Semana
02
Género
Relato
Ranking
4 360 2

 Alicia resurgía de sus cenizas. Allí afuera todo iba y venía a gran velocidad en aparente caos, pero con total normalidad. El sol no calentaba igual, de eso estaba segura. Este sol que la recibía después de tanto tiempo no era el mismo que penetraba tímidamente entre las rejas de su celda. No era la misma luz que parecía impregnarse de hastío en el patio de la cárcel. Cerró los ojos y aspiró profundamente. Sus pulmones se llenaban de aire y de polución, pero ella solamente respiraba libertad, la libertad del cuerpo, porque su mente había viajado varias veces lejos de aquel lugar, en el tiempo y en el espacio, hacia anhelos y pesadillas a partes iguales. Había aprendido a controlar su mente, la dirección de sus pensamientos, el contorno de sus sueños y la finalidad de sus pesadillas, a eso había dedicado el lento transcurrir de los días.

 Una voz familiar la despertó de su ensoñación.

- Ali…

 Un abrazo le ancló por fin los pies a la tierra. Su hermano se puso a llorar, Alicia a reír.

 Roberto conducía de vuelta a la casa de sus padres. Ahora era él quien se encargaba de ventilar esos viejos muros y mantener viva la memoria de sus antepasados. Ella volvía a su antigua habitación que, en aquella lejana juventud, había abandonado para embarcarse en un proyecto laboral que, al final, se convirtió en una casa en las afueras, un marido y un hijo. Ninguna de las tres cosas más importantes de su vida existía ya, no al menos como las personas acostumbran a creer y ahora, aquella habitación, todavía con muchos de los objetos que la acompañaron durante toda su adolescencia, parecía ofrecérsele como una nueva oportunidad, un nuevo punto de partida, pero casi veinte años después.

- Esto es lo que me ha dado Tomás para ti. Me ha dicho que él guarda copia, pero que quiere que tú tengas los originales. Ali, es importante que los guardes muy bien.

- Cierto. Lo haré Rober, no lo dudes. He aprendido a guardar muy bien las cosas.

 La sonrisa de su hermano seguía siendo la misma: cargada de ilusión y que iluminaba cualquier estancia; aunque un pequeño reflejo de preocupación asomaba, él intentaba aparentar total normalidad. En todo el viaje no había cruzado más que dos o tres frases respetando el silencio que Alicia guardaba y ahora había bajado para preparar la comida. Hoy, la dejaría descansar, pero mañana le esperaba el reencuentro con sus amigos, los pocos que les quedaban a ambos. Lo miró agradecida, él también había sacrificado muchas cosas defendiéndola desde fuera, pasando noches en vela pensando en todo lo que el abogado aconsejaba, buscando explicación a los hechos. Fue él quien la convenció de que estaba en shock, que lo que ella había contado no era más que el producto de su imaginación intentando justificar todo lo que ocurrió. Ella no pudo haberlo matado, eso estaba claro, aquel antropólogo forense, que había costado el sueldo de un año, lo demostró con pruebas. Las heridas causadas a su marido habían sido realizadas por alguien con una fuerza descomunal, nada parecido a lo que una persona aquejada de una debilidad muscular congénita, como Alicia, pudiese hacer. Aún con todo, aquel jurado la había condenado. Su historia no tenía ni pies ni cabeza, ella era consciente. Su abogado le había aconsejado que contase que no se acordaba de nada, que se había encontrado con aquello y que estaba preocupada por su hijo, pero ella, en el último momento no pudo mentir. El jurado interpretó que se estaba riendo de ellos y la acusación, a la que la familia de su esposo se había adherido, desmontó la credibilidad del forense alegando diversas intervenciones en programas, de dudoso prestigio, sobre sucesos paranormales.

 Los periódicos habían dicho que la conocida actriz Alicia Alonso había asesinado a su marido destrozándole el cráneo y el rostro hasta dejarlo irreconocible. Se especulaba que celosa de una compañera de profesión a la que últimamente Francisco parecía prestar más atención. Además, el hijo había desaparecido y se supuso que lo habría matado también y después se habría desecho del cadáver.

 Psicólogos, periodistas, tertulianos, excompañeros de profesión, vecinos, policía… todos especularon, pero ninguna prueba era concluyente más que una primera declaración de Alicia cuando llamó a los servicios de emergencia:

- ¡Lo he matado yo, ha sido mi culpa!

 Mientras comían charlaron de los recuerdos que aquel comedor les traía, pero cuando Roberto se levantó para preparar el café, los pensamientos de Alicia regresaron al último día de juicio. Entre lágrimas les contó a aquellos desconocidos que todo había empezado por culpa de una conversación con una vidente a la que ella acudía con asiduidad. Después de entrar en trance le explicó que, su ahora marido, en otra vida, los había matado, a ella y a su pequeño, pero en la otra vida la relación entre Alicia y su hijo era distinta. Entonces eran hermanos e intentaban sobrevivir a un padre que no los quería, al cual estorbaban y que terminaría deshaciéndose de ellos. También le dijo que su marido todavía estaba aprendiendo ciertas cosas y que no estaba siendo honesto con ella. Aquella conversación la arrastró a una serie de discusiones con su él. Acabó conociendo su doble vida. La vidente tenía razón.

 El día de los hechos, ella había salido a reunirse con su representante, pero en el camino éste la llamó para cancelar la cita, entonces regresó y se encontró a su hijo Samuel golpeando brutalmente el rostro de su padre, que ya no se movía. El niño, cubierto de sangre, miró a su madre. Ella se quedó inmóvil. Samuel habló antes de huir:

- La vidente tenía razón. Me acuerdo de todo.

 Entonces, todavía consternada se acercó al cadáver de su marido y sacó su móvil, “¡Lo he matado yo, ha sido mi culpa!”. Estaba convencida de haber influenciado en su hijo debido a sus creencias esotéricas. De alguna manera, su hijo escuchó lo de la vidente y, más tarde, la vio llorar por las discusiones. Sin darse cuenta había destrozado a su familia y, aunque no había dado muerte a ninguno de los dos, prefería pagar sus culpas.

- Ali, ¿prefieres tomar el café en el porche? Hace un día precioso.

 Allí sentados tomaron el primer café y enseguida decidieron repetir, la cafetera era pequeña así que Roberto se fue a preparar más. Ella decidió que era un buen momento para revisar los papeles que su abogado le había entregado. Además tenía que firmar un par de cosas. Quería hacerlo cuanto antes para recuperar su vida. No sería fácil ahora que no creía en nada, tenía la esperanza de volver a creer en Dios y que éste le ayudase a encontrar a su hijo y perdonarlo, pero sobretodo, perdonarse a ella misma. Pasaba las hojas sin darse cuenta, hasta que se topó con un sobre cerrado a su nombre y una nota pegada en él:

 “Me pidió que no te lo diese hasta que estuvieses a salvo. Tomás”

 Era una carta. A las pocas líneas, Alicia supo que su vida había dado otro vuelco. Sus lágrimas pronto mojaron el papel que la estaba volviendo a trastornar. Entonces Roberto salió con los cafés, pero ya no la encontró. En su lugar, un montón de papeles tirados y un sobre con una carta:

 “Querida Alicia:

 Antes de nada, quiero pedirte perdón. Ha sido mi culpa y durante todos estos años he estado reuniendo las fuerzas y los medios para demostrar tu inocencia. Tardé en comprender las consecuencias de lo que hice y pensé que no te sería de gran ayuda si me cogían y me ingresaban en un centro a mí también. Sé que Roberto habría intentado ayudarme, pero no le iban a dejar, dirían que tú lo tenías influenciado y no sería bueno para mí.

 Recuerdo lo que me dijiste cuando aquel cabrón nos iba a matar, allí escondidos, en aquel mugriento galpón, que jamás me ibas a abandonar, que siempre me querrías y que me ibas a cuidar pasase lo que pasase. He estado por allí y he reunido pruebas para que tú puedas recordar también. Cumpliste tu palabra. Desde muy pequeño comprendí tu amor, casi al mismo tiempo que reconocí a nuestro asesino. Seguía siendo el mismo cabrón mentiroso, pero con otra cara. ¿Acaso no tenía otra vida, otra familia? Era cuestión de tiempo Alicia… Me cuesta llamarte Alicia, así como nunca te he llamado mamá.

 Me gustaría verte de nuevo. He juntado algún dinero y podríamos volver a empezar en otro país, yo al menos he de hacerlo, porque ahora mismo me están buscando desde que aporté las pruebas de vida y entregué el martillo con mis huellas y la sangre de esa maldición que nos ha seguido hasta esta vida.

 Tú decides. Te dejo mi dirección en un papel aparte. Estaré hasta tres días después de que te liberen.

 Me despido con el deseo de que, decidas lo que decidas, seas capaz de perdonarme y ser feliz.

 Eternamente hermanos.

 Luis”

 

 

Publicado la semana 2. 14/01/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter