Semana
08
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El próximo paso

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Apenas sentía ya sus extremidades, entumecidas por el agua helada. Su cuerpo se veía arrastrado por la indomable corriente, mientras su mente era asaltada por imágenes fugaces, apenas destellos de un momento tan reciente que parecía inalcanzablemente lejano.

Corría. Atravesaba el desierto. Necesitaba respirar, pero no era capaz. Sus perseguidores no le dejaban. Las balas rozaban su cabeza, con pésimas intenciones. Seguía corriendo, pero el camino terminaba. En apenas unos metros, el vacío. Se detenía, rozando el abismo. Se asomaba. Agua al fondo del cañón, casi en otra realidad. Al otro lado, una docena, a caballo, cada vez más cerca. Acorralado.

Cerraba los ojos, buscando consejo. Parecía una voz, tal vez solo una brisa, hacia el abismo. Cedía, era su única salida. Tomaba impulso y saltaba. El aire, etéreo. El tiempo, inmóvil. La gravedad, hiperactiva. El agua: impacto, dolor, salvación.

De pronto, sintió algo nuevo. Apenas era un roce, una caricia, pero le hacía retomar un instante anterior, abrazar de nuevo algo importante. Sus párpados se abrieron, más lento de lo que solían. Recobró la consciencia y comprendió que sí, que seguía vivo. Aunque un detalle lo hizo dudar.

El hocico humedecido del oso se mantenía a apenas unos centímetros de su rostro, olisqueándolo, como si tratara de identificarlo. Su instinto le ordenaba que se pusiera en pie y saliera corriendo, pero su cuerpo no respondía. Lo más que logró fue darse la vuelta y sentir el agua hasta su pecho. De ahí para arriba, tierra, la orilla.

Levantó la vista y vio al oso alejarse, hacia una roca aflorada entre exóticas plantas. Era enorme, más que cualquiera que hubiera visto en toda su vida, de pelo grueso y marrón. Le sorprendió verlo subirse a la roca y adoptar una postura nada acorde a su naturaleza, sentado con el lomo erguido y las patas traseras colgando hacia el frente.

—Veo que vuelves a respirar.

Por increíble que pareciera, las fauces del animal se movían acordes con las palabras pronunciadas, con una voz profunda, que parecía resonar en el interior del náufrago.

—¿Quién está hablando? —logró musitar el desamparado hombre, incapaz de dar crédito a lo que parecía ocurrir justo frente a él.

—Tenía entendido que los humanos os denominabais la especie inteligente —replicó el animal, sin dejar de observar al humano tendido bocabajo, a medias entre el agua y la orilla.

—No, es imposible. Eres un oso, no puedes estar hablando —Se detuvo un instante, pensativo—. Espera, ya sé qué ha ocurrido. Estoy muerto, y tú no existes en realidad. He muerto en la caída. Tengo que haber muerto.

—Sería una posibilidad, ciertamente, pero no acorde con la realidad. Aunque puedas albergar ciertas dudas, estás vivo y lo que ves está ocurriendo realmente.

El hombre reaccionó por fin y se colocó de rodillas sobre la arena, palpándose el cuerpo para verificar que realmente siguiera con vida.

—¡Estoy… estoy vivo!

—Te lo he dicho —respondió el oso, sin mostrar soberbia o molestia alguna en su rostro, sino solo una eterna calma imperturbable—. Y por eso, es el momento de que des el próximo paso.

—¿El próximo paso? ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

—Esa es una pregunta para la que no tengo respuesta. —Sobre su asiento de piedra, el animal se llevó una zarpa a la sien y se rascó bajo el grueso pelo pardo, en un gesto sorprendentemente humano

—¿Cómo que no tienes respuesta?

—Tú mismo lo has dicho: no soy más que un oso.

—Pero hablas, eres inteligente. Por favor, necesito tu ayuda.

—Eso solo significa que puedo comunicarme más fácilmente contigo, pero sigo siendo un oso: no puedo solucionar los problemas de los humanos.

—Pero sigo sin saber qué tengo hacer. Sigo igual de perdido que antes.

—Eso no es del todo exacto. —El rostro del hombre se elevó de pronto hacia el del oso, esperanzado—. Hace un minuto estabas muerto en la orilla de un río, ¿no? Estabas convencido. Y, sin embargo, ahí estás, a medio erguir y respirando sin dificultad. Creo que es un buen primer paso para cumplir con lo que quiera que te haya traído hasta aquí. ¿No crees?

—Tal vez tengas razón —concedió el hombre, reuniendo las fuerzas necesarias para ponerse en pie y comenzar a alejarse, paso a paso, de aquel rio que a punto había estado de convertirse en su tumba—. Todavía tengo algo que hacer, un propósito que cumplir y por el que casi me han conducido hasta la muerte. Tengo que llegar al pueblo y contar al sheriff lo que ha ocurrido. En cuanto se descubra lo que han hecho en las vías del ferrocarril… Sí, tengo que llegar al pueblo cuanto antes.

Centrado de nuevo en su misión de denuncia, el hombre siguió avanzando hasta internarse en la maleza que rodeaba el cauce del río. El oso, desde su elevado asiento, lo vio alejarse. Por primera vez, sonrió. No se trataba de una sonrisa intimidante, sino de un gesto de satisfacción. Enseguida, pudo ver cómo la maleza a su espalda se retiraba por sí sola hacia los lados, dando paso a un hueco oscuro, semejante a la boca de un túnel que no condujera a ningún lugar.

Sin dejar de sonreír, se puso a cuatro patas y comenzó a avanzar hacia este, internándose en sus profundidades mientras el robusto cuerpo de denso pelaje se convertía en una etérea silueta translúcida, de líneas difusas. Por fin, al ayudar a aquel hombre perdido a recuperar su sendero, había cumplido la última exigencia requerida para alcanzar su propio destino. Por fin podría disfrutar de su merecido descanso en el reino de los espíritus.

Publicado la semana 8. 19/02/2018
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