Semana
05
Asun García

Los Invitados

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          El funeral acontece como cualquier otro. Los familiares más cercanos están tristes y apesadumbrados ante lo inesperado.

         Aún tiemblo, pensando en lo poco que ha faltado. Podría ocupar yo ese lecho. Pero no. Aquí estoy, aún respirando y caminando entre los vivos.

Aunque no dejo de pellizcarme, por si acaso.

     Solíamos comer, todos los domingos, en su casa. Insistían. Insistían con mucho empeño en que les visitásemos.

      Parecían gente buena, empeñadas en el servicio a los demás.

     Sonreían. Todo el tiempo sonreían. La madre y la hija. Siempre vestidas de negro, como dos cuervos. Estaban solas, en ese piso tan grande y tan antiguo.

      No nos parecía mal ir todos los domingos a su casa, a visitarlas, a llevarles noticias del mundo exterior, del que parecían muy ajenas.

Tan siquiera me dejaban poner un pie en la cocina. ¡Mejor!. Era sórdida.

No teníamos tema de conversación, ni intereses comunes.

-Come, come…

-Gracias. Está muy bueno, pero no puedo más

-Come…

        Cada lunes me levantaba con el vientre inflado. Estaba segura de que era algo que comía en esa maldita casa. Aunque era yo, solamente yo, la enferma.

Me miraban con mucho interés mientras comía, lo cual me incomodaba.

-Querida, habrás cogido un virus… Cuídate!- me decían cuando llamaba para preguntarles por su estado de salud. – ¡Qué salud más débil que tienes! ¡Vitaminas! ¡Te hacen falta vitaminas!

Y mi acompañante estaba bien. ¡Qué raro era todo!

         Leo, el gato, se convirtió en mi amigo. Ronroneaba a mi alrededor, sin tan siquiera hacerle caso. Quería decirme algo.

Así es que un día decidí entrar a la cocina mientras servían los platos. Una expresión de sorpresa y sofoco se adueñó de ellas. Una tapó a la otra, mientras guardaba un extraño recipiente en la alacena.

-Ya que estoy aquí, sacaré yo los platos.

-No mujer.

-¡Sí! – dije tan alto que no se atrevieron a decirme que no.- ¿Para quién es este?

-Para mí, dijo la madre.

Coloqué ese plato a mi marido

-¿Y este?

-Para mí- dijo la hija.

Coloqué ese plato en mi lado.

-Este para ti- me dijeron. Ambas se miraron, después. Una mirada rápida, significativa.

-Vengo a por el último plato. ¡Vamos! Se nos va a enfriar la comida.

        Empezamos a comer. Me lo comí todo. Incluso le di un poquito a Leo. No sabía a quien le había puesto el plato que me había sido destinado. No sabía cual de las dos sufriría el cruel destino.

Esperamos. Les incité a comérselo todo. Casi les obligué a comer. Mi ira crecía y crecía. Me convertí en un demonio.

Enseguida Antonia se puso roja. Después vomitó. Fue todo muy desagradable.

Se podía haber salvado. Seguro que se podía haber salvado. Y su madre… su madre rezando.

Hasta que no la vi inerte, en el suelo, no  llamé a la ambulancia. 

Ignoro sus motivos. Ahora la guardia civil espera. Se la llevarán después del pésame. Quizás a ellos pueda decirles qué les había hecho.

 

 

 

 

 

Publicado la semana 5. 29/01/2018
Etiquetas
I Will survive , Edgar Allan Poe , casa
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