Semana
30
Caballo de Coia

La visita. Parte 4.

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No entendía la razón por la cual León le había enviado a aquella chica. Estaba claramente poseída. No hacía falta tener su capacidad de otear los otros mundos para darse cuenta. Lorena había envejecido de repente. Ya no guardaba ninguna semejanza con su hija,  tampoco parecía Lorena

- Nos quedan un par de minutos antes de que llegue nuestro atareado cura ¿Qué quiere que hagamos? ¿quiere follársela? No. La ética   apaga el fuego de sus instintos. Ella no tiene de eso. No le importó nada de lo que hicimos para que Amanda regresase. Tal vez le   interese saber algo. Le pondré un precio muy bajo. Doctor, yo le ayudo y usted me ayuda.

Mario no quería darle la espalda. El cuerpo de Lorena había palidecido y como si de un globo se tratase parecía haberse desinflado sobre el sofá. Solamente la cabeza se mantenía erguida mientras su rostro estaba descontrolado. Fuese lo que fuese lo que le hablaba, desde el interior de la chica, le estaba costando mantenerse ahí. No quería contestar y estaba haciendo un ejercicio de concentración para evitar que aquella cosa leyese sus pensamientos.

- ¡Oh por favor! ¿no se cansa usted? De que le ha valido su integridad, su disciplina, su fuerza de voluntad. A pesar de todo el esfuerzo   que hace su pena atraviesa el dique que se ha construido. Supura como el alcohol lo hace por sus poros. Como el diazepam lo hace en   sus ideas. Deje que yo la recoja y la convierta en dicha. Sus deseos son órdenes para mí.

Su teléfono volvió a vibrar.

“En la puerta, abre”

De pronto una voz diferente retumbó en su cabeza.  No era la de Lorena.

- Papá, ayúdame por favor. No puedo soportarlo más. ¡Él me tiene atrapada!

No sabía qué hacer, pero mantuvo la calma. Lorena no había sufrido ningún cambio hasta ahora, pero cuando abrió la puerta realizó una metamorfosis. A través de la piel de la joven emergieron escamas, en un pestañeó los ojos humanos se transformaron en los de un reptil. Mario no pudo evitar dar un paso atrás. Alguien puso una mano en su hombro, parecía haber salido de los hornos del infierno. Tuvo la sensación de que se derretía. Sintió como lo giraban sobre sus talones. Su otro hombro también se incendió. Un ser de luz lo sujetaba muy fuerte y le decía algo en un lenguaje que no entendía. Mario estaba flotando en las cuencas vacías de aquel que lo miraba al tiempo que luchaba por no perder la conexión de la realidad. Había un coro de voces allí. Se pisaban unas a las otras. Era como el sonido de las olas cuando golpean un acantilado y regresan lamiendo cada roca, cada grano de arena. Una voz al principio diminuta, pugnaba por crecer. Era ella, sin duda. Miró hacia abajo, estaba alejándose de aquella habitación de aquel edificio maldito, de aquella ciudad sin alma, de un mundo hipócrita y desde lejos, muy cerca de la luz, Carol, brillante como la estrella polar, extendió una mano y acarició su mejilla. Hacia tanto que no lloraba. Hacía tanto que no sentía.

Una bofetada que, en su cabeza, sonó como un latigazo, lo devolvió a su mundo. Sintió la caída. Sufrió el golpe. Todo su cuerpo se descompuso.

- ¿Dónde estabas Mario? No es bueno irse en mitad de un exorcismo. Estás sangrando por la nariz. ¡Hey, no te vayas!

Todo se nubló.

Volvió a irse, pero esta vez al vacío.

De vez en cuando escuchaba el latín del rito romano, gritos, palabras que no pudo distinguir. La luz iba inundando la habitación, tal vez León estaba ganando. Hacía menos frio. A veces se encontraba en el sofá y veía a León de frente, otras, notaba la moqueta bajo su cuerpo. Escuchó su nombre y abrió los ojos. Mierda. Cuanto llevaba así. Levantó su brazo para verse la muñeca.

3:33

A veces se arrepentía de haber aceptado su don. Siempre había sido testigo de cosas y hechos, que el resto de mortales solamente podía ver en películas donde los efectos especiales fuesen espeluznantes. Siempre había logrado que su cerebro las ocultase bajo capas y más capas de racionalidad y ciencia. Aquel día, el del primer exorcismo al que asistió, fue como si alguien hubiese quitado un tapón. Al poder ver, más allá, pudo ayudar a la víctima de una forma determinante. El demonio se aferraba al pecho de Ismael, que así se llamaba el primer poseído que contempló en su vida, mientras una suerte de brazo brillante que procedía de un espacio en el aire entre León e Ismael, tiraba de sus piernas. No podía evitar sonreír cuando eso ocurría. El exorcismo, tan intenso y solemne desde fuera, se convertía en un tira y afloja entre un ángel y un demonio cuando mirabas tan de cerca como él. Era como un padre intentando llevarse a su hijo de una atracción de feria ciertamente divertida. El padre siempre se salía con la suya. Mientras los exorcismos duraban Mario asistía como un espectador de lujo al génesis de cada posesión. Todas tenían un nexo en común. El odio y el miedo a veces juntos, estaban en el origen de todas. Las visiones que le asaltaban le otorgaban la pauta para después levantar el muro mental adecuado ayudando así a la víctima para que lograse defenderse. Hasta ahora había funcionado y de una forma muy eficaz.

Se incorporó en la moqueta y se puso a observar. Esperaba el momento justo para intervenir. Lorena yacía recostada en el sofá, convulsionando, mientras León, ataviado con su uniforme de combate, como él decía, salpicaba con agua bendita la cara, el pelo y la ropa de Lorena.

- ¡Para!

Se escuchó decir. Se levantó y agarró el brazo del cura. Este lo miró y le dijo.

- ¿Qué haces, ya se ha ido?

Mario miró hacia Lorena. Recorrió lentamente el sofá con la mirada hasta que, en la otra punta, el ser que ella le había mencionado lo observaba. Sintió ternura, la misma que sintió la primera vez que cogió en brazos a su hija. No se parecía a los demonios que había visto hasta ahora. Era hermoso, como lo es un amanecer o un eclipse. Hermoso de una forma sobrehumana. No admitía discusión.

 Sostenía un papel en el que se veía un dibujo. Era un dibujo que colgaba en su despacho desde hacía años.  Un ser alado arropaba a una persona en su cama. Se lo había regalado Carol. Sam se llamaba el ser alado. Papá quien estaba acostado. En el reloj aparecía la hora. Las 3:33. Nunca quiso darle importancia. Una simple anécdota que se repetía hasta la saciedad. Siempre supo que tenía importancia, nunca se la quiso otorgar. De pronto el papel empezó a humear. Unas palabras se plasmaban debajo del dibujo formando una frase:

“Clama a mí, y yo te responderé y te revelaré cosas grandes e inaccesibles que tú no conoces. Jeremías 3:33”

- Mario, respóndeme.

Lorena dejó de convulsionar y su respiración regresó a la normalidad.

- Sí.

El que solo Mario podía ver asintió sonriente y desapareció.

León miró largamente a su amigo y socio en lides sobrenaturales. Algo había cambiado en él, pero no se atrevió a pensar sobre ello.

Continuará…

Publicado la semana 30. 29/07/2018
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