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03
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 Me han dicho que ese árbol lleva doscientos años con sus raíces alimentándose de la tierra, doscientos años dando de comer a todo lo que le rodea. Es posible que otros hayan estado bajo su imponente cuerpo, contemplándolo, aunque también puede ser que pasasen ignorándolo o echando un simple vistazo a otro de tantos.

 Me he sentado recostando mi espalda contra su tronco, tengo la sensación de notar su respiración, aunque ya sé que eso es imposible. La calma se abre paso entre mis tensiones, como cuando de niño me fundía sobre el pecho de mi madre o como ahora de viejo los abrazos de mi pareja y mis hijos me hacen sentir. Estaba dispuesto a disfrutar de una tarde soleada dentro de la sombra que este coloso me brindaba y pensaba escribir, pero un pensamiento me frena; ¿qué le parecerá que me apoye en su tronco? ¿le molestará, le agradará o le será indiferente? Sonrío con semejante idea. Es imposible, un árbol no puede emitir juicios de valor por mucho que diga la loca fantasía. Miro alrededor y parece ser el momento idóneo de hacer algo propio del demente:

“Oye amigo roble ¿te estoy molestando?”

 Un viento caliente agita con suavidad sus hojas mientras yo me río. No esperaba que me contestase, pero hubiese sido bastante interesante, después de tantos años, descubrir que he perdido el tiempo hablando con los seres humanos cuando hubiese podido disfrutar de una amena charla con un ser vegetal.

 Una ardilla ha descendido a toda velocidad y se ha parado a muy pocos centímetros de mis pies. Me quedo quieto como una estatua, no quiero asustarla y pienso en que puede comer una ardilla aparte, claro está, de lo que los árboles le proporcionan. Desecho la idea de darle comida y decido observarla con atención. Es graciosa y, mientras pienso esto, me doy cuenta de que aún no he escrito nada, pero no importa, últimamente no se ven muchas ardillas. Parece que ha encontrado lo que buscaba y se dirige hacia allí. Recoge una hoja y se gira. ¡Me está mirando! Se acerca, deja la hoja a mis pies y trepa al roble pasando antes por todo lo largo que es mi cuerpo. Recupero la compostura ¡pensé que me iba a morder! Me tienen contado historias de ardillas realmente agresivas. La hoja es del roble y… ¡hay algo escrito!, dice así:

 “No, a mí no me molestas, pero no sé qué les parecerá a las hormigas que te hayas sentado sobre la entrada de su casa”

 Cuando acabo de leer aquello, que no está escrito con tinta sino con algo que parece savia, no me lo puedo creer, pero casi al instante noto un cosquilleo en mi espalda y me levanto de golpe asustado como nunca lo había estado y caigo en la cuenta de que tengo hormigas por todas partes y me muerden. Trato de sacudírmelas y me cae la hoja. Entonces aparece un grupo de gente tras otro así que yo finjo que se me ha caído algo, concretamente un anillo.

 Una pareja realmente obstinada se quedó conmigo hasta que, para mi sorpresa, encontraron un anillo. Me lo dieron con una sonrisa y lo recibí con una carcajada. Me fui del lugar negando con la cabeza y aceptando que me había quedado sin la prueba de que los árboles no hablan, pero si escriben y tienen bastante sentido del humor.

Publicado la semana 3. 21/01/2018
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