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Asun García

Paso a Paso

Habíamos caminado bajo la lluvia los últimos cuatro kilómetros, ¡más de dos horas! No se acababa nunca. El horizonte siempre era el mismo. Parecía que no avanzábamos. Un paso tras otro, y el replicar de los bastones en el asfalto, acompañando a la tormenta. El cielo se había convertido en un amasijo de nubes negras, iluminadas de vez en cuando por el destello de un fulgurante rayo.

Como suele pasar, cuando de verdad se necesita, no encontramos ni un humilde tejadillo para resguardarnos del agua y del viento. No podíamos parar. Era tan necesario como obligado caminar; caminar para avanzar.

No es necesario decir cómo, ¡en qué estado!, llegamos al albergue. No podíamos dar ni un paso más. El posadero nos recibió con los brazos abiertos, azuzando a los tarugos de una llameante hoguera que prendía con fuerza en la chimenea.

Allí mismo dejamos las botas, en el llar; los calcetines se secarían encima del radiador, en la habitación. Nos dio una vergüenza horrible enseñar las marcas y heridas de los pobres e inflamados pies.

Después de una reconfortante ducha el cuerpo solía rebelarse, como si una horda de insectos mordiesen incansablemente todo el cuerpo. Sin la crema antinflamatoria nadie podría continuar con el camino. Todos los peregrinos olemos siempre a ella, sin excepción.

El aroma del caldo gallego, cocinándose, llegaba al cuarto. No nos hubiésemos movido de allí, de la cómoda cama, si no hubiese sido así, sin esa especial motivación.

Todos estaban ya sentados frente a humeantes platos.

Llegué con dificultad, caminando despacio, como un astronauta en el espacio. No sabía si al día siguiente sería capaz de levantarme y coger camino.

Veríamos.

-¡Claro que quiero caldo gallego!- exclamé al posadero- Y una buena copa de vino tinto también.

Una vez probado el vino, fuerte y seco, las hogazas de pan cocido en un tradicional horno de leña, y el maravilloso caldo, pedí silenciosamente disculpas al Apóstol. Quizás él no nos había enviado la lluvia, quizás él nos había protegido durante todo el camino, y gracias a su intercesión habíamos llegado sanos y salvos a este maravilloso lugar.

Y es que el buen yantar consigue calmar hasta al espíritu más rebelde.

El segundo plato nos supo a todos a gloria bendita. Y qué decir de los chupitos de aguardiente, elaborado artesanalmente con productos locales, que tomamos mientras conversábamos alrededor del fuego.

La lluvia había por fin cesado en su empeño. Los cielos amanecieron limpios, sin tan siquiera una diáfana nube tachonando el cielo. El sol brillaría de nuevo como solamente lo hace en estas tierras, exageradamente; sería necesario cubrirse la cabeza para no coger una insolación.

¡Quién sabe lo que nos espera!

Cada paso se convierte en una prueba. A veces las cuestas son demasiado empinadas, o empedradas. A menudo el camino obliga a detenerse; a contemplar el paisaje; a descubrir la belleza que nos rodea; a descansar.  

Volveremos con gusto a recorrer estos caminos, así como todos los demás senderos que nos han de llevar, por fuerza, a tan imponente destino, en el que derramaremos, a sus puertas, sinceras lágrimas, agradeciendo haber llegado, haberlo conseguido.

 

 

 

 

 

Publicado la semana 48. 26/11/2018
Etiquetas
Enya. Only time , Camino de Santiago , Si necesitas constinuar, o parar. , Experiencias
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