Semana
22
Caballo de Coia

Siete escenas.

Género
Relato
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Uno. El naufragio empezó en la carretera. Las últimas palabras fueron “¡Cállate de una vez!” después un motorista, una maniobra brusca, un golpe, el estómago subiendo por la garganta impidiendo el grito, otro golpe y el acto final de su vida.

Dos. A su alrededor incontables burbujas cosquilleaban su agonía. Lo que podía flotar flotaba, lo que podía hundirse la acompañaba hacia el abismo.

Tres. Su asiento la apretaba como un calamar gigante a sus presas. La mayoría de sus fuerzas se agotaban en ese momento, mientras el agua la cubría por completo. La niña no lloraba, tal vez la muerte le quiso ahorrar el mal trago.

Cuatro. Quiere respirar, pero decide empujar a la niña por el hueco que la suerte dejó en su ventanilla. La oscuridad se hace más espesa como prólogo de lo eterno. La niña está pálida. Sin conciencia. No sangra. No respira. La mujer nada por voluntad más que por fuerza. Desea con todas sus ganas un milagro. Mientras respira, por fin, su corazón se para y colapsa su cuerpo como un castillo de arena al subir la marea. Suelta a la niña.

Cinco. Escamas, aletas, más burbujas, el mar la besa profundamente. Penúltima conexión neuronal. Parece un tiburón. Te quiero mi niña. Último golpe de luz en su cerebro. Es la cara de una persona. Es el cuerpo de un pez. Se dirige al bebé.

Seis. Muere por fin. Ese cuerpo se hunde para que, unos días después, un pescador la encuentre flotando cerca de las rocas del acantilado, golpeándose una y otra vez como si llamase a la puerta de la tierra desde el vacío del océano. Ese mismo pescador se encontró días atrás a una niña moribunda en su barca, debajo de unas redes.

Siete. La llamarán Serea y será lo más cercano a un milagro que verán en sus vidas.

Publicado la semana 22. 03/06/2018
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