Semana
44
Asun García

Una Lejana Noche de Ánimas

Género
Relato
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Esta es la noche de nuestros seres queridos, de los que ya se marcharon, de los que ya nos miran desde el cielo.

Una vez al año, las puertas del cielo, e imagino que también las del purgatorio y las del infierno, se abren, dejándoles libres para visitar la tierra de nuevo.

A la hora bruja se abren todas las cancelas que separan los mundos y las dimensiones, y es entonces cuando las almas acuden solícitas a sus antiguas casas, a visitar a los que allí moran. Disponen de una larga noche y un espléndido día para disfrutar de aquello y de aquellos que ya perdieron.

Iluminemos pues sus caminos, ¡démosles luz!, quitemos el polvo a los hermosos candelabros de forjado hierro y encendamos en ellos enormes velones rojos; pongamos múltiples candiles en todas las alcobas, pasillos y escaleras. ¡Que los cirios iluminen los techos!. Y ¡acostémonos pronto!, dejémosles las casas, y las cosas que contienen, para ellos solos. Que encuentren los hogares plenos de diáfanas luces procedentes de la multitud de velas, acompañadas de oscuras sombras proyectadas, reptantes, espectrales, trepando todas ellas por paredes y techos; oigamos desde el calor de las mantas el chirriar de viejas puertas; incluso pasos subiendo las empinadas escaleras, y no nos olvidemos de los típicos susurros que parecen rezos de viejas.

Si realmente descienden, deben marcharse muy contentos al darse cuenta que no han sido olvidados, sino que su recuerdo sigue vivo y sus fotos, enmarcadas.

Les imagino a nuestro lado, escuchando misa; acompañándonos cuando les visitamos y llevamos crisantemos al camposanto.

Es imposible no tener un poco de miedo.

En una ocasión, las puertas de madera de mi cuarto se abrieron de par en par, dirigidas por una extraña fuerza, mostrando a una horrible presencia iluminada tenuemente por la tímida luz de las velas.

De blanco y pálido semblante, ojos y labios negros, el fantasma se difuminó después de un largo y atemorizante momento. Paseó por mi estancia, acercándose peligrosamente a mi cama. Se marchó cuando yo, al verme amenazada, grité desesperada.

Desperté a todos los habitantes de la morada, quienes acudieron solícitos a mi llamada.  Y solo entonces me di cuenta de que no había cubierto el espejo, algo básico que había olvidado por completo.

¿Quién era? No lo sé. No reconocí al oscuro espectro como a un familiar muerto

                          << ¿Por qué has salido de entre las sombras?

                              ¿Por qué me has rodeado con una blanca niebla?

                                     ¿Quién eres? ¿Qué quieres? >>

Con la primera luz del alba salí de camino al cementerio. Una vez más tuve que vestirme de negro, aunque me desagrada, pues me alarga la cara y resalta el cansancio de mi mirada. ¿No me confundirían con un desagradable espectro?

Les visité a todos.

Mientras les contaba, tumba a tumba, experiencias personales de mi interacción con el mundo, iba revisando las fotos de las lápidas, luciendo el protector rosario entre mis manos.

No tuve suerte alguna. No la encontré. Nunca sabré quien era.

Después de una larga y reflexiva mañana, acudí al hogar en el que se preparaba una comida familiar. Todos me esperaban, expectantes, para debatir quién era el fantasma y qué necesitaba.

Nadie supo quien era ni lo que demandaba.

Llegó la noche.

Al subir las empinadas escaleras de antiguas y oscuras baldosas rojas tenía mucho frío y bastante más miedo. Descubrí que mi alcoba se había convertido en una glacial nevera.

A las doce en punto retiré el pañuelo negro que cubría el espejo. A través de él debió irse el atemorizante frío y con él, el dichoso miedo. Es curioso, pues entonces, con el replicar de las campanas me invadió el sueño.

No he vuelto a verla, no sé quién era, ni lo que pretendía.

Pero desde entonces no tengo miedo.

 

 

Publicado la semana 44. 29/10/2018
Etiquetas
La danza macabra o de la muerte , Tradiciones españolas , Siempre
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