Semana
27
Caballo de Coia

La visita. Parte 1.

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Los hielos crujían mientras el whisky los fisuraba al pasar. A medida que el líquido se apoderaba del vaso, Mario notaba como su ansiedad se ponía firme, alerta de cara a encontrarse con su dosis diaria que cada vez sabía a menos. La soledad llegaba justo después de que las culpas se marchasen en un río etílico.

 Era muy probable que, de nuevo, se quedase a dormir en aquel camerino. Al día siguiente no habría actuación y no quedaba nadie en su casa que lo fuese a echar de menos. El whisky volvió a caer en el vaso, volvió a quebrar los hielos, volvió a hablarle sobre sus fantasmas instándole a seguir bebiendo para que también se ahogasen y no fuesen más que mantas agujereadas y sucias flotando en el licor. El ritual se completó. Esta vez había consumido la botella. Su estómago está vacío. El líquido cae como un tsunami. Aquello iba a ser histórico.

 Si tuviese amigos en los que confiar los habría invitado, habrían exorcizado sus culpas y habrían acabado cantando en mitad de alguna avenida mojada en aquel viejo invierno. Si tuviese amigos no habría bebido toda esa puta botella. Pero todos se habían ido. Después de Carol el tiempo se paró. En el congelador de su memoria guarda el instante en el que pudo haberla salvado y un poco más atrás, posiblemente estropeado, otro recuerdo que le cuenta que tal vez podría haberla ayudado mucho antes. Carol se fue por la ventana y sus amigos por la puerta por la que él los echó de su vida. Cambió de trabajo, de ciudad, de teléfono e incluso de identidad. Había sido un buen psiquiatra, un buen marido y amigo y un padre ejemplo de todos los padres. Ahora era un hipnotista que entretenía a un público crédulo mezclando magia con cuento.

 Engañar siempre se le había dado bien y durante un tiempo funcionó. Mientras manejaba a toda esa gente a través de sus propios deseos y expectativas no pensaba. Después el alcohol lo ayudaba sobre todo cuando lo mezclaba con toda la medicación necesaria. Era un suicidio lento y planificado. En el fondo, solamente quería volver a verla.

La puerta retumbó y el sonido hueco del aglomerado penetró la espesa niebla que destila de la embriaguez. Intentó decir algo, pero no lo debió lograr ya que insistieron. El pomo giró. Óscar apareció sonriente, pero pronto cambió su gesto al ver el estado de Mario.

- ¿Cómo puedes estar borracho ya? No ha pasado ni media hora

- Vete a la mierda, ¿qué quieres?

- Hay una chica que quiere verte pero le voy a decir que estas indispuesto

- Mañana la recibiré

- Venga levántate que te acercamos a casa

- Ya iré luego

- Entonces dame las llaves del coche

La mirada de Mario fue dando tumbos por el camerino y con lentitud iba dejando caer su mano por su cuerpo. Las encontró encima del sobre con el dinero de la entrada que le correspondía, agarró las dos cosas y se las lanzó a Óscar que todavía sujetaba la puerta. La usó de escudo. Se agachó a recoger las cosas mientras apretaba los labios y negaba con la cabeza.

- Toma las putas llaves y coge tu parte de la pasta. Invita a tu amiguito pero no me robéis, me acabaré enterando joder

Mario no pudo ver la cara de tristeza que su ayudante le mostraba.

- Hoy voy a pedirle matrimonio. No estarás invitado. Espero que lo entiendas si te acuerdas de esta conversación mañana. Tienes un problema Mario.

Un gruñido fue la respuesta. El alcohol seguía su camino ascendente. Pronto dormiría retorciéndose entre los brazos del licor.

- Hola

La puerta había quedado abierta y en ella se asomaba una mujer. Mario tardó en enfocar la imagen.

- Limpie lo que quiera. No la molestaré. Cierre la puerta al salir, no quiero más visitas.

El sonido de un tacón vibró sobre la tarima flotante del camerino. La mujer había entrado.

- No soy de la limpieza. Me llamo Lorena y necesito su ayuda.

Por fin el cerebro de Mario consiguió unir la imagen a la voz. Palideció. Sus pupilas se dilataron. El olor de la habitación cambió. Jazmín chocando contra su propio olor.  Un nombre acudió a su boca

- Carol…

- No, me llamo Lorena

- Eres igual a…

- ¿Se encuentra bien?

- Estoy tremendamente borracho y estoy viendo a mi hija muerta hablándome de una tal Lorena

Mario se levantó de golpe de su silla. La luz de la habitación parpadeó. Sintió como un viento helado acariciaba su nuca. Se giró para comprobar que no existía nada que pudiese provocar esa corriente de aire. Volvió a mirar aquel rostro. Era idéntico, tal como lo recordaba.

- No se que quieres pero abrazame por favor. Te prometo que después hablaremos de lo que quieras mi precioso fantasma

Lorena dio un paso atrás pero no se fue. Finalmente abrazó a aquel hombre. El jazmín ganó la batalla. No era el perfume de su hija, aquello habría sido demasiado, pero lo respiraba con ganas intentando atesorar ese recuerdo como una suerte de reencuentro. Quiso manipular su propia mente como hacía con los demás pero no lo logró. Se apartó de Lorena dejando sus manos sobre los hombros de ella. Sus ojos enrojecidos brillaban a punto de la lágrima. La mujer lo miraba tratando de entender.

- Señor Mario, por favor, tiene que ayudarme

- Un trato es un trato. Pase, pase, le escucho.

Casi no se tenía en pie.  Exageró indicando una banqueta y se pareció mucho a una reverencia.

- ¿No se sienta? Yo sí. Está bien ¿qué desea?

-Necesito que se despeje señor Mario. Mi vida depende de ello

-¿Su vida? ¿Su vida depende de un artista mediocre? Pues está usted jodida

- No estoy buscando al artista. Estoy buscando al psiquiatra

Mario se reblandeció un poco más sobre la silla antes de responder.

- Pues lo siento mucho, ese hace tiempo que cerró su consulta. No era tan bueno.

Otra botella había aparecido en su mano. Era la de reserva. Nunca la había abierto pero ese día lo estaba invitando a batir marcas.

- Me he quedado sin hielo. Que contratiempo. En fin. ¿Le gustaría acompañarme?

Lorena abrió su bolso y sacó su teléfono. Tras unos segundos en los que sus dedos volaban ágiles por la pantalla, se la mostró a Mario. En ella se veía una mujer tumbada en una cama con la cabeza volteada de manera que no mostraba su rostro. Un reloj digital indicaba las 3:33 y el resto eran tinieblas.

- Mmm, no entiendo.

Ella estaba más agitada, incluso Mario se daba cuenta.

- No lo ve ¿verdad?

- ¿Lo qué?

- A ese demonio.

Mario levantó, con mucho esfuerzo, una ceja. Volvió a fijarse en la fotografía. Tal vez un armario se podía distinguir y no creía que se refiriese a eso. La chica necesitaba ayuda y él necesitaba irse a dormir.

- Mira Lorena, de verdad que lo siento, pero yo no te puedo ayudar. Es probable que me desmaye en breve y yo no puedo tratar ningún delirio como el tuyo, pero si quieres déjame tu número y cuando despierte te enviaré a la consulta de alguien con experiencia en estos... casos.

La luz parpadeó por segunda vez. Los pelos de sus brazos se elevaron, un escalofrío le hizo dar un pequeño bote en el asiento. La puerta se cerró lanzando un estruendo en el aire. La luz volvió a parpadear. Una sombra fluctuante con ojos de reptil  a la espalda de Lorena apoyaba sus manos huesudas de dedos largos en los hombros de la mujer como una araña agarra con las patas a su presa mientras la envuelve para devorarla después.

Lo que fuese aquello lo miraba. La risa de aquella cosa serpenteaba a través del llanto de Lorena. Mario se echó a reír.

Continuará...

Publicado la semana 27. 08/07/2018
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