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07
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Victoria

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Sus pasos comenzaban a dejar huella en las baldosas, recorriendo de un lado a otro el pasillo. Metro a metro se desplazaba, con las manos cruzadas en la espalda y el gesto serio, pensativo. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí esperando. ¿Minutos, horas, días? Imposible saberlo.

Una puerta se abrió, pero no la que le importaba. Apareció una doncella, ataviada con un delantal blanco sobre el uniforme. Llevaba entre las manos un hondo cuenco rebosante de agua, y sobre el hombro varios paños blancos. Una perla de sudor resbalaba por su sien izquierda, y su pecho se inflaba y desinflaba dentro del corsé al ritmo de su agitada respiración.

—¿Ha comenzado ya?

—Está a punto, señor —le respondió la joven mujer, haciendo equilibrio con el cuenco para poder abrir la puerta del dormitorio principal—. Tendrá que esperar un poco más.

—Por supuesto —susurró el hombre, dejando caer los hombros cuando la muchacha le cerró la puerta.

Pasó los siguientes minutos sentado en un taburete de madera, contra la pared opuesta a la puerta, sin perderla de vista en ningún momento. Durante todo ese tiempo, había estado escuchando los graves jadeos, pero el primer aullido agónico lo hizo levantarse de golpe. Se abalanzó contra la puerta, pero resistió la tentación de irrumpir en la estancia al otro lado. Por contra, apoyó el rostro contra la madera, sintiendo cómo la vista se le nublaba por las lágrimas.

Ya no aguantaba más. Necesitaba entrar, abrazarla, sentirla de nuevo a su lado. Pero sabía que, en ese momento, su presencia no haría sino inquietarla. Debía resistir la tentación, permanecer ahí fuera, estoico. Los minutos siguieron pasando, probablemente hasta convertirse en horas. Los gritos eran cada vez más continuados, más desesperados. Parecía que al otro lado, más que un médico, estuviera operando un torturador. La espera resultaba inosoportable.

Cuando las fuerzas estaban a punto de abandonarlo, algo captó su atención. Comenzó como un casi imperceptible sonido, pero pronto se convirtió en un agudo chillido, que se incorporó a la sinfonía de gritos iniciales. Sabía lo que ese sonido significaba, y no podía sentirse más agradecido. Volvió a sentarse sobre el taburete, dispuesto de nuevo a seguir esperando, ilusionado. El corazón le latía desbocado en el pecho, desbordante de sentimientos desconocidos hasta entonces para él.

En ese momento, la puerta comenzó a abrirse, con lentitud. Por ella asomó la anterior doncella, portando algo entre sus brazos, con suma delicadeza.

—Felicidades, señor —dijo esta, con una resplandeciente sonrisa adornando su rostro—. Es una niña preciosa, y muy sana.

Le tendió al hombre el bulto, envuelto en suaves telas. Este lo recogió y lo sujetó con delicadeza. Emocionado, contempló el diminuto rostro del ser más precioso que jamás hubiera visto. Pudo reconocer sus propios ojos, reproducidos en su hija recién nacida. Un enorme orgullo comenzó a invadirlo. Tras tantos años de infructuosos intentos, lo habían conseguido.

Le extrañaba lo poco que pesaba. Apenas sentía la presión sobre sus brazos, pero sí una sensación semejante a una cómoda calidez, que parecía contagiarse a todo su cuerpo. Comenzó a recorrer de nuevo el pasillo, esta vez sin poder dejar de sonreír, con su pequeña en brazos. Le daba la bienvenida a cada uno de los rincones de la casa, que desde ese día se convertía también en su hogar.

Sintiendo el cansancio, tras retirarse la primera y más fuerte emoción, se sentó de nuevo en el taburete. Se sentía incapaz de dejar de contemplar embelesado aquellos perfectos rasgos, el diminuto pecho inchándose con las idas y venidas de aire hasta sus pulmones. Acariciaba con un dedo su piel, todavía ligeramente arrugada, y una inexplicable corriente de energía recorría su interior. Comprendió que aquello era lo que significaba ser padre, y deseaba no llegar a perder nunca esa maravillosa sensación. Tan concentrado estaba en su contemplación que apenas se percató cuando los gritos al otro lado de la puerta cesaron.

—Mira, mamá ha terminado —le susurró a la recién nacida—. Por fin vamos a estar los tres juntos.

Entonces, la puerta volvió a abrirse. El hombre se puso en pie y se aproximó, esperando que se tratara de la doncella, que los invitaba a entrar y unirse a su mujer. En su lugar, se encontró al veterano doctor, encogido por el agotamiento. Su rostro apenas mostraba expresión alguna, pero el hombre comprobó cómo la práctica totalidad de su blanca indumentaria mostraba manchas escarlata. Detrás de este, en el suelo de la estancia, las sábanas amontonadas mostraban también los mismos signos, evidencia de lo que había ocurrido.

—Lo… lo sien… —comenzó, exhausto.

—Victoria —interrumpió al doctor.

—¿Disculpe?

El hombre desvió la vista hacia el rostro de la pequeña, dormida entre sus brazos. Una lágrima se precipitó sobre su sonrojada mejilla, cubriéndola casi por completo. La retiró con el dorso de un dedo y repitió la decisión que acababa de tomar:

—Se llamará Victoria, como su madre.

Publicado la semana 7. 13/02/2018
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