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Asun García

La última página

Había llegado su hora.

La enfermedad y el dolor lo amaban sin mesura desde hacia algún tiempo. Intentó evitarlos, pero estos se habían colado en su vida y lo habían impregnado todo. El óbito no tardaría en producirse; pues el fin es lo único certeramente puntual en la incertidumbre de la existencia.

Un ligero aroma perfumaba levemente la estancia después de que el sacerdote le aplicase los sagrados óleos. Estos le habían liberado de culpas y pecados para que el alma, liviana, se elevase al cielo.

 “Por esta santa unción te perdone el señor todo lo que has pecado”.

La familia esperaba impaciente, rodeando el lecho, evitando los pies de la cama, lugar por el que el cuerpo podía absorber la energía de los vivos y retrasar el momento.

Nadie quiere irse.

Todos temen el momento en el que el alma abandona el cuerpo. Sin embargo, hay menos misterio en la muerte que en el alumbramiento.

La nueva realidad energética del ser que era en estos precisos instantes le permitió ver, por fin, la verdadera y oculta naturaleza de los que nunca le amaron.

La confirmación de una sospecha siempre es un momento triste, todavía más triste si cabe cuando se trata de la ratificación al final de la vida de que no ha habido amor por parte de las personas a las que has dado todo, incluso la vida. No eran más que enormes parásitos y pálidos vampiros con sed de sangre disfrazados de amables y pacíficos, aunque falsos, seres humanos. 

Le habían chupado literalmente la vida.

El médico y el notario también estaban presentes, rezando en sus adentros para que todo acabase pronto, pues debían marcharse a atender sus negocios. Una cláusula del testamento les obligaba a permanecer en el aposento, pues el fututo difunto preveía un adelanto de su muerte en un colectivo arrebato asesino.

No tardarían en conocer el testamento y en ser expulsados del hogar familiar, pues la casa pasaría inmediatamente a ser biblioteca municipal. Sería mantenida, completada y conservada con los beneficios de la venta de todos sus bienes, adquiridos gracias a la venta de sus libros.

A partir de ahora los dichosos familiares tendrían que vivir del tercio de los bienes que les correspondía por ley. Y ni eso merecían.

Cuatro hijos tuvieron. ¡Hijos! Estos criticaron sus obras; las ningunearon; las negaron; se mofaron;…y hasta les dio vergüenza admitir que él era su padre….sin tener en cuenta que comían y vivían holgadamente de los, según ellos, disparates que salían del interior de su padre, disparates alabados a lo largo y ancho del mundo entero, y que sus propios hijos detestaban.

Así murió, jubiloso, pues debían leer la última página que escribió para ellos.

 

 

 

 

Publicado la semana 30. 23/07/2018
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Requiem de Mozart , El desmesurado egoísmo de esta sociedad individual , Cuando quieras
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