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18
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Relato
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 Se sentía realmente bien, cómodo, sosegado, en paz, no recordaba haberse sentido nunca así como tampoco recordaba cómo había llegado hasta ese lugar. Las cosas a su alrededor eran muy brillantes, los sonidos casi podían palparse. Pensó que lo habían drogado. Buscó su cartera y no la encontró. Seguramente se la habían robado. Un café recién hecho humeaba frente a él. Era un café perfecto, a su gusto. De repente se dio cuenta que las cosas no se sirven solas y recorrió con la mirada lo que, a todas luces, era un bar. Encontró al camarero y le hizo señas para que se acercase.

- ¿Algún problema caballero?

- No, bueno sí, pero no con usted. Creo que me han drogado y me han robado la cartera por lo que me parece que no voy a poder pagarle. Tengo que ir a la policía.

- Por el café no se preocupe. Invita aquel caballero al fondo de la barra. Dice que lo conoce, tal vez él pueda ayudarlo

 Una columna se entrometía entre su mesa y la zona indicada por el camarero así que tuvo que levantarse. Al hacerlo se sintió liviano, mucho. Por un momento volar le pareció posible. No sabía de qué droga se trataba pero pensó en empezar a comprarla. No se acordaba de nada, no tenía prisa, no tenía estrés.

 El ajetreo hizo que otras personas se percatasen de su presencia y como si antes no hubiese existido, un murmullo despertó y fue llenando cada rincón del lugar, de tal manera que, cuando el camarero volvió a hablar, no lo escuchó con claridad

- Perdone ¿qué?

- ¿Quiere que avise al caballero que le invita?

- Sí, por favor

 Volvió a centrarse en el café. Lo sujetaba a punto de probarlo. Lo había cogido sin pensar, lo iba a engullir como hacía con todo, sin disfrutar, lo tomaría para largarse a por la siguiente cosa que hiciese del mundo un lugar un poco peor. Esta vez quería aprovechar aquel bienestar y disfrutar del presente. Se acordó de su madre, a la que no visitaba desde que la internó en el geriátrico que le prometía la máxima atención por un mínimo precio. Se trataba de un desguace, lo había visto otras veces, muchos de sus clientes los usaban con sus padres. Un estorbo menos.

 Sintió una soledad inmensa, imposible de parar. Había entrado en su cuerpo desde el centro del pecho y atenazaba su estómago. Entró como una bala que hubiese explotado al tocar hueso. De pronto el café estaba demasiado caliente, la taza pesaba y el lugar ya no parecía tan agradable.

- ¿Todo bien?

 Dejó el café sobre la mesa, muy despacio, tratando de ubicar aquel rostro entre los miles que había conocido en su larga carrera. Le resultaba familiar, tal vez un cliente, esperaba que lo fuese y no una víctima de alguno de sus defendidos. Salvaba de la cárcel, de indemnizaciones y del desprestigio a cientos de empresas corruptas, pervertidos con dinero y algún que otro que sabía dónde se metía cuando abandonaba su trabajo para dedicarse a la política. Se puso tenso y por un momento calculó sus posibilidades de huida.

- ¡Oh, vaya! Tranquilo, tranquilo. Soy amigo aunque tú no te acuerdas de mí.

- Perdone… no caigo, la verdad. Estoy un poco desconcertado con la situación.

- Trátame de tu, por favor. Ya sé que piensas que te han drogado. Me temo que es todo un poco más complejo. ¿Qué tal está el café?

 El sabor del café y el calor del líquido bajando por su garganta lo distrajeron de todas las preguntas que se agolpaban en su boca como ñus a punto de despeñarse. De pronto la mesa, el ambiente y algo parecido a un perfume de suavizante, le hizo recordar una conversación que había tenido con la viuda de un empleado de una empresa que él defendía. Su marido había muerto a causa de la mala planificación y la construcción, a sabiendas de su más que probable colapso, de un puente que se desplomó con aquel hombre y veinte más encima. Él, se sentía orgulloso de haberle dado la vuelta a la acusación, pretendiendo que fuesen las familias de los heridos y fallecidos, los que pagasen las pérdidas que habían ocasionado por culpa de sus propias negligencias. A esa viuda la escuchó mientras le duró el café. Es mi trabajo, le dijo, busque comprensión en un psicólogo. Y se marchó. No recordaba haber pagado su cuenta.

 La lengua empezó a hinchársele. ¿Qué llevaba aquel café? La soledad creció hasta supurarle por los poros. Estaba seguro que se trataba de ello, negro y pegajoso como el alquitrán. Su mente se nubló.

- Curiosa reacción Gregorio. La lengua siempre ha sido tu espada más afilada pero muchas veces te has cortado con ella.  No son cortes normales ¿verdad? Tú te herías el alma cada vez que decías que aquel era tu oficio, que no podías elegir, cada vez que te reías de las reacciones de los que recibían injusticia a cambio de tu trabajo.

 No podía respirar, ¿qué cojones le decía ese? ¿cómo sabía… todo? Trató de buscar ayuda, miró a la mesa de al lado. Un hombre con un mono azul de trabajo lo miraba fijamente, Gregorio extendió una mano en su dirección y entonces aquel hombre empezó a reír y de su boca brotó sangre, tanta, que pronto se formó un charco. Trató de levantarse pero pesaba toneladas. Cayó y sus manos tocaron la sangre.

 Un coro de voces a su alrededor gritaba

- ¡Sus manos manchadas de nuestra sangre!

 Un coro de voces le reprochaba

- ¡Pudiste haber elegido!

 Quiso ponerse de pie pero lo único que consiguió fue resbalar. Sobre el suelo, totalmente bañado en sangre vio a otras personas. El niño de diez años que había muerto porque el cirujano que lo atendió tenía problemas con las drogas, la chica que fue violada y asesinada por el hijo de un directivo de televisión mientras sus amigos lo grababan en una especie de ritual mafioso, el hombre que se suicidó después de perder todos sus ahorros en la compra de una casa que le quitaron, trampas mediante, unos fondos buitre amparados por el ayuntamiento…

- ¡Dios mío!

- A buenas horas Gregorio

 El suelo se abrió bajo su cuerpo. Unos brazos carbonizados trataron de arrástrarlo al abismo recién creado, mientras, las manos de sus víctimas lo sujetaban con fuerza. Aquel parecía ser su final, desmembrado, reducido a trozos como, así lo sentía, había hecho con las vidas de todos los que le rodeaban.

- ¡Mamá!

 Cuando comenzó a notar su piel desgarrarse bajo su ropa de marca acertó a decir

- ¡Perdón!

 De pronto cesaron, los reproches, los sonidos, los olores, los gritos, el dolor. Flotaba. Abrió los ojos y vio, como si tuviese su espalda pegada en el techo, un quirófano y dentro a una mujer afanándose en dar a luz, un hombre sujetando su mano y dos mujeres más esperando la llegada de la criatura.

 Gregorio no entendía porque estaba allí. Enseguida la misma persona que lo había invitado a aquel terrible café, lo sacó de sus dudas.

- Esta es tu condena Gregorio.

- ¿Asistir a un parto?

- ¿Qué tal te sientes?

- Podría decir que en la gloria y muerto, muy muerto. O eso o la droga que…

- Ya te dije que no hay ninguna droga. En efecto, estás muerto y por supuesto que asistir a un parto no es ninguna condena

- ¿Entonces?

 Justo antes de ver la luz Gregorio notó una presión en su cabeza y en su pecho. El frío empezaba a acariciar su cuerpo, la angustia disparaba sus latidos. 

Ya era demasiado tarde. Una mujer lo abrazaba y él no paraba de llorar.

Publicado la semana 18. 06/05/2018
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