Semana
23
Caballo de Coia

Reunión vecinal

Género
Relato
Ranking
3 250 6

 Emilio había llegado tarde. Su timidez se encargó de reprochárselo mientras buscaba un sitio donde sentarse. Al final no tuvo más remedio que hacerlo al lado del señor Alberto. Al menos no tendría que hablar, de hecho, podría haberse ahorrado el saludo ya que el anciano dormía como si fuese familia de Morfeo. Las miradas tardaron, más de lo que la educación recomendaba, en abandonar su rostro de párpados caídos y mejillas rojas, su torpe manera de caminar como un pato y su recién adquirida mayoría de edad.

 Cuando abrió la puerta llevaban más de una hora de reunión, la tarde estaba cayendo y eso conseguía que el ambiente allí dentro se pareciese al clima que mantenían lo bandos de la guerra de los cien años. Todos los allí presentes se conocían y se odiaban entre si desde hacía tanto tiempo, que ese odio se había dado la vuelta y ahora podría decirse que se querían de una forma terrible. Esto transpiraba en cada silencio y en cada conversación.

 La noche se vestía. Dentro las voces iban cogiendo fuerza. La sempiterna discusión se cernía sobre la taberna como una tormenta de verano. Estalló de forma inesperada.

- Pero entonces, ¿a qué vienes aquí si no te lo crees? ¿A tocar los huevos?

- Yo a ti no te toco nada, creo que es de idiotas, en pleno siglo XXI, seguir pensando esas cosas.

- ¿Y tú cómo lo explicas?

- Superstición.

- ¿Superstición?  ¡Este tío es gilipollas!

 

 Algunas cabezas asintieron, otras negaron. El resto hacían gestos al camarero o comprobaban el estado del techo.

Miriam tocó el hombro del que insultaba, un alcalde, su marido, visiblemente alterado. Con voz suave se dirigió al insultado, y le dijo:

 - Perdona Marcos, las maneras no son las correctas, pero tiene razón, hace días que no vemos a Clotilda ni a Gerardo y es raro porque son los que recaudan el dinero para la fiesta y no dan señales de vida.

 Marcos esbozó una sonrisa traviesa, la misma que usaba en sus clases cuando pillaba a alguien en un renuncio, y dijo:

- Se me ocurren muchos motivos por los que largarse de este pueblo, pero, ¿no tenían familia en la ciudad? ¿no se le había puesto malo el cuñado?

- No, Marcos, siempre avisan, y yo misma he entrado a darles de comer a sus animales que llevaban dos días sin salir. Además, no responden al teléfono.

- Pues se habrán muerto Miriam, y tu marido en lugar de seguir los pasos necesarios, convoca a todo el vecindario para hablar de mamandurrias. Ahora es un vampiro, ¿qué será lo próximo? El único que sale ganando hoy aquí es Pepe.

Esta vez, todas las cabezas buscaron y localizaron a Pepe, en pie, sirviéndole un café al joven Emilio. Pepe sonrió e hizo un gesto de brindis con un quinto vacío. Emilio, por su parte, decidió aprovechar ese momento para contar lo que había descubierto. Carraspeó y, a pesar de ello, su voz todavía cambiante, a veces de león, a veces de silbato de gnomo, no quiso salir esta vez. Su lugar lo ocupó la voz ronca del alcalde:

- Creo que es mi obligación prevenir y, en caso de no hacerlo atajar, cuanto antes, los problemas de mis vecinas y vecinos. Y no sólo falta Clotilda y Gerardo, ¿cuánto hace que no veis a Nadia? Llevamos sin pescado dos semanas y me consta que la última persona que la vio dijo que iba en dirección al castillo.

 Todo eran muecas en Marcos. El profesor se levantó y, de un salto, puso sus pies sobre la banqueta. Alzó su brazo derecho por encima de su cabeza y, como si estuviese arrancando la manzana del pecado, dijo con voz de tenor:

- ¡Oh, maldición!¡ Vayamos pues al castillo portando las antorchas de nuestra fé y quememos al hijo del diablo como hemos quemado libros o personas en otros tiempos!

 La mayoría no entendió la ironía, y quienes sí, sintieron un poco de vergüenza ajena. Se hizo un silencio, de suficiente estabilidad como para que Emilio viese en ese momento otra oportunidad para hablar. Una cucharilla resbalaba por una taza mientras alguien terminaba un café, un par de banquetas crujieron mientras se acomodaban sus ocupantes, tres o cuatro carraspeos, el último de Emilio que cuando abrió la boca para hablar el “viejo durmiente”, Alberto, roncó antes de regresar de las profundidades de su subconsciente, tan fuerte, que hizo vibrar los platos y los cristales donde las empanadillas y los pinchos contaban los últimos minutos de su jornada laboral. Alberto abrió los ojos, miró a su derecha. La noche arropaba las calles. Miró a su izquierda, Emilio le miraba con una mezcla de incredulidad y frustración. El anciano le dijo al joven.

- Pues ya es de noche.

Emilio palideció, la banqueta chirrió por encima de la baldosa antes de caerse, el joven se incorporó y dijo:

- ¡Atiéndanme! Es importante.

El café buscó las piernas de su compañero de mesa como una serpiente acechando a su presa. Tres golpes hicieron retumbar la puerta y congelar la sangre. Un alarido se escuchó en la sala. Era Alberto que había recuperado cierta cantidad de juventud mientras trataba de dejar de quemarse las piernas con el café

- ¡Es él!- dijo el alcalde.

 La gente se puso en guardia, paralizados, algunos se escondieron en el cuarto de baño con la excusa de ayudar al pobre Alberto, otros detrás de sus maridos y sus mujeres, incluso alguien, en medio de la tensión, se sirvió otra caña. Todos menos el profesor, que todavía permanecía sentado.

- ¿Él?, será un turista. ¡Que os digo que allí arriba no vive nadie! – Y se levantó suspirando y negando.

 Dirigió sus pasos hacia la puerta. Antes de abrirla, echó un vistazo a sus paisanos. Parecían estatuas de mármol. Hoy, pensó, recibirían una buena dosis de raciocinio. La puerta chirrió cuando nunca lo había hecho, una niebla se coló en la taberna husmeando cada rincón. La luna, llena, recortaba con su luz una imponente silueta. Las arañas, ratones y otras criaturas comunes en los pueblos abandonaron el lugar como si de un barco hundiéndose se tratase. La silueta parecía flotar. Deslizandose sobre la niebla se aproximó a la luz que asomaba al umbral de la puerta. Ni medio pelo de una ceja se salía del estereotipo de Drácula, a lo mejor éste era más bajito.

 Marcos dio dos pasos hacia atrás. Su mente iba a toda velocidad. La meninge mandaba avisos en rojo a todos los recovecos de su cerebro. De repente, se iluminó:

- ¡No puede entrar!

 El alcalde, que ya estaba pertrechado con una estaca, un martillo, una ristra de ajos y el crucifijo del Santo Patrón del pueblo y Miriam que había empezado a rociar su espacio más cercano con agua bendita y contaba mentalmente lo que le habían costado las balas de plata dijeron al mismo tiempo:

- ¿No puede?

El profesor titubeó. Los alumnos allí presentes se sintieron vengados.

- Si no les invitas no pueden pasar.

 Tal vez aquella noche no era la mejor para llevar razón, para que por fin los años de timidez, escasa actividad social y una ingente cantidad de libros y ratos a solas diesen su fruto, un fruto fugaz, insípido y amargo como lo era la verdad, pero Emilio infló su pecho y poniéndose al lado de Miriam dijo:

- Sí que puede. El alcalde ha convocado a toda la vecindad aquí, ¿verdad?

- Verdad – dijo el alcalde.

- ¡Dios Mío! –dijo el profesor.

- Pues…Ejem…Técnicamente, el señor vampiro es un vecino.

 Cuando Emilio acabó la frase, el vecino del castillo ya tenía un pie dentro. Las almas del resto de vecinos preparaban las maletas.

Publicado la semana 23. 10/06/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter