29
J. J. Emrys

La visita. Parte 3.

Se había aseado como si se tratase de una liturgia que hubiese mantenido durante años. El olor a café recién hecho era su incienso.

Mientras Lorena fue al baño, Mario, repasó los papeles que ella le había traído y que había dejado sobre la mesita del salón. En uno figuraba su nombre y la dirección del teatro, la hora del fin de la última actuación y le seguía un número de teléfono con un nombre al lado.

-Así que, padre Román.

La puerta del baño se abrió y de ella salió una chica que había perdido ciertos rasgos a medida que el nivel de alcohol en sangre disminuía. Era un poco más mayor que su hija y tenía el pelo más oscuro. Los ojos eran azules y no verdes y desde luego su sonrisa no era la misma. En cierto modo aquello le alivió. Se sentó en el sillón que se situaba a la derecha de donde estaba Mario y respondió.

- Sí, ha sido él quien me ha recomendado que hablase con usted antes de, bueno, ya sabe.

Mario forzó su sonrisa y le dijo

- Considerar el exorcismo. Lo conozco, el padre León Román. Es un buen amigo.

Lorena asintió. Tenía sus manos sobre sus rodillas y mantenía su espalda recta. A Mario le daba la impresión de estar entrevistando a una posible empleada en lugar de a una persona acosada por demonios, del tipo que fuesen.

- Pues mire, Lorena. Su caso se escapa a mi conocimiento. Creo en lo que cuenta en estos papeles, entre otras cosas, porque lo he visto con mis propios ojos, pero me temo que sí, va a necesitar a un cura. León Román es el mejor exorcista que conozco- se encogió de hombros- el único que conozco.

Lorena se movió en su sillón y perdió un poco la pose. Arqueó la espalda y cambió la expresión en su cara. Las comisuras de sus labios apuntaron hacia abajo y sus cejas se elevaron durante un solo segundo. En seguida volvió a sonreír.

- Haré lo que usted me diga.

- Vamos a ver. Cuénteme como empezó esto.

Las mejillas de Lorena se pusieron rojas. Toda la determinación que había demostrado en el camerino se había ido derritiendo hasta dejar a la vista una inseguridad que era capaz de contagiar. Mario carraspeó para concentrarse. La hipnosis había empezado. Guardó silencio mientras no  apartaba la vista de la cara de Lorena. Ella no era capaz de aguantar la mirada.

- Ya lo he puesto todo por escrito.

- Estás nerviosa. A veces nos ponemos nerviosos porque pensamos que los otros nos juzgan a pesar de que Lorena, muchas veces los otros están con tranquilidad, disfrutando del placer de estar cómodos en un sofá como este- y señaló el sillón de ella- o en un sillón como ese- y tocó el sofá sobre el que se sentaba- ¿Verdad?

La dejó de tratar de usted. Al hablarle de tu conseguía parecer más cercano. 

- Sí.

- Claro. La verdad es que entiendo que para relajar los hombros a lo mejor es más fácil cuando nos recostamos… o cerramos los ojos… o respiramos profundamente…

La voz de Mario se hacía más lenta, más profunda, más influyente. Sus palabras se alargaban mientras los tiempos de respuesta de Lorena daban las primeras señales de trance. Estaba siendo muy fácil. Siguió con las sugestiones, aplicó varias técnicas con la destreza que otorga la experiencia, supliendo al cansancio. Siguió hablando mientras se levantaba a servirse un café a la cocina que se encontraba separada del salón por una encimera. Cogió una silla, la más incómoda de la casa y la puso a medio metro del cuerpo de Lorena que se encontraba desparramado por el sofá.

El teléfono de Mario vibró en su bolsillo.

- Y puedes bajar esas escaleras fijándote bien en los escalones. A medida que bajes…

“En 5 minutos estoy en tu casa. Por favor no te olvides de tener cerca el agua bendita”

 Seguirás notando como tu cuerpo está relajándose y tu mente expandiéndose como tu respiración y contando hacia abajo…

Dejó que la mente de Lorena trabajase un poco por su cuenta y aprovechó para darle un sorbo al café. Cerró los ojos y después de paladear un rato lo tragó. Cogió aire por su nariz echando su cabeza hacia atrás. La respiración profunda acabó por centrarlo y se sintió con un poco más de energía para aquello. Abrió los ojos y la luz de la lámpara parpadeó. Dibujó una sombra en el techo un instante. Mario regresó con su mirada a Lorena que se encontraba como un títere al que habían cortado sus hilos, pero con los ojos abiertos clavado en él.

Tragó saliva y sintió un sabor amargo en su lengua. Se movió y comprobó si la mirada de aquella mujer le seguía. No, no lo hacía. Suspiró lo más bajo posible. Estaba asustado. Miró el reloj y comprobó que apenas habían pasado un par de minutos. Deseó que León fuese puntual por esta vez.

Sintió el cosquilleo en el estómago, el mismo que sentía antes de actuar en el teatro. Decidió que optaría por seguir profundizando mientras intercalaba sugestiones sobre la posibilidad de empezar a dialogar. Otra vez le resultó fácil. Estaba claro que Lorena quería ser hipnotizada y necesitaba soltar lastre.

- Yo no quería hacerle daño a Amanda. No quería hacerle daño a nadie

Mario sacó su libreta de un cajón de la mesa. Tuvo que quitarle el polvo. Dentro había un bolígrafo, comprobó que todavía funcionaba y cruzó sus piernas para apoyar la libreta. Ya estaba listo

- ¿Quién es Amanda?

- Mi ex.

- ¿Y cómo pudiste hacerle daño?

- Porque lo deseé con todas mis fuerzas… deseé que volviese a mi… costase lo que costase

Cada frase tardaba bastante en ser pronunciada y entre ellas también pasaba mucho tiempo. Mario pensó que su taza era demasiado pequeña.

- Solamente lo deseaste. Eso no pudo hacerle daño.

- Sí, lo hizo… mi deseo… atrajo a la oscuridad…

- ¿A la oscuridad?

- Al genio de los deseos… al principió creí que era un sueño… ya sabe

- Puedes recordármelo.

A veces los pacientes creen que quienes los hipnotizan sienten y recuerdan lo mismo que ellos, que se encuentran a su lado.

- Una noche que juré… juré mi vida, mi suerte, mi dolor… comprometí mi alma… quería que volviese… qué importa el precio por volver a ver a quien amas… ¿no?

Mario guardó silencio y esperó. Aquella historia resonaba en sus vísceras. Al rato Lorena siguió hablando.

- …noche… entonces me desperté… o sigo en sueños… siento un peso en mi pecho… me cuesta respirar… abro los ojos y ella esta con sus manos presionando…

- ¿De quién se trata?

El cuerpo de Lorena, hasta entonces inmóvil empezó a sufrir espasmos. Arrugó su frente. Parecía sufrir.

- De Amanda… pero sin sus ojos…me dice si de verdad la quiero… Sí, sí, te quiero…

Su cuerpo se puso en tensión, sus puños se cerraron y empezó a mover la cabeza de un lado al otro. Entonces cerró los ojos. Mario se alegró, resultaba siempre inquietante cuando no los cerraban. Volvió a hablar más rápido y más alto. El miedo había brotado por fin en su cabeza. Él supo entonces que estaban cerca de un momento clave.

- Está sentado en una silla… es donde dejo la ropa al acostarme… es hermoso… me mira con cariño… acerca su mano y me acaricia la frente…

Mario se incorporó en su silla para estar más cerca de Lorena. Había saltado en el tiempo o había despertado.

- Está bien. ¿Sigues soñando?

- No estoy segura… me hace sentir bien… pero no puedo moverme… solo los ojos… su mano es muy cálida… en la habitación hace mucho frío… no hay luz pero le veo…

Se le estaban amontonando preguntas en su cabeza y notas en su libreta pero ella no daba tregua Pensó en pedir a Lorena que congelase la escena, explicarle lo de que, en ese plano, en ese mundo, ella podía hacer lo que quisiera, pero la vibración en su bolsillo iba a obligarle a dejar que siguiese hablando.

Justo en el momento que Mario iba a sacar su móvil Lorena lo llamó.

- Doctor.

- Aquí estoy Lorena, dime.

Miró entonces su teléfono. León le avisaba de que se encontraba en el portal. Levantó la vista. Ella lo miraba sonriente. Algo lo miraba sonriente

- El cura ya está aquí ¿ha preparado el agua bendita?

Continuará...

Publicado la semana 29. 22/07/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
29
Ranking
3 252 0