Semana
42
Asun García

Reeducación.

Género
Relato
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Ya no recordaba por qué estaba encerrado en ese horrible cubículo gris, enfebrecido e incomunicado. ¿Tanto tiempo había pasado?

Mi vida se reducía a comer tres veces al día, a ingerir pastillas, y a dormir. La única interacción con el mundo exterior la realizaba a través de un enfermero, flaco, cetrino y anodino, que traía, recogía, y colocaba las bandejas mecánicamente en una aséptica mesa gris con ruedas. No interactuaba. Creo que ni me miraba.

Entre sueños oía una voz, femenina. Sus palabras se iban grabando en mi mente. Me la imaginaba robótica, sí, una mujer con la cara de plástico, abriendo y cerrando la boca, como un muñeco. Me instaba a ingerir las pastillas, a curar mi cuerpo y a calmar mi mente, para poder pasar a la segunda fase del tratamiento. Ya estás cerca, decía. Pero el día nunca llegaba.

Una noche tuve una pesadilla, de la que no recuerdo absolutamente nada, pero de la que desperté gritando y empapado en sudor. Salté del camastro y me agarré fuertemente a los barrotes de la pequeña ventana que daba al exterior, y grité; grité desesperadamente durante un buen rato. Después me quedé allí, idiotizado, mirando a la luna llena. Cuando esta se retiró, un pajarillo acudió a la estrecha ventana, piando. Mi mente se abrió al escuchar su dulce canto cuyas notas traspasaban el grueso cristal que impedía que pudiese tocarlo o que pudiese sacar mi mano. No tomaría nunca más las dichosas pastillas. Me escaparía.

Poco a poco mi mente se fue despejando para ir recordando retazos de una historia extraña. Recordaba una casa, enorme, en la que vivía con mi familia. También recordaba a unos niños, quizás mis hijos, y a una mujer a la que no conseguía poner rostro.

Al tiempo recordé a mis hermanas y, con ellas, fracciones de una interesante y esclarecedora conversación. Decidimos realizarnos un análisis genético. Era la última moda. Sería divertido descubrir algo fuera de lo común, un origen lejano y exótico, una abuela díscola, un superpoder. La base de datos decidió que éramos de lo más normal. No había nada extraño en nuestros genes, ningún secreto, nada que nos dijese que éramos seres especiales con superpoderes, sino la confirmación de ser unos seres tan anodinos y poco extraordinarios como todos los demás.

Una vez recogidos y comentados los datos, aceptamos que se publicasen en una famosa base de datos. Los genes se compararían eternamente con los datos de los miembros recién registrados en la página Web, estando estos al alcance de cualquiera, mientras nosotros olvidábamos la experiencia y seguíamos con nuestras vidas.

Pasaron muchos años. Nadie se acordaba ya de aquella aventura. Hasta que un día la policía llamó a la puerta.

Se llevaron a la mujer, a mi mujer, de la que aún no he podido recordar su aspecto. Sé que olía a flores frescas.

Después fuimos trasladados a un edificio federal, sin entender lo que estaba pasando. Decían que debían prevenir un mal, que la sociedad debía ser protegida de nuestros impulsos, pues poseíamos un gen que no tardaría en convertirnos en malvados y crueles asesinos.

Nunca hice daño ni a una mosca. ¡Qué poco les importa eso! Nos juzgaron y condenaron antes de cometer crimen alguno. Me pregunto adonde habían ido a parar los derechos individuales y la presunción de inocencia.

¿Mis hijos? Sí. Tengo hijos. Ya los recuerdo. Una doctora me dejó despedirme de ellos, como un favor especial, antes de enviarles a un programa de reeducación ambiental. ¡Cualquiera sabe lo que significa eso! 

Sus palabras suenan ahora en mi mente, una y otra vez.

-Quizás podamos curarles. Entienda que lo hacemos por el bien común. No procrearán, serán esterilizados. Si conseguimos reeducarles y modificar el gen, vivirán. Si durante o después del curso de reeducación muestran ira o un comportamiento inadecuado serán sacrificados. Insisto, es por el bien común. Si lo conseguimos, serán reinsertados en la sociedad bajo vigilancia.

A mí me debieron considerar caso perdido. Desconozco los planes que tenían para mí. Nunca me los presentaron.

El enfermero me ha sustituido. Ocupa mi camastro, después de recibir un fuerte golpe en la cabeza. Cada día le visito tres veces, le llevo la comida y la medicación mientras esperamos que le lleven a la famosa segunda fase.

Nadie me ha reconocido. La gente ya no interactúa. No se miran a la cara. No hablan.

Viviré su rutinaria vida hasta que descubra dónde está mi familia, hasta que pueda reunirme con ellos, hasta que pueda escapar del todo.

Publicado la semana 42. 15/10/2018
Etiquetas
Free as a bird, John Lenon , Nuevo Orden Mundial , Siempre
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