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14
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 Simón pasaba la cuerda por encima de la rama más fuerte de la higuera. Debía darse prisa pues su hermano estaba a punto de llegar a hacer la visita de rigor. “Sigues vivo, te veo mejor, pero esto es demasiado solitario, acepta mi limosna, la residencia está muy bien, a lo mejor prefieres mi casa llena de espacio para ricos, acepta mi limosna”. No era eso lo que decía, pero seguro que lo pensaba, al fin al cabo era su hermano el mayor, el listo, el empresario. Lo quería, mucho, pero le caía mal.

 Se lo imaginaba entrando por el viejo portal, gritando su nombre, dirigiéndose al jardín trasero. Por el camino pondrá cara de asco mientras se limpiará sus manos, aunque no haya tocado nada. Al doblar la esquina de la casa verá aquella preciosa higuera y el asco, se tornará en tristeza, casi seguro. Tal vez cuando vea colgando aquellos cien quilos de carne suspire aliviado.

 Él tenía pruebas, aunque estas habían desaparecido de su caja fuerte. La última fue un minúsculo zapatito, más bien un zueco, hecho de corteza de pino, pero antes, había aparecido aquel mondadientes que visto bajo la lupa de más aumento que había encontrado, semejaba, más bien un bastón lleno de signos. Todo esto tuvo un comienzo, jamás se hubiese parado a mirar más de cerca aquel palito, ni un trozo de corteza, si nunca hubiese escuchado aquella canción. Trató de recordarla y lo consiguió. No era muy compleja y la entonaba todas las mañanas con la intención de parecer inofensivo y, de esa forma, conseguir que aquellos seres confiasen en él. Nunca se mostraron, pero le quedó muy claro que eran inteligentes y creativos, muy creativos, sobre todo con las trampas. Simón recordaba, ahora sentado en la rama más gruesa del árbol, aquel día que se pasó hasta bien entrada la noche quitándose unos pinchos de los ojos después de intentar cortar esa misma rama en un intento de hacerlos salir. No se esperaba que un cesto de mimbre lleno de cactus impactase contra su cara.

 Por supuesto nadie le creía. Lo quisieron internar, pero su hermano movió unos hilos y consiguió hacerse cargo de él. Eso sí que no. No iba a ser una carga para nadie. Había malgastado su vida en estúpidas ensoñaciones y los últimos cinco años los dedicó a buscar a esa gente pequeña que probablemente no existía.  Ahora su imaginación lo traicionaba, su memoria languidecía. Las pequeñas botas y el bastón parecían ahora producto de un sueño, uno muy loco. Tal vez tenían razón y ya estaba senil.

 La cuerda en el cuello le picaba, la rama rascaba sus nalgas, el sol en lo alto ardía con furia, la muerte esperaba. Saltó y en esa breve caída, apenas tres metros, su vida quiso pasársele por delante de los ojos, pero no dio tiempo. En contra de su deseo, sus pies se encontraron con el suelo, sus tobillos de torcieron uno de ellos demasiado, sus rodillas no aguantaron y la parte baja de su espalda recibió la peor parte. Su cabeza no se libró y finalizó su vuelo contra el tronco de la higuera.

- Pero, Simón, ¿qué cojones hacías? Mírate ¿estás bien? ¡Estás sangrando!

 Miró primero a su hermano, no muy seguro de haber sobrevivido, después posó su mirada en la rama en la que segundos antes se había sentado. La cuerda seguía allí. Se llevó las manos al cuello. Su hermano llamaba a una ambulancia.

- ¿Puedes mover las piernas?

 Simón se echó a reír. La cuerda había sido cortada. En el fondo, aquellos pequeños cabrones, le querían.

 

Publicado la semana 14. 08/04/2018
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