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Nadie cree en ellos, pero todos nos hemos cruzado con alguno. Dios nos libre. Éste era de libro.

Yo lo conocí dos años antes de los hechos que voy a relatar, cuando aún estábamos en la Escuela de Náutica, en el 87, cuando aún había muy pocos cajeros automáticos. Durante nuestra travesía, me enteré por él mismo que de aquellas ya le había atracado a punta de pistola 3 veces en el cajero. Dejó, me dijo, de visitar los dichosos cajeros (como si la culpa fuera de ellos).

Coincidimos luego en el puerto de Cádiz, esperando que atracase el mercante en el que ámbos íbamos a embarcar, y comentando los distintos barcos en los que  ya habíamos navegado, él me dijo que en su anterior embarque el ambiente se había enrrarecido, ya que parte de la tripulación comenzó a tildarlo de gafe, por lo que se desembarcó de urgencia en Alicante, antes de que la cosa fuera a mayores. Honestamente, no le di mayor importancia al comentario. Ojalá lo hubiera hecho.

Zarpamos al día siguiente con rumbo directo a Colón, en Panamá, para cruzar por el Canal que pocos días antes había invadido el ejército estadounidense.  La travesía fué tranquila, sin nada que nos hiciera pensar que él era una de esas personas que atraen la mala suerte para ellos mismos, y para los que con ellos se relacionan.

Fue ya en el Pacífico, donde sus problemas, y por ende, también los nuestros comenzaron.

Antiguamente, los navegantes se ponían un zarcillo al cruzar alguno de los 3  grandes cabos australes, Hornos en América del Sur, Buena Esperanza en África y Leeuwin en Australia. Nuestro hombriño no pudo esperar tanto y se puso el primero al cruzar el Ecuador. Tan contento estaba con su arito que no paraba de tocárselo , lo que le provocó una infección en el lóbulo de la oreja que al no atajar a tiempo se le propagó por la mitad izquierda de la cara, abarcando el ojo y hasta la mandíbula, dándole un aspecto grotesco y un enorme dolor, hasta que a base de antibióticos le comenzó remitir la infección.

En la cámara de oficiales, donde habitualmente después de cenar, los que no estaban de guardía miraban una película, en ocasiones, no muy habitualmente, se jugaban unas partidillas de póker, poco dinero, por cambiar la rutina, ya que en un barco navegando los días son muy similares unos a otros, muy monótonos, a no ser que entre mal tiempo, o se dé alguna avería. Como ya imaginaréis, nuestro hombre perdía en estas partidas, con lo que al día siguiente, y con intención de recuperar lo perdido, insistía hasta casi obligarnos a volver a jugar, llegando al  punto de que la rutina ya no era mirar una película, sino jugar al póker y que él perdiera ( unos días ganaban  unos, otros días ganaban otros, pero invariablemente él perdía a diario).

A él le interesaba la cerámica, y en cada puerto que tocábamos, compraba algunas piezas, sencillas, sin gran valor económico, pero que una vez en Europa resultarían curiosas por extrañas. Pues bien, en unos enormes y violentísimos balances que el barco dió debido a las condiciones de la mar, y a los que más adelante me referiré, nuestro personaje vió destruida su curiosa colección de cerámica.

Ya en el viaje de regreso ( habíamos bajado hasta Valparaíso en Chile), algún extraño insecto se le metió en la cama, y le picó infinitamente, volviéndole a causar una infección, esta vez por todo el cuerpo, inflándose éste de tal modo y magnitud, que sus compañeros, asustados, nos vimos en la necesidad de contactar por onda corta con el servicio radiomédico ( nunca se agradecerá bastante a estos ángeles la cantidad de vidas que han salvado de los trabajadores de la mar), desde el cual nos asesoraron con acierto para resolver tan dramática situación.

Y fué también en el viaje de regreso donde comenzaron los problemas técnicos a bordo, que obviamente ya nos afectaron a todos. Primero fue el radar grande, después el pequeño. Y aún ahora recuerdo las largas horas que el oficial radiotelegrafista pasó intentando descifrar las instrucciones ( el barco así como sus sistemas era de construcción soviética), consiguiendo finalmente reparar el pequeño. Más adelante fue el piloto automático, y sin posibilidad ninguna de repararlo, tuvimos que cruzar todo el Océano Atlántico gobernando a mano, diecinueve  días con sus respectivas noches. Por último, el entónces llamado "satélite", un  rudimentario sistema previo al actual GPS, que a diferencia de éste que te da la situación del barco continuamente y en tiempo real, aquel daba una situación no muy exacta y en intervalos de tiempo indeterminados, a veces cada dos horas o a veces cada 12, pero servía para situarse en la carta náutica y seguir nuestra derrota de regreso a Europa. Al fallar éste, nos vimos obligados a navegar  con la ayuda del sextante, calculando mediante la posición del sol o  de las estrellas la situación un par de veces al día.

Y para colmo de males, al abndonar el Mar Caribe y adentrarnos en el Atlántico, estando un tiempo soleado y muy agradable,comenzó a entrarnos una mar de fondo de costado, no muy grande, de unos tres metros, y muy tendida. Al sincronizarse las olas con el balance del barco nos provocaba unas escoras (inclinaciones laterales) tremendas, de hasta 45 grados. Yo mismo lo constaté en el inclinómetro de a bordo. Con la peculiaridad de que debido a la enorme carga de cobre que habíamos embarcado en la parte mas baja de las bodegas (tenían tres alturas), el barco tenía el centro de gravedad tan bajo que esto provocaba que al inclinarse hacia un costado salía disparado de manera violentísima hacia la otra banda, volando en el interior todo tipo de artilugios, desde libros, bandejas, platos, jarras, sillas, la cafetera, y la ya conocida colección de cerámica de nuestro protagonista. Y provocando también a su vez, que en la parte alta de las bodegas, donde en Guayaquil (Ecuador) habíamos cargado maquinaria pesada, se soltaran de sus trincas (sujeciones) dos apisonadoras de mas de 40 toneladas de peso. Comenzando a golpear al resto de la carga y desplazándose a lo ancho por toda la bodega con los balances del barco, dando lugar a una situación de enorme peligro que sólo se pudo resolver cuando el primer oficial imponiendo su criterio al de "el no tan sensato capitán" que pretendía continuar con el mismo rumbo; y variandolo evitamos la sincronización de los balances del barco con las olas, reduciendo considerablemente el movimiento del mismo, pudiendo entonces acceder a la bodega algunos tripulantes que volvieron a trincar adecuadamente las apisonadoras.

Sólo añadir que arribamos finalmente sanos y salvos al puerto de Valencia, donde sin dudarlo ni un minuto desembarqué y separé mi camino de el de tamaño cenizo.

 

Postdata.- Cualquier similitud con la realidad es porque la realidad, a menudo, supera a cualquier ficción.

Publicado la semana 1. 07/01/2018
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El estruendo de la mar reventando contar el barco , La vida misma
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