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11
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 Matías recogió los dados de la mesa con auténtico respeto a la suerte, a la chiripa, a aquel azar del último momento, de la probabilidad del uno entre cien. El director de la partida, Samuel, movió su cabeza aprobando lo sucedido y comenzó un aplauso lento mientras casi se podía escuchar crecer, crepitante, la rabia dentro de Lidia. Su personaje poseía el suficiente equilibrio entre sus facetas como para resultarle sencillo salir de los atolladeros en los que Samuel los metía. Esa situación la había cogido por sorpresa. La hoja del personaje estrujada en su mano izquierda puso a todos sobre aviso: hoy asistirían a un espectáculo jamás presenciado, Evelyn, el personaje de Lidia, podía perder un combate y, lo que es peor, podría morir y, bueno, no todo el mundo estaba preparado para eso.

 Matías tragó saliva y, como sucede en los momentos críticos, como cuando un camión está a punto de atropellarte, el tiempo transcurrió más despacio. Su mirada se elevó lentamente de los dados para observar el rostro de su compañera de rol, miembro de su equipo, recién traicionada por él. Todo se oscurecía alrededor, uno por uno fueron desapareciendo los demás. Ninguno se jugaba nada, ninguno se atrevía a jugársela con ella.

 Una música épica rodeaba la escena. Samuel gozaba como un niño comiendo golosinas a punto de la intoxicación, un punto más de volumen y las propias voces desaparecieron en la frondosa selva de sonidos. Samuel se convirtió en el éter, la quinta esencia de aquella mesa redonda, llena de vasos, trozos de pizza, papeles, dados y figuritas pintadas a mano. Su voz nació de todos los rincones de aquella su creación.

- ¡Tiiraaaa de uunaaa veeezz, copóóón!

 Los allí presentes siempre jurarán haber oído el sonido que provocaron los dados al rodar por la mano de Matías, el silbido mientras viajaban por el aire, el estruendo cuando impactaron sobre la tabla de la mesa haciendo que todos los pulmones, dejasen su tarea unos segundos. Lidia pasó por varias gamas de colores, su cara sufrió extraños espasmos y cuando todos se apartaron de la mesa y a más de uno se le empezaba a hacer tarde, sucedió lo inesperado.

-Te quiero

 Todos miraron a Matías. Lidia un poco más allá, como quien ve acercase una ola gigante, así se sentía, a punto de que un tsunami emocional la atrapase y la llevase como una marioneta por todas partes.

- No puede ser... lo siento.

- ¿Porqué?

- Soy una mujer lobo.

 Matías puso una cara perfectamente incontrolable e hizo un inciso.

-Yo te estoy hablando de la vida real Lidia.

-Yo también, Matías. Yo también.

 

 

Publicado la semana 11. 18/03/2018
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