Semana
24
Asun García

Bienvenido a la Jungla

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            Estoy temiendo el momento en el que mi mujer me pregunte qué tal las entrevistas de trabajo de ayer. Tuve tantas que ya no sé si alguna de ellas fue producto de mi imaginación.

           Al director del banco le dije que le llamaría, aunque no me imagino detrás de una mesa poniendo sellos, actualizando libretas y vendiendo productos fraudulentos.

           Para pasear perritos no estoy, pues nunca me han gustado demasiado, y algunos hacen unas cositas muy grandes que no me apetece recoger. ¡No está pagado!

           Tampoco me agradó el puesto de cartero comercial, ni el de dietista,…, y recuerdo la última entrevista como un vívido sueño.

¿Sería real? ¿O fue quizás producto de un enfebrecido sueño?

Me temo que no, que fue tan real como la vida misma, pues con cada sorbo de café las imágenes que voy recuperando son más nítidas y la experiencia se me va haciendo más real a cada minuto que pasa.

-¿Me lo vas a contar o qué?- Me increpa mi dulce esposa.

-¡Sí, claro que sí! Esperaba a que me hiciese efecto el café.

Mi día fue terrorífico, espantoso. De las 18 o 20 entrevistas que realicé no saqué nada en claro. Tiempo perdido, supongo.

Cuando ya perdía la esperanza me dirigí al manicomio. No creo que me equivoque si afirmo que soy el único candidato.

-¿Qué tendrías que hacer tú en un lugar como ese?

-Ups, no se nota que es un manicomio. Es una posada, de cara al mundo. Y muy bonita por cierto.

-No lo entiendo.

-Mira, yo lo único que deberé hacer, si acepto, es controlar la entrada y salida de los locos. Todos viven con sus familias, pero acuden al lugar diariamente como cualquier trabajador. Reciben un salario y todo, que paga el estado. Así se evita que ingresen en los manicomios verdaderos.

El Director es un señor excéntrico, que porta largos bigotes blancos recortados al estilo daliniano, tan de moda hace unos años.

No pongas esa cara, se trata de locos no peligrosos, que creen que realizan un determinado trabajo y como les pagan por ello….no se dan ni cuenta de que es una farsa.

Créeme, es más normal de lo que parece; me ha dicho que muchos negocios son manicomios encubiertos incluso con el perjuicio de algunos de los trabajadores, que rilan más o menos bien.

Afirma que se puede trabajar muy bien entre ellos, que no hay peligro alguno. De hecho, él está trabajando veinte años en este lugar, y no me ha dado la sensación de que le falte un aire. No sé qué pensar.

El sueldo no está mal, y bien sabes que nos hace mucha falta. De todas formas necesito tiempo para pensarlo. En un par de días he de dar una respuesta.

-¿Viste a alguno de los locos?

-Sí, pero a partir de ahora no les llames locos, son personas como tú y como yo, y ahora está de moda llamarles personas con capacidad reducida, y en este caso la discapacidad no es reconocida por los sujetos que la padecen, ni tan siquiera lo saben. Parece ser que solamente son ingresados algunos de los sujetos con severos trastornos de la conducta, los sujetos que no son declarados incapacitados aunque padecen la enfermedad, son introducidos en la sociedad a través de una realidad creada especialmente para ellos, en la que los demás, los sujetos sin neurosis grave, y una vez descartada esta, interactuamos con ellos, a veces incluso sin saberlo. Vecinos, amigos, familiares….Mientras el estado crea que no corremos peligro…

-¡No me lo puedo creer! Te lo estás inventando, seguro.

-No. No me lo invento. 

-Insisto, ¿viste a alguno? ¿Qué hacía?

-Sí. Era un señor, casi de mi edad. Vestía un traje azul, un mono. Barría la puerta, con mucho brío. Su gesto era adusto, de mirada seria y traicionera, pues un revoltoso duende lo gobierna, es evidente. Nada más verme ya planeaba sus juegos conmigo; no nos habíamos dado la vuelta y salió dando brincos a buscar a alguien, para contarle mi presencia en el lugar. Pronto nos observaban varios ojos sin disimulo alguno. Un orondo cocinero; un sirviente con un mandil; y seguramente alguno más, pues no quise mirarles directamente. Sólo noté que estaban ajenos a los huéspedes alojados, los cuales requerían su presencia con graciosos ademanes a los que ninguno hacía caso.

-Pero ¿Tienen huéspedes?

-Sí, claro. Son en su mayoría personas con el mismo grado de problema ó discapacidad que el que se plantea en el lugar. No eligen voluntariamente el lugar en el que se hospedan, aunque creen que sí, pues son inducidos a través de muchos y variados métodos.

-¡Qué fuerte! ¡No me lo puedo creer!

-Volví a casa un poco atontado, porque era reacio a creérmelo. Parecía una broma de mal gusto. Ahora lo veo más claro, y por qué no, normal. Encuentro que es de lo más normal.

-Por fin entiendo por qué a veces se la gente se comporta como se comporta. 

 

 

Publicado la semana 24. 11/06/2018
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Welcome to the Jungle, Guns and Roses , Experiencias , Cuando quiera relajarse , Aceptar a los demás
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