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J. J. Emrys

La visita. Parte 2.

Mario escaneó de arriba abajo al tipo del alzacuello. Le había seguido el rollo mientras creía que estaba disfrazado, pero la conversación lo estaba convenciendo sobre la autenticidad de sus palabras. Las últimas dos copas las había pagado el cura que afirmaba ser su admirador.

- Creo firmemente en la necesidad de que la fe y la ciencia unan sus fuerzas en estos tiempos oscuros.

Sobre esa premisa basculaba toda la conversación. A Mario le resultaba interesante, al menos más interesante que la clásica conversación con sus colegas de psiquiatría, pero la parte donde León, que así se llamaba el sacerdote, le hablaba de posesiones, personas que de un momento a otro hablaban lenguas muertas, levitaban o realizaban prodigios atmosféricos a escala de una habitación, le resultaba poco creíble.

- Una vez uno de esos bichos quiso sobornarme con una de mis obsesiones de juventud: el Arca de la Alianza. No era un mal trato

Y se reía como lo hacen los críos; lleno de vida. Parecía que el alcohol lo hacía más sereno, le otorgaba cierto carisma y acompañando a ese pensamiento llegó otro que le decía que no se dejase llevar. Aquello era pura superstición.

- Bueno, ya está bien, me parece usted interesante, pero...

- De tú, Mario, por favor. No me hagas sentir más viejo de lo que ya soy.

- Me pareces interesante, pero creo que todo lo que llamas posesiones yo lo llamo, digamos, obsesiones y se solucionan, las que lo hacen, con terapia y medicinas.

- Está bien, comprendo tu suspicacia. Tienes motivo. Pero te invito a que te leas mi libro, así cuando vengas a una de las sesiones estarás preparado, no demasiado, pero al menos evitaremos que te mueras

Otra carcajada explotaba en el aire mientras Mario, con una sonrisa en los labios, tapaba con su copa el siguiente comentario sarcástico. Estaban borrachos. Algo que un cura y un matasanos nunca consideraban apropiado, pero que ambos perdonaban cuando un alma en pena se lo confesaba. En ese momento tenía ganas de ver a León en plena faena y se le ocurrió algo.

- De acuerdo, de acuerdo. Asistiré a un exorcismo si me permites interceder y demostrarte que la ciencia también expulsa demonios.

- No creo que pueda permitírtelo. No me parece muy apropiado, la verdad. Es como si yo me pusiese a repartir bendiciones en tu consulta.

Esta vez fue Mario quien se rio. Estaba totalmente de acuerdo. Alzó la copa invitando al brindis y el sacerdote lo secundó.

- Seré bueno. Te prometo que me mantendré al margen. La verdad es que siempre me ha interesado ese… fenómeno.

- Lo sé, lo sé. Yo sí que me he leído tus libros. Por cierto, me gustaría que me los firmases.

- Encantado, pero cuándo, ¿antes o después de expulsar demonios?

El sacerdote, a pesar de su sonrisa, no pudo atrapar cierta cantidad de tristeza que se derramó por su gesto al levantar la vista de su copa.

- Sabes Mario. No siempre es divertido. Estoy cansado. Creo que debo retirarme o cometeré un pecado más gordo.

Mario asintió y observó el esfuerzo que supuso levantar tantos años y licores de esa banqueta. León dio una firme palmada en su espalda como respondiendo a los pensamientos del psiquiatra sobre la decadencia en la vida.  

Su teléfono vibró sobre la barra. El tiempo había volado. Era su mujer y estaría preocupada. Mentiría sobre algún paciente especialmente preocupante, pero lo haría después. Colgó el teléfono y pidió la cuenta. El cura le había invitado a las dos anteriores y aun así él pagó tres más.  El aviso de un mensaje lo sobresaltó justo cuando iba a guardar su teléfono en el bolsillo. Dedicó tres intentos a desbloquearlo y cuando lo consiguió leyó en la notificación superior que era un mensaje de su hija.

“Por favor papá pide un taxi vale? Yo recogeré el coche cuando salga del trabajo

Recibido a las 3:33".

Un bache lo espabiló ligeramente. La ventanilla era dura y estaba fría. Las luces de la ciudad marcaban un camino conocido.

- En la siguiente a la derecha.

- ¿Todavía vive allí?

No recordaba que el taxista tuviese una voz tan suave. Comprobó que, en efecto, su hija conducía el taxi. Supo que, por supuesto, aquello no era un taxi y no tardó en acercarse a la realidad. La que conducía era la chica que se había colado en su camerino.

- ¿Me he desmayado?

Preguntó Mario tratando de recuperar una pizca de dignidad, sin exagerar. Se sentía un trapo y no le importaba parecerlo.

- No estoy segura.

Carraspeó y buscó en los bolsillo su cartera y sus llaves. No faltaba nada. El coche no era suyo. Bien.

- ¿Por qué pregunta eso?

- Disculpe, supuse que después de lo de su hija se mudaría.

- ¿Cómo sabe lo de mi hija?

- Me lo dijo usted mientras veníamos al coche

- ¿Qué más le dije?

Mario temía que sus borracheras fuesen del gusto de un espía.

- Me habló de un tal León y de que usted también había visto algo.

Entraron en un túnel. Las luces se clavaron como cientos de agujas en los ojos de Mario. Sus oídos empezaron a registras un pitido. El sudor se enfrió de golpe. Los ojos se movían a toda velocidad de un lado a otro.

- ¿Qué le pasa doctor Mario?

No pudo abrir la ventanilla pero si la puerta. Lorena frenó con brusquedad y en cuanto paró Mario echó la segunda tanda en la acera de su edificio.

- ¿Pero qué hace?

- Para poder ayudarle con sus demonios Lorena tengo que expulsar los míos primero. Continúe, aparcaremos en mi garaje.

El ascensor abrió sus puertas y una musiquita adornó la tensión que se respiraba en aquel momento. Ella se acomodaba el bolso una y otra vez. El ascensor cerró sus puertas para empezar a subir. Él carraspeaba y se frotaba la cara tratando de despejarse. Claramente olía mal y en el ascensor se tenía que estar notando. Lorena seguía ahí. Con ese panorama si continuaba con él es que sin duda estaba desesperada.

Mario sacó su móvil para buscar el número de León.

Las luces parpadearon. Los pelos de la nuca de Mario se erizaron. En guardia. Segundo parpadeo. Se puso a mirar fijamente a Lorena. Ella sonrió mientras movía sus ojos buscando una respuesta a la pregunta que parecía plantear Mario. Tercer parpadeo. El ascensor llegó a su piso y las puertas se abrieron. Las luces del descansillo estaban apagadas. El sensor las activó cuando Mario dejó el ascensor.

- Mario, de repente se ha puesto usted tenso.

Nada a los lados. Su puerta cerrada y la de los vecinos igual. Se giró para responder a Lorena. 

El espejo reflejaba la espalda de la mujer y a su pobre presencia mirando de frente. También se veía la ventana del descansillo. Justo detrás de él. La ventana que daba al patio de luces. Carol le miraba. Después aquella sombra la empujó.

Continuará...

Publicado la semana 28. 15/07/2018
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