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Asun García

Algunos Hombres Buenos

 

Érase una vez una niña pequeña que salió a pasear una tarde de otoño, tranquila, inconsciente del peligro que a veces acecha a las niñas y a la edad en la que aún no se cree en la existencia del lobo vestido con piel de oveja.

Sus amigas se demoraban. El reloj corría mientras ella esperaba en La Fuente de los Cisnes Verdes, lugar muy concurrido y centro neurálgico del pequeño pueblo en el que vivía.

Los chicos habían llegado hacía rato, la miraban y reían en la pequeña distancia que los separaba. Ella no se movió, ni se acercó a ellos siquiera.

 No tardaron en acercarse, saludarla y sentarse a su lado. Nada malo podía pasarle, los conocía de vista y enseguida llegarían sus amigas.

 La manada no tardó en mostrarse descarada e impertinente, bramando ante el paso de las que llamaban conejitas que buscaban guerra, aunque estas ni siquiera los miraban, ocupadas con sus cosas de chicas jóvenes y modernas, pensando seguramente en el trabajo, en los estudios, o en todas las cosas que han de pensar las jóvenes hoy en día, que no son pocas.

Entonces, una alarma se encendía en su interior. Debía marcharse de allí, pero no podía, estaba paralizada, escuchando sin saber qué hacer. Mientras tanto todo el mundo la veía con ellos, estaba a solas con todos esos chicos en medio del pueblo.

Con sus apenas diez u once años recién cumplidos no era consciente de lo que todos pensaban, no era consciente de nada. No pensaba, ni calculaba, apenas desconfiaba. ¡Lástima!

Cuando quiso darse cuenta ya la habían rodeado, envalentonados, animándose perversamente unos a otros a realizar un acto de maldad inmensa, sin piedad alguna. Así actúa una manada. Si alguien la hubiese buscado, no la habría visto, pues cubierta y escondida estaba por una horda de hambrientos lobos.

Los lobos intentaban toquetearla, bajarle los pantalones. Dios sabe que no lo conseguían, pues luchaba con todas sus fuerzas. Eran siete u ocho adolescentes, no lo recuerda bien, y ella una sola; resistiéndose; gritando con ímpetu; derramando el fuego de un valeroso dragón. Pero no era un dragón, ni tan siquiera un chico fuerte. No era más que una niña asustada, un cervatillo acorralado que imagina que lo viene a continuación no es nada bueno, ni agradable siquiera.

Nadie la oía.

Nadie la oyó gritar.

Consiguió hacerse un ovillo en el suelo, apoyándose de espaldas en los gruesos pies del cisne, apartando las manazas de su cuerpo.

Menos mal que un valeroso municipal acudió a la fuente, solícito, a salvar a los hermosos cisnes del ataque de una manada de feroces lobos que estaba desatando toda su energía contra ellos. Consiguió que pararan; que se relajaran; que se apartaran. No esperaba ver a una niña en el suelo, con el suéter roto y los pantalones sucios de rodar por el suelo.

La levantó del suelo, estupefacto, sin saber qué hacer, mirándola bien y evaluando daños, como si revisase un objeto para ver si ha sido roto. Ellos no se movieron, no se inmutaron, no hacían nada malo. Se divertían.

El hombre la mandó a su casa, riñéndola con la mirada, seguramente más tranquilo, pues la virtud de la niña estaba intacta. Más tarde pasaría por su casa, a hablar con sus padres.

Ella salió corriendo, escuchando carcajadas e insultos a su paso, no solo de los lobitos locos, sino de la gente que se había parado a mirar un suceso extraño.

Entre ellos sus amigas, las que le dieron la espalda, en lugar de besarla y abrazarla, pues ¿qué hacías con ellos? ¿No veías que son mayores?

Y al llegar a casa subió la escalera de gruesos escalones de baldosa antigua de cuatro en cuatro, llorando, y se encerró en su cuarto.

Enseguida acudió a la casa su hermana, espantada por lo que le contaban. Tampoco la abrazó, ni la escuchó, sino que se permitió insultarla, ya que le daba vergüenza que su hermana fuese una buscona, una fulana y una desvergonzada.

El municipal acudió a la casa algo más tarde, a pedir a su padre castigo y prisión preventiva.

Sólo la madre, atenta, la salvó de la ira del padre, insultado y humillado. Una buena bofetada si que llevó, y tuvo que ir a casa de una tía a vivir un tiempo, desterrada, pues la convivencia se les hizo del todo insoportable.

Después fue condenada a un ostracismo impune y absoluto, en la familia y en el colegio. Su destino estaba sellado, marcada para siempre por algo de lo que no era en absoluto culpable.

Sin embargo a ellos nadie les echó en cara su comportamiento.

Ella lo sabía, siempre supo que no era culpable. Y siempre le dio igual lo que pensaran los demás.

Cada vez que una chica dice que ha sido violada la cree.

Aunque nadie más la crea, ella la cree.

 

 

Publicado la semana 18. 30/04/2018
Etiquetas
Sad But True, Metallica , La vida , Siempre , Mala Educación, Machismo
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