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Asun García

Ovejas negras de la Sanidad Pública

 

Esperaron mucho rato, sentados en las incómodas butacas del lánguido pasillo que desembocaba en la consulta de ginecología del Hospital de la ciudad en la que vivían. Estaban tan cansados que se les abría la boca del aburrimiento que otorga la demora mientras la impaciencia rondaba cual reptil mimetizado en el ambiente, esperando un momento de descuido para atacar a la presa.

Hacía años que intentaban tener hijos y no lo habían conseguido. No había una razón lógica; los dos eran fértiles y todavía jóvenes. Ella tenía ya 38 años y empezaba a agobiarse, pues cinco años de espera son muchos para el que espera.

No eran dados a tener en cuenta la opinión de los demás, aunque todo el mundo opinaba sin invitación alguna y hasta algunos dictaban duras sentencias, sin ser ni juez ni parte:

Si es que no se puede esperar tanto”; “Egoístas”; “El matrimonio sin hijos no tiene ningún sentido”….

Después de más de una hora de retraso un horrible médico abrió la puerta de la consulta. Su aspecto era hosco, desarreglado…La verdad es que no hay que juzgar a nadie por su aspecto, pero un médico ha de ir bien peinado, como mínimo. ¿Qué hay de la higiene en la sanidad pública?

Por fin les llamó una enfermera. Hacía juego con el doctor pues parecía un personaje femenino de una película de Tim Burton. Debajo de las legañas unas azuladas bolsas adornaban su pálido rostro y se notaba que no usaba mucho el peine pues los desordenados y enredados rizos le daban un aire de persona sucia y descuidada y ¡qué decir de la bata!, pues que no conoció nunca a la plancha. Y por ello no fue ninguna sorpresa que no tuviese en orden el informe de la paciente en cuestión al día, preparado para el doctor.

 Pareció que era la primera vez que consultaba al gabinete y al citado doctor no le gustó en absoluto que fuese a esa edad tan avanzada, cuando en realidad llevaba mucho tiempo consultando y haciéndose pruebas.

 ¿Por qué no lo intentó usted a los 18 años, ahora ya es un poco tarde, no?-dijo, en un tono muy, demasiado, irritante. 

-No, hace dos años que nos hacemos pruebas. Se supone que usted ha de valorar los informes y permitir nuestra estancia en la lista para las fecundaciones in Vitro.

Un lo siento a veces no basta, pues el médico en cuestión ya había decidido que no eran merecedores del tratamiento que les daría lo que más querían en el mundo. Y todo por un malentendido con un médico por culpa de una enfermera. Que sí, que no…Que por favor, lea mis pruebas….que no se ha hecho ninguna prueba…y así más de media hora hasta que a la señora se le ocurrió decir que había apartado los análisis, radiografías y demás pruebas.

Solamente ella sabe por qué lo hizo.

-Váyanse ustedes a una clínica privada. En la seguridad social no perdemos el tiempo con mujeres tan mayores.

Así es que después de peregrinar por consultas y consultas de ginecólogos guarros y poco motivados se quedaron sin lo que de verdad querían. Fueron ellos los que les hicieron perder el valioso tiempo, ese que se va y ya no vuelve. 

Ella siempre se ha preguntado por qué los hombres eligen ejercer la ginecología, qué es lo que les hace escoger unos estudios para los cuales se necesita una sensibilidad especial, y por qué no decirlo, no tienen ni idea de lo que una mujer siente en ninguno de sus momentos claves. Pues ¿tienen la regla? ¿Se quedan embarazados? ¡No!

Señoría, no hay más preguntas.

  

 

Publicado la semana 16. 16/04/2018
Etiquetas
Enya , La vida, La sanidad española , Siempre que se quiera , hospital
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