Semana
15
Caballo de Coia

Rito de paso.

Género
Relato
Ranking
0 30 0

 En plena pubertad yo creía lo que todos, los padres son unos pesados paranoicos. Mamá y papá, cada uno a su estilo, resultaban reiterativos, cargantes, de alguna manera, estúpidos. En lo más alto de la certeza, cuando la arrogancia había dejado su asiento a la soberbia, entraron en mi habitación y sentándose a ambos lados de mi persona, me hicieron saber que había llegado el momento de la charla. Me contarían lo que todo adolescente debería conocer si quería sobrevivir a tan convulsa etapa.

 Sonreían e intercambiaban miradas, pero ninguno se atrevía a dar el paso. En un primer momento pensé que me iban a dar un discurso sobre sexo. No fue así. Me empezaron diciendo que no tenía de que preocuparme porque todavía no estaba en la edad donde esto suele suceder, en el pico que señalan las estadísticas, me faltaban un par de años, pero observando lo que había a mi alrededor pensaban que no estaba de más advertírmelo. Cuando acabaron de explicármelo, me quedé unos segundos con la boca entreabierta, decidido a contestar pero sin saber lo que ¿Se habrían vuelto locos mis padres? ¿Demasiado twitter o era culpa de Telecinco? Me eché a reír, ¡Qué iba a hacer! “Vale lo pillo, ordeno mi habitación y punto, no hacía falta tanta historieta que ya soy mayorcito” les dije. Suspiro de mi madre, gruñido de mi padre. Ya era suficiente. Con esa ira que parece venir de ninguna parte y de todas a la vez, les exigí que abandonasen mi habitación si de verdad querían que ordenase aquella cochambre.

 Portazo, bufido y me tocaba asumir la realidad, no sabía por dónde empezar. Entonces, el montón de ropa sucia, muy sucia y residuos nucleares, se agitó. Al principio me pareció que la tensión previa había jugado una mala pasada a mis miopes ojos, pero un segundo temblor, desmintió la parte que, hasta el momento, aseguraba que los cuentos y las leyendas solamente existen en la memoria y en el papel , nunca, nunca, en mi habitación.

 De todos es sabido que existen muchos visitantes que pueden acceder a nuestro dormitorio mientras somos pequeños: el hombre del saco, el ratoncito Pérez, el coco, a lo mejor un vampiro, el monstruo del armario o, en su defecto, el de debajo de la cama, los servicios sociales, un padre alcohólico, por ejemplo, y, se supone, es casi un contrato, que estos perderán presencia a medida que nos acercamos a la edad adulta, pero no es así en todos los casos. Existe un ser del que ni siquiera marines combatientes contra fuerzas alienígenas que han colonizado el subsuelo, se atreven a mencionar. No diré aquí su verdadero nombre, lo llamaremos como mis padres lo nombraron. El Ser Infecto. La mayoría de los padres lo evitan realizando las tareas que sus hijos e hijas adolescentes no quieren hacer, que es casi todo lo que no tenga que ver con sus amigos y. eventualmente con el sexo, la bebida etc.  En cambio, los hay que, ya hartos deciden probar a sus vástagos y que del encuentro con ese bicho, si sobreviven, resurja un hombre o una mujer de provecho. 

  Mis padres me habían explicado que, el Ser Infecto, varía de tamaño siendo directamente proporcional a las medidas de la pila de inmundicia de la que brote. La montaña volvió a vibrar y un calcetín rodó ladera abajo, entonces algo salió directo hacia mí. ¡Me quedé paralizado! Vaya porquería de reacción sobre todo cuando Pinki se subió a mis zapatillas de Spiderman y se cagó encima. La mierda del ratón de mi hermana. Contuve las ganas de brindarle un viaje en el espacio-tiempo al ratoncito cuando, una garra, surgió del montón y atrapó la cola de Pinki. Entonces me quedé más paralizado que antes, pero un grito que surgió de lo más profundo del agujero donde lo terrorífico acecha a los cobardes como yo, marcó la diferencia. Algo masticaba a la ex mascota de mi hermana y parecía disfrutar. Justo cuando la sangre empezó a salir del montón de ropa, de aquel monumento a la pereza, entró mi padre armado con una fregona y un ambientador y mi madre con una escoba y un desengrasante.

 

-¡Pregúntale su nombre, hijo!-dijo mi padre

 

 Lo miré a punto de perder la cordura y, como siempre que el viejo hablaba, miré para mi madre para confirmar si era uno de esos momentos en los que mejor darle la razón y seguir con tus planes. Ella asintió y yo accedí dudando sobre si de verdad era imprescindible intimar con el bicho.

 

- ¡¿Cómo te llamas?!

 

- ¡Así noooo, usa la fórmula!-dijo mi madre

 

 Se trataba de una suerte de sortilegio por el que al saber el nombre podría controlarlo sin mayores consecuencias.

 

- Te la acabamos de decir ¿de verdad hace falta que te repitamos siempre las mismas cosas? ¿No estás cansado?

 No era el momento para una regañina, sin duda y menos justo antes de que asomase, por fin, el rostro del Ser Infecto. El tiempo se ralentizó. Una fregona apestando a lejía pasó rozando mi oreja izquierda casi al mismo tiempo, mi madre saltó desde mi derecha con la escoba en alto dispuesta a asestar el golpe definitivo, una película de “flis flis” desinfectante me cubrió como un manto de niebla.

 Tan rápido como había aparecido se esfumó y la ropa se esparció por toda la habitación como si se tratase de una explosión pero en silencio, tuve que quitarle unos calzoncillos a mi padre de un hombro.

 Nos abrazamos, mi padre me enseñó su mano derecha a la que le faltaba el meñique y sonriéndome me dijo que él también se había equivocado con lo del nombre y sus padres no habían sido tan rápidos. Yo siempre había pensado que lo había perdido debido a su oficio de carpintero. Mi madre acarició mis mejillas y con lágrimas en los ojos me pidió que le ayudase a contar lo de Pinki a mi hermana. Después recogimos la habitación en silencio, durante varias horas nadie dijo nada hasta que poco a poco fuimos integrando lo sucedido. Mis padres me habían salvado y yo había aprendido la lección más importante de mi vida.

- Vale. Lo pillo, ordeno mi habitación y punto, no hacía falta tanta historieta que ya soy mayorcito.

 

Publicado la semana 15. 15/04/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter