Semana
09
artguim

Letras rojas

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Relato
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Distraídamente, se mordió el labio inferior. Podía sentir el sabor de la sangre que salpicaba su rostro, mezclada con el polvo reseco. Avanzaba a caballo, al paso, por el camino de tierra que ascendía el último repecho antes de la ciudadela.

—¡Abrid las puertas! —ordenó con tono autoritario una voz a su espalda.

Centenares de soldados seguían sus pasos. La mayoría a pie; unos pocos a caballo. Portaban sus pesadas armas con la desazón de quien sabe que todos sus esfuerzos, todos los sacrificios, todas las heridas, apenas han resultado de utilidad. Cierto, han ganado esta batalla, pero ello no les asegura en modo alguno el triunfo en la siguiente, mucho menos en la guerra.

Hacía ya varios años que aquel insultantemente estúpido conflicto mantenía su reino en continuo enfrentamiento con el vecino. En lugar de entablar provechosos acuerdos de comercio e intercambio de recursos, se dedicaban a ensartarse unos a otros flechas, espadas y lanzas, con el único objetivo de imponer su fuerza sobre el otro. No, él sí tenía un motivo de peso para batallar.

A la cabeza de la caravana, accedió al interior del recinto amurallado. Un lacayo se aproximó para ayudarlo a desmontar de su yegua y a recogerle la espada y el escudo, para que no tuviera que cargar con ellos.

—¡Felicidades, majestad! —lo aduló, con labia sibilina, siempre interesado—. Una gran victoria la de esta tarde.

—No tienes ni idea, imbécil. Pero me da igual, estoy demasiado agotado para discutir. Di que me preparen un baño de agua caliente. Y date prisa, no quiero tener que esperar más tiempo del necesario.

El lacayo desapareció por una de las puertas de servicio, que daban acceso al castillo. El monarca, por su parte, hizo su triunfal entrada por las puertas principales, que daban a un lujoso recibidor, donde ya lo esperaba un grupo de ambiciosos nobles de poca monta, dispuestos a lamerle el culo a cambio de unos acres más de terreno o un inane título que añadir a su colección. Tampoco tenía tiempo para sus necedades.

Cruzó el recibidor sin prestar atención a sus adulaciones y ascendió por las escaleras de mármol hacia sus aposentos. Apenas unos segundos más tarde, un pequeño ejército de lacayos, capitaneado por el que lo había recibido a la entrada, irrumpió en su alcoba. Todos menos este último la cruzaron, tras dedicarle una reverencia, en dirección al cuarto de baño, dispuestos a prepararle la bañera.

—Una gran victoria la de esta tarde, majestad —susurró el lacayo, de nuevo adulador.

—Eso ya lo has dicho —respondió arisco el exhausto dirigente—. Ahora cállate y ayúdame a desprenderme de la armadura.

El sirviente obedeció y lo ayudó a desprenderse de la sobrevesta blanquiazul, cuyas franjas apenas lograban discernirse bajo la densa capa de sangre y polvo. Tras esto, tiró con todas sus fuerzas para retirarle la cota de malla, y liberó las ataduras de guardabrazos, guanteletes y grebas metálicas, con no pocas muescas.

—Está bien. A partir de aquí ya puedo seguir yo.

El lacayo hizo una nueva reverencia y se retiró, abandonando los aposentos del rey. Al instante, lo imitó el batallón de sirvientes hacinados hasta el momento en el baño. El monarca se sentó sobre su lecho y se desprendió de los incómodos escarpes. Se dirigió hacia la puerta de la sala de baño y, una vez en la intimidad del interior, se deshizo de la túnica interior sudada y de las calzas, así como de los calzones.

Al fin desnudo, se deslizó al interior de la bañera de cobre repleta de espumosa agua caliente y se recostó contra el borde, descolgando un brazo por el exterior. Cerró los ojos un instante, pero pronto recordó cuál era el motivo de la prisa por aislarse en su baño personal. Apoyó un dedo de la mano libre en la superficie resplandeciente sobre el taburete de madera y lo deslizó. Pretendían aprovecharse de aquel privilegio que solo a él pertenecía, hasta el punto de conducirlo al campo de batalla por él. Pero no sería tan fácil, no mientras le restaran fuerzas con que defender aquella conexión.

Un escalofrío le recorrió la desnuda espalda al ver de nuevo las letras rojas de Netflix en la pantalla.

Publicado la semana 9. 26/02/2018
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