Semana
36
Asun García

Una Anónima Tragedia

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Relato
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-Madre, ¿No le parece bien?

-Pues no hijo, no me parece bien.

-A usted debería gustarle. No es más que una chica, como otra cualquiera. ¿Qué más le da con quien me case?

-Hijo, no te conviene. Sus padres no van a querer. Queremos lo mejor para ti, pero una muchacha de su raza no puede, ni debe, emparentarse con nosotros. Cada uno en su sitio. Hazme caso.

-¡Madre, no sea usted racista!

-Tu madre no es racista, solamente te dice la verdad. ¿Por qué no quieres verlo? Te hemos dicho que no. ¡Ya está bien! Ni se te ocurra acercarte a ella. ¿Es que no hay más muchachas en el pueblo? La hija de Eusebio es buena moza y su padre tiene buenas tierras. Es ella sola. Sería todo para ti y tus hijos. Esta otra de la que hablas seguro que está ya pedía. ¡No te metas en líos! Te estoy avisando.

-¡Padre!

-Ni padre ni leches. Mañana mismo te  acercas a Elena en la avenida. Y al año que viene os casáis. ¡Y no se hable más! Vamos a tener la cena en paz.

Mantuve esta conversación con mis padres muchas veces más, sobretodo en mi cabeza, dándole vueltas y contestandóme cosas que no me atrevía a decirles. 

Los días pasaban y no podía quitármela de la cabeza. Iba a la obra con la ilusión de verla, asomada a la ventana. Ella se asomaba a propósito, me sonreía y se escondía. Llevábamos así varios meses cuando decidí darle un mensaje a través de  una de las niñas que entraban y salían de la enorme casa, pues ella no sale nunca, permanece dentro, custodiada.

Al día siguiente de enviarle el mensaje me dijo que sí  con un simple gesto, cuando abrió la ventana.

La reja trasera de uno de los cuartos de la casa da a un callejón sin apenas iluminación,  muy poco transitado. Allí pude declararme, incluso tocar su hermoso, brillante y abundante pelo negro.

Susana. Mi Susana.

Cada dos domingos la visitaba y ella me recibía. Eran los mejores momentos de la semana, de la vida diría, los que pasé junto a ella.

Era a ella a la que quería.

Elena es una niña rica que quisiera convertirnos a todos en sus siervos. Decidí que no me casaría con ella. Decidí  también pedir cita a los padres de Susana y  darles lo que me pidiesen por ella. Trabajaría lo que hiciese falta para que tuviese todo lo mejor. Pensé que  lo entenderían. Creí que me lo permitirían. Y mis padres,… mis padres se tendrían que aguantar.

Por fin llegó el día en el que me recibirían. Los nervios no me habían dejado dormir. Estaba muy excitado.

-Buenas noches. Gracias por recibirme.

-Entra. Te estábamos esperando.

Susana permanecía callada, sentada en una butaca, al lado de una ventana. Ni tan siquiera se dignó a mirarme.

-Así es que quieres a mi hija. ¿Y quién te has creído tú que eres para venir a rondarla?- dijo el padre, levantando un poco la voz.

-Perdonen. Yo la quiero. Yo…

-¿Que la quieres? ¿Habéis oído lo que dice? Que la quiere. Pues esta niña no es para ti. Mírala bien porque no la vas a volver a ver en tu vida. Niña, ¡vete a tu cuarto!

Susana sabía lo que me iba a pasar. Su mirada denotaba una silenciosa súplica a sus padres y el arrepentimiento de los que creen que lo que va a pasar es sólo culpa de ellos. Me sujetarían para ponerme encima de la mesa. Su madre emplearía el cuchillo. Sería rápida e implacable.

No se permitió mirarme. Subió lentamente la escalera, dilatando el tiempo, mientras todos la mirábamos.

Cuando cerró la puerta de su cuarto se abalanzaron sobre mí, inmovilizándome. No entendía lo que estaba pasando. Sentí un gran dolor, insoportable, hasta que la oscuridad me absorbió vertiginosamente.

-Engracia, Antonio,  aquí os dejamos al muchacho. Los huevos que ha puesto en venir a mi casa a deshonrarme los tiene aquí en un tarro. ¡A ver si aprende!

 

 

Publicado la semana 36. 03/09/2018
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Y yo que culpa tengo, de Miguel Poveda , Una tragedía anónima más , Cuando uno crea que lo que le pasa es lo peor , Intolerancia
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