Semana
34
Asun García

Lenguas Viperinas

Género
Relato
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Eloisa tenía ya la friolera de cuarenta años. Había pasado la vida trabajando en el negocio familiar, sin apenas diversiones, siempre con sus padres.

Envidiaba a sus hermanos, a los que se les permitió ir a Australia, a trabajar. Ella era la mayor, y la que les había insuflado las ganas de conocer mundo. Sin embargo se quedó aquí, al frente de la tienda de comestibles que la llenaba de aburrimiento, preparándose para cuidar de sus padres, que ya se hacían mayores.

Tenía una hermana pequeña, a la que dominaban el hastío y la desgana. Esta también quería salir fuera, como ellos, y venir de visita de vez en cuando en Navidad.

No podía permitirlo.

Le llevaba veinte años, era la mayor y simplemente debía imponerse. Algo tendría que hacer para no quedarse sola con ellos y cargar con todo.

Por aquél entonces, su amiga Lola se quedó viuda. Lejos de enlutarse y llorar por el que no había sido un buen marido, como solía pasar, decidió divertirse y disfrutar lo que no había podido disfrutar nunca en su vida. Primero los padres, después el marido. Así es que viendo que ya era libre de todo amo y señor cambió totalmente de vida, canjeando las tediosas tareas del hogar y las telenovelas de sobremesa por la peluquería, las boutiques, el maquillaje y las discotecas de moda, arrastrando a su amiga a la diversión desaforada que reinaba en los años ochenta y de la que ellas siempre habían sido totalmente ajenas.

Cambiaron.

Cambiaron tanto que era un poco difícil reconocerlas, de tan modernas y apañadas que se habían vuelto.

No tardaron mucho en encontrar compañía. Dos solterones ya maduros les entraron a saco un buen día y estas aceptaron el envite a la diversión desaforada que para ellas suponía emperifollarse y salir casi cada noche. ¡Qué risa! ¡Qué bien lo pasaban!

-¡Qué pendones!- exclamaban las vecinas.

-¡Qué poco le ha durado a esta el luto! ¡Parece que esté soltera, en lugar de viuda reciente!

Enseguida contrajeron matrimonio, las dos. Eloisa se vería libre del yugo de sus padres, cada día más chochos, y su hermana se quedaría soltera y entera para hacerse cargo de ellos. Iría donde le dijera su marido, y ella procuraría que la llevase bien lejos. Por lo menos eso intentaba. Era cuestión de tiempo.

Los dos matrimonios se reunían muy a menudo, casi a diario. Ellas cada vez eran más íntimas amigas, porque amigas lo habían sido siempre, y tenían cada vez más ganas de divertirse y de hacer cosas nuevas; mientras que ellos se volvían cada día más sosos, siempre sentados en el sofá, adormilados, mustios, cansados. Sin embargo ellas cada día estaban más frescas. Les sentaba muy bien ser libres.

Poco a poco se dieron cuenta de algo que no querían admitir. Estaban demasiado bien juntas. Siempre habían estado muy bien juntas, demasiado bien.

Sucedió. Sucedió de la manera más natural, cuando se despedían una noche, en el portal de la casa de Eloisa. Lola la besó y se dejó hacer, disfrutando el momento, respondiendo a los dulces besos. Enseguida se ocultaron, en un callejón cercano, donde se expresaron libremente y sin tapujos, ajenas al mundo, concentradas en el inmenso placer que produce lo prohibido, los roces y tocamientos, los pasionales y excitantes besos.

Nada hubiese pasado si una vecina no se hubiese desvelado. La Señora Tomasa no se había tomado la pastilla y no podía dormir. Se asomó a la ventana y escuchó los jadeos subidos de tono de las dos pécoras. Después puso una vela en la repisa de la ventana para reconocer sus rostros. 

¡Virgen Santa!

No lo pensaron. Se habían acostumbrado demasiado a las maliciosas críticas y todo les traía sin cuidado.

A la mañana siguiente, las vecinas la esperaban en la estrecha plaza en la que estaba situada la pequeña tienda que regentaba. Se sintió amenazada, sin saber bien por qué. Mientras abría la puerta sintió cómo se clavaban todas las miradas en su espalda y al cerrarla sin darse la vuelta se sintió aliviada. No le habían dado los buenos días. ¡Qué extraño!

Después de ponerse el impoluto delantal abrió la puerta a las clientas, con una sonrisa en la cara.

Brillaba. Brillaba de felicidad y entusiasmo, pues estaba enamorada. Sí, se sentía enamorada, y aceptaba de buen grado su nuevo status. Si ellos, los maridos, no lo entendían, se separarían. La vida ahora era maravillosa. Era esto lo que había estado esperando toda su vida. El sexo con ella había sido un regalo. Ni con su marido en la noche de bodas había disfrutado tanto. 

Había despachado a muy pocas señoras, las cuales no se marchaban después de ser atendidas, sino que se entretenian en la tienda, mirándola de arriba abajo, cuchicheando, cuando su padre se abrió paso entre ellas, y parándose frente a ella delante del mostrador, como si no hubiese nadie mirando, le espetó:

-Vete ahora mismo de esta casa. Tu hermana se hará cargo de la tienda. Tu marido te espera en su casa.

-¡Padre! ¿Qué ocurre?

-No me hagas repetir las cosas que te saco a rastras. ¡Libertina! ¡Descarada!

Al llegar a casa encontró a su amiga llorando, y a los maridos sentados a su lado en el sofá de escay.

Las habían pillado.

Las echaron. Sin mediar palabra alguna les señalaron la puerta. 

Se fueron con lo puesto y sin dinero, cogidas del brazo, mientras las mujeres del barrio las seguían, a ver a donde iban.

Salían del pueblo, por inercia, sin saber a donde ir. Al pasar por las casas de vida alegre, al lado de la carretera y del cementerio, la Señorita Loli no pudo más que invitarlas a entrar, alarmada ante la intensidad de los insultos, cada vez más atrevidos e insolentes. Las vio venir de lejos y bajó corriendo a la puerta a colocar el cartel de cerrado y a amenazar a las viejas con una escoba. Eloísa siempre había sido amable con ella, despachándola en la tienda igual que a las demás. No todo el mundo era capaz de admitir a una Puta en su casa, así es que la creía inocente sin necesidad de explicación alguna.

Pasaron allí la mañana entera, en la calle, riéndose de ellas e insultándolas.

Loli pidió ayuda a unos buenos clientes. El cura, el médico y el notario acudieron por separado, una vez se acostaron las impertinentes gallinas.

Eloisa reclamó a sus padres las ganancias de todos los años que había trabajado tan duramente y la cartilla del banco que estaba a su nombre a su marido, y cuando Julia vendió sus propiedades se marcharon.

Se marcharon muy lejos.

Como en Australia tenían familia volaron a la enigmática China. Allí, en una dictadura, serían más libres y felices que en su propia casa. 

 

 

 

Publicado la semana 34. 20/08/2018
Etiquetas
Mujer contra Mujer, Mecano , Lo cotidiano , Siempre , Intolerancia
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