Semana
19
Caballo de Coia

Inocente. 1ªparte.

Género
Relato
Ranking
3 178 0

 Chantelle llevaba matando gente desde los dieciocho años. Su carrera en el ejército fue meteórica. Pronto alguien se dio cuenta de lo útil que iba a ser su limpieza, su precisión y su lealtad. No tardó en formar parte de un grupo de élite dentro de los servicios secretos, experto en acelerar decadencias democráticas, cambiar títeres y facilitar leyes.

 Hubo un incidente, un compañero hizo explotar el edificio de una embajada antes de tiempo. Ella logró escapar en el último instante, pero resultó malherida. Se despertó en una habitación pegada a unas sábanas con su sangre reseca. Un olor nauseabundo sustituía el ya de por si escaso oxígeno. No era un hospital militar, desde luego. Había sobrevivido y los amigos que todavía conservaba dentro la salvaron. Su superior no tardó en aparecer por allí. La agencia ya no estaba segura de su lealtad tras poner en duda un ataque relámpago en el que, a las claras, iban a morir muchas personas inocentes y no estaba garantizado que el objetivo principal fuese a estar allí. Fue apartada de la misión y se había decidido apartarla definitivamente de la propia existencia.

 Años y muchas muertes más, la separaban de aquellos días. Cambiando de ciudad, de aspecto e identidad y trabajando para aquellos para los que los gobiernos trabajan, había logrado sobrevivir todos aquellos años. Sentada en una cafetería del centro de París, se vió en las noticias internacionales. Con otro nombre. Terrorista. Usaron el disfraz que adoptó en la ya lejana misión de Marruecos para ilustrar la noticia. Era buscada por reclutamiento y adoctrinamiento de mujeres suicidas. La agencia no olvidaba. Cualquier tonto entendía el mensaje. Tarde o temprano dejaría de ser útil y simplemente moriría de muerte natural en algún hotel antes de un juicio por terrorismo. O tal vez, lo haría de forma anónima dentro de una epidemia de ébola en la que ella sería la víctima 0. Se trataba de advertir al resto de agentes.

 El objetivo pasó por la calle en bicicleta. Sus mente se volvió incisiva, todos los demás pensamientos se escondieron entre el tejido de sus neuronas y el cerebro depredador tomó las riendas. Sus propias reglas pasaron a formar parte del mapa mental que usaría para completar la misión. Nunca hacer preguntas, cuanto menos sepas más posibilidades de que los clientes sigan confiando en ti, a su manera. Siempre cobrar por adelantado, evitaba tener que reclamar nada a alguien con menos escrúpulos que ella misma y por último, nunca matar inocentes. No era fácil averiguar si lo eran, pero con dinero y violencia se consigue más información que por Google; hacerlo de esa manera le permitía dormir por las noches

 Había estudiado al milímetro sus movimientos y sobraba el tiempo, aquel infeliz tenía una aficción por la lectura y ese absurdo hábito, lo llevaba a malgastar un montón de horas los jueves. Estaba solo en aquel edificio de lujo ya que, se lo había comprado entero para evitar vecinos molestos. Era muy rico, tanto que, el olor del dinero era su olor corporal. Los gemidos de mujeres engañadas, la rotura de las almas de niñas y niños desamparados como pececillos entre tiburones, el dolor de miles de personas torturadas por una hectárea de cocaína eran sus negocios. Ahora leía en su salón de cien metros cuadrados. El servicio no trabajaba los jueves. La pantalla de un monitor de su despacho se encendió. Se veía a una mujer en tacones con unas largas piernas vestidas con unas medias oscuras limitadas por el borde de una minifalda muy corta. Un abrigo cubría un tembloroso torso, tal vez debajo una blusa fuese lo único que separaba esa trémula piel del forro interior. Morena de ojos verdes, nariz respingona, labios carnosos. Estaba claro que su socio Juan Carlos, conocía sus gustos y la había asesorado bien.

 Fue más fácil entrar de lo que pensaba. El imbécil habló por ella y elaboró un relato en el que una mujer, ingenua, insegura y desesperada llamaba a su puerta para trabajar, de lo que fuese.

 Dentro le esperaba un casting que siempre acababa con ella sangrando por algún agujero o por todos para después ser encarcelada en un prostíbulo o con menos suerte troceada y servida a los peces. Chantelle comprobó que la mirilla de aquella puerta se llenaba de luz y se oscurecía de nuevo ¡aquel tipo era un puto principiante!.

 Cuando el sonido del disparo empezó a difuminarse en el eco del pasado, al otro lado de la puerta se escuchó el sonido del cuerpo de aquel honrado empresario dar contra el suelo. La sangre empezó a filtrarse por debajo de la puerta.

 - Mira por donde, hoy eres tú el que sangra por un agujero.

 Repitió como un mantra sus tres principios, pues en los últimos años, la voz chillona de la conciencia trepaba desde lo más profundo de su mente para apremiarla a cambiar de vida, tal vez dejarse coger, tal vez cometer el último asesinato, el suyo.

 - Chantelle, te estás haciendo mayor

 Su frase quedó flotando en el aire como un globo que se escapa de las manos de un niño, ese instante en el que, el globo todavía puede recuperarse, pero al mismo tiempo su perdida ya es irremediable. Una mujer de unos cincuenta años, con las ropas habituales del servicio casero miraba, con unos ojos abiertos en un marco de una palidez cadavérica, la pistola. El cerebro de Chantelle dudó por un instante, pero la voz chillona apartó a todas las demás voces, las de la eficacia de un tigre, consiguiendo que bajase la pistola.

 - ¡Mierda!

 - ¡Por favor señora no me mate! ¡yo en realidad no he visto nada, traía este paquete para el señor, le envía su mujer! ¡ay por Dios, piense en mis hijos, mis hijitos que van a hacer sin mí!

 - ¿Cómo se llama?

 - Alejandra, señora.

 - Alejandra, será mejor que se calme. Aquí ha surgido un dilema ético y hasta que lo resuelva ni usted ni yo vamos a poder irnos. No con vida.

Continuará...

Publicado la semana 19. 13/05/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter