Semana
17
Caballo de Coia

¿Norberto?

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Relato
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Una mañana se despertó y su pelo había cambiado. Donde antes había largos mechones negros cayendo por sus hombros, se mostraban ahora, desafiantes a la gravedad, unos firmes rizos que expandían su silueta hacia el cielo. Se extrañó bastante. Su cuñado le comentó que tal vez se debiese a un cambio hormonal o a un aspecto genético, que eso le había pasado a él tres veces y que ahora le había quedado “ondulado”. Su cuñado era más calvo que bajo, sería imposible comprobar si lo que afirmaba era cierto, pero aquella explicación le resultó suficiente para pasar el día.

 A la mañana siguiente se despertó y el color de su barba mostraba reflejos rojizos. Al principió creyó que su percepción le gastaba una broma. A lo mejor llevaba mucho tiempo sin hacer nada y empezaba a mirarse demasiado en el espejo, pero ese mismo día su madre, introdujo sutiles preocupaciones sobre su estado de salud, esos pelillos no eran normales en la barba que, por otra parte, ya debería haber afeitado. A pesar de todo, esa noche volvió a dormir sin excesivos problemas.

 El sol regresó incansable a dispersar la oscuridad de su cuarto. En cuanto despertó se dirigió al baño. No se estiró un buen rato en su cama, no remoloneó después de destaparse por completo. No era normal. Ayer eran cuatro pelos de reflejos rojizos, hoy toda su barba y su pelo eran del color de una zanahoria con aires de tomate y, sumado a todo eso, unas pecas se amontonaban en su nariz como fans en la entrada de un concierto de rock. Se frotó los ojos se, lavó la cara tres veces y cuando asumió que algo no iba bien, por primera vez se sintió enfermo. El sudor frío pronto dio paso a los temblores, el aire era insuficiente y pesaba más de la cuenta, el mundo se volvió borroso.

 Cuando llegó la ambulancia los paramédicos le aseguraron que se trataba de un ataque de pánico. Él les explicó lo que ocurría. Ellos cruzaron una mirada y mientras uno acababa de tranquilizarlo el otro tuvo una conversación con su madre. En el hospital estaban asombrados con la metamorfosis lo cual no aliviaba en absoluto su ansiedad. Les pidió que le diesen algo para mantenerse despierto, no quería sufrir más cambios o al menos no de forma inconsciente. Firmó algunos papeles en los que, en definitiva, aceptaba ser un conejillo de indias a cambio de encontrar una explicación y eventualmente un remedio para lo suyo. Lo iban a dormir y estaría completamente seguro bajo la supervisión de neurólogos, genetistas, internistas y una larga lista de expertos en trocitos pequeños del cuerpo de las personas.

 Durmió entre sollozos y rezando. Fue la última vez que lo hizo como Norberto.

 Un hombre mayor le despertó zarandeándolo por sus hombros, gritándole muy alterado, notaba gotas de saliva impactando por toda su cara. El extraño al verlo despierto, le entregó una espada junto con unos ropajes gruesos y malolientes. De manera automática recogió lo que se le ofrecía y por casualidad se vio reflejado en la hoja de la espada. Miedo. El hombre volvió a poner las manos en sus hombros, acercó su cara a la de Norberto y mirándolo como mira un entrenador de boxeo a su muchacho en el último asalto, le dijo:

-          ¡Igual nos quitan la vida hoy, pero la libertad va a ser que no! ¿Me oyes William?

Publicado la semana 17. 29/04/2018
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Braveheart
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