Semana
41
Asun García

1983. En las Casas de Los Ladrillos Rojos.

Género
Relato
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Érase una vez un horrendo lugar en el que dos hermanas muy poco agraciadas vivían junto a sus padres, en un barrio que se había construido hacía muy poco.

Consistía, nada más y nada menos, que en cinco calles de adobe rojo, vergüenza perpetua de los habitantes del pueblo, arrepentidos ahora de haber dejado que construyeran unos edificios tan hoscos.

Las cien viviendas serían para acoger a los habitantes de las pequeñas aldeas cercanas, quienes dejaban sus casas y marchaban cargados de enseres a buscar fortuna en otro lugar, pues la tierra ya no les daba apenas nada.

La hermana mayor, Teodora, tenía novio. Los dos trabajaban duro en la fábrica de pantalones recién inaugurada de una conocida marca americana. Ahorraban lo que podían para pagar la entrada del piso que habían ojeado, también en las cien viviendas, cerca de los padres de ambos.

Se casarían pronto, seguramente en un año tendrían el dinero suficiente para pagar la ya mencionada entrada, la boda y el viaje de novios. Él tenía muy claro que en cuanto se casasen ella dejaría de trabajar, y él, por supuesto, haría horas extras, ¡las que hiciesen falta!

Paquita, la pequeña, no encontraba novio. Era una tortura para ella ver a su hermana tan feliz. ¿Por qué ella no? Su vida giraba en torno a esta circunstancia, como si no hubiese otra cosa más importante que estar con alguien, amar y ser amada.

Todos los chicos salían corriendo en cuanto se acercaba, después de reírse de ella. Hasta le habían puesto un mote feísimo.

¡Qué crueles!

Ya se veía vistiendo santos.

 No se consideraba tan horrenda. La imagen que le devolvía el espejo le mostraba a una chica normal. A los demás les parecía fea, por no decir feísima, y contrahecha.

De su hermana también se reían, pero ella no se daba ni cuenta. A veces pensaba que le faltaba un aire, de lo inocente que era.

Una noche de inmensa soledad se le ocurrió que quizás su cuñado respondiese a sus íntimos deseos. Lo había pillado mirándole los pechos en varias ocasiones. ¿Por qué no?

Planeó quedarse a solas con él. ¿Cómo lo haría? Enviaría a su hermana a la farmacia porque tendría un dolor de cabeza espantoso. Y así lo hizo. Cuando el novio llegó a visitar a la novia, esta no estaba.

-Puedes esperarla en el salón-le dijo.

Lo que él no entendió, al principio, es por qué su cuñada le abrió la puerta en sujetador y bragas.

No pudo evitar dirigir su mirada al torso semidesnudo, y fijarla en los pezones que se marcaban bajo la fina tela del sujetador.

La imagen se le quedó grabada en la memoria. Las de su novia no tenían ese tamaño tan descomunal. Además, aún no se las había visto. Hasta después de la boda no podría verlas, ni tocarlas por debajo del jersey.

Podía casarse con una y tener a la otra cuando quisiera. Ninguna era demasiado lista, así es que se lanzó a la aventura que le proponía Paquita.

Tontearon. Se acostaron. Repitieron.

Un día Paquita decidió que lo quería en exclusiva. Sería ella la novia, la que se casaría de blanco y la que compraría un piso con su novio.

Haría lo que hiciese falta para ver sus sueños y deseos cumplidos.

En el interrogatorio de la Guardia Civil Paquita dijo que no sabía donde estaba su hermana y que no tenía la culpa de ser mucho más guapa que ella.

Él dijo que si la encontraban en una balsa de agua, de las del regadío, envuelta en una alfombra, que no le echasen las culpas, que él no había sido.

 

 

Publicado la semana 41. 08/10/2018
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Un Requiem , Pueblos , Leer siempre, en cualquier parte, cada día, a cualquier hora
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