobra caros. Mario pensó que, de alguna manera, todo partía del mismo lugar: él

Mario, ensimismado, dejó escapar un gruñido lo que hizo salir de sus pensamientos a su amigo. León decidió retomar la conversación

 - ¿Qué vas a hacer? No le sigas el juego. Es un demonio y trata siempre de sacar ventaja, aunque parezca perder. Yo no los escucho Mario y tú tampoco deberías. Lo único que puede ayudar a tu hija es la oración, la fe.

Mario se bebió el café como lo haría con un chupito de tequila. Miró a ambos lados como si fuese a cruzar una calle y se levantó.

 - Ya ha descansado suficiente. Acabemos de una vez.

Se acercó a Lorena dispuesto a despertarla. León, todavía con el café bajando por su garganta, se levantó mientras intentaba no atragantarse. Mario se dio cuenta que su amigo iba a tratar de pararlo, lo esquivó y agarró los brazos de la mujer. La llamaba y zarandeaba suavemente cuando, de pronto, abrió los ojos sobresaltada.

Por suerte para él, un sillón se encontraba en la trayectoria que su cuerpo siguió cuando una fuerza sobrehumana lo lanzó por los aires. La voz que a continuación salió de la garganta de Lorena exudaba odio, podía sentirse su amenaza en cada golpe de aire que acompañaba las palabras. Puede que el cura las entendiese, o puede que no, pero la emoción que trasmitían estaba clara. Odio en estado puro. El color rojo se acentuó en la habitación y un olor a cloaca empapó el ambiente. Echó un vistazo a su amigo. León se afanaba en rehacer toda la parafernalia de exorcista, al mismo tiempo que empezaba a recitar sus oraciones. Lorena se retorció. Mario pudo ver lo que realmente ocurría allí. Varios pares de escuálidos brazos, con manos de cuatro dedos acabados en unas uñas afiladas, como garras de halcón, pugnaban con hacerse hueco a través del pecho de Lorena. No tardó en ver asomar una cabeza. El más fuerte de todos lo estaba mirando.

No tuvo tiempo de reaccionar. Las garras no solamente estaban abriéndose paso a través de la piel de su pecho y su abdomen, también quemaban, pero no era como el fuego que había sentido antes, este era ácido, espeso, pesado. Eternidades de condena recorrieron cada célula de su cuerpo como una descarga eléctrica.

 Los vio caer. Al principio de los tiempos. Escuchaba sus gritos, sus quejidos, sus maldiciones y amenazas. Vio, entre el polvo venenoso que levantaban al impactar contra el desierto, como los dos últimos descendían azuzados por pequeños soles. Uno era familiar. Sam, Samael. Caía de la mano junto a otro, su hermano.

“Los primeros creados”

Le dijo una voz.

Notó como su cuerpo estaba siendo ocupado, como si alguien lo estuviese usando de traje. Pero había algo más. Algo que no se mostraba dispuesto a ceder su sitio. No era su conciencia, tenía conciencia propia. No era su ser, ni su subconsciente, no era él. Sintió por primera vez, como tangible, la existencia de su alma. Ella peleaba directamente contra aquel demonio, poniéndoselo difícil. Comprendió que a veces la confundía con su mente, hubo un tiempo en el que no creía ni siquiera en ella, pero allí estaba. Protegiendo su traje.

La voz volvió a hablar.

“Están reclutando almas. Las pretéritas. Primero ganarán el infierno y después asaltarán los cielos”

Era la voz de su hija, era la voz de León, era Lorena, era su propia voz desde otro lugar.

“Es tu ángel guardián. Pero puedes elegir, siempre se puede elegir”

No fue de golpe. No se podrá decir que tuvo una epifanía, pero sí que se acercó a comprender que estaba pasando allí. Se estaba muriendo, su corazón de hombre no iba a aguantar aquella lucha de titanes. Pasaron ante sus ojos escenas de su infancia. Su padre ahorcado en el granero de la familia justo cuando cumplía 33 años. Fue el propio Mario quien se lo encontró. También vio como unas sombras lo arrastraban hacia el pozo, aunque el trozo de carne al que llamó padre alguna vez seguía colgado. Era un maltratador y Mario, tras la enésima paliza, deseó que se muriese. Él tenía 7 años. Aquella noche, a las 3:33, recibió la visita de Sam. Había hecho realidad su deseo y a cambio le pidió que dejase de rezar por las noches.

Se vio en la escuela. Aquel profesor se estaba sobrepasando. Le daba vergüenza decirlo. En casa había otros problemas. El profesor se despeñó por un puente, con su coche. Al parecer no intentó frenar. Esa noche a las 3:33, mientras se encontraba paralizado, Sam regresó a contarle que ya nadie le tocaría sin su permiso. A cambio le pidió que le adorase como antes había adorado a Dios. Tenía once años.

El punto de inflexión llegó a los quince. Se enamoró. Ella lo rechazó y lo hizo delante de todo el mundo. El deseó que ella sufriese tanto como él había sufrido. El padre de aquella chica fue detenido por intento de violación sobre su hija. Cuando la madre trató de intervenir recibió una paliza que la dejaría en silla de ruedas. Esa noche quien había sido un hombre ejemplar acabó con su propia vida ahorcándose en los calabozos de comisaría. Nadie supo cómo consiguió aquel cinturón. Mario sí.

Muy asustado, comprendió que sus deseos eran peligrosos ya que podían interpretarse, que, de alguna manera, aquel ser que le transmitía paz, se las arreglaba para infligir el máximo dolor. Tomó la decisión de que no quería volver a tener visiones, ni visitas, ni contacto con seres de otras dimensiones.

Se vio a si mismo aquella noche, sin pegar ojo, esperando lo que nunca llegó.

Las imágenes se sucedían cada vez a más velocidad.  El instituto, la universidad. Novias, amigos, alcohol, drogas. Consulta, dinero, esposa, hija.

Su hija también tenía visiones. Estaba asistiendo a la escena de la primera vez que se lo confesó.  Sintió lo mismo que aquella noche después de cenar. Un nudo en el estómago que achacó al miedo a que su hija sufriese una enfermedad mental como su esposa, pero en el fondo se trataba de la historia que su hija le contaba, resonaba en sus entrañas y lo hacía vibrar como la piel de un tambor tocado con furia.

La ignoró. La despreció como se hace con lo que despierta nuestras fobias. Tras el desprecio llega el siguiente paso. Su hija no se tiró por la ventana. Él la empujó, al no creer, al ignorar sus propios recuerdos.  Carol deseó con todas sus fuerzas que su padre le creyese. Samael cumplió con su cometido.

Entonces Mario tomó una decisión. Sabía que sus deseos le habían guiado hacia ese momento. Todas sus decisiones le llevaban a escrutar las almas de las personas, incluso su carrera en el teatro. Después de jugar con ellos, les dejaba regalos reprogramando sus mentes para ser más felices. Lo que no sabía es que estaba otorgando herramientas a las almas que se hospedaban en aquellos cuerpos. La suya estaba siendo rifada por quienes se disputaban el averno. Los demonios que lo atosigaban le invitaban a rendirse, a unirse a ellos en su lucha contra Samael. Mientras este le había sugerido el camino hacia su hija, la ventana. Por otro lado, Dios había apostado todo a una sola papeleta.

Fuera, en aquella habitación, un cura no era suficiente.

Continuará...                 

 

Publicado la semana 31. 05/08/2018
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