Semana
06
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Cuatro noches con encanto

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Aparco el coche y me inclino sobre el salpicadero, levantando las gafas de sol para observar a través del parabrisas repleto de restos de mosquitos. Compruebo dos veces el mapa sobre el asiento del copiloto y la dirección al final de la carta. Todo parece coincidir, salvo lo que mis ojos están viendo. Cuatro noches a gastos pagados en un lujoso hotel con encanto. Tal vez haya alguien a quien le pueda parecer encantador, pero no se puede decir objetivamente que este esqueleto de ladrillo y pintura enmohecida, de solo una planta, sea lujoso. Parece más bien un motel de carretera sacado de una película gore de serie B. No obstante, decido bajarme del vehículo y dirigirme a la caseta de recepción, arrastrando mi pequeña maleta.

—Buenas tardes —saludo al joven al otro lado del cristal blindado, extendiéndole la carta por el hueco habilitado al efecto.

—¡Ah, es usted el del concurso! —exclama exhausto, tras comprobar el contenido de la misiva. Abre un cajón bajo el mostrador y me extiende una llave—. En ese caso, aquí tiene. Es la veinte, al fondo del pasillo.

—¿Tengo que dejar una fianza o algo?

—En absoluto. El programa se ha hecho cargo de todo. ¡Qué suerte ha tenido!

—Sí —respondo, cogiendo la llave y tratando de ocultar mi decepción.

Avanzo por el pasillo y entro en mi habitación, la última a la izquierda. Decir que se trata de una estancia propia de los cincuenta mal mantenida, en todos los sentidos, sería una buena descripción. Dejo el móvil y la tablet sobre la mesilla y deshago la maleta. ¿Y pensar que he hecho casi mil kilómetros en coche para esto? Me habían dicho que serían unas maravillosas vacaciones, un premio por mi victoria en el programa de preguntas. Para esto, me habría quedado en casa jugando al Trivial, en lugar de ir a la televisión. No quiero ni saber qué dirán mis compañeros de trabajo cuando vuelva.

Estoy agotado. No tengo nada que hacer en la habitación, despoblada de entretenimiento y provista de una escueta ducha, que ni siquiera me permite darme un baño relajante. Decido acostarme ya. Tal vez mañana vea todo con mejores ojos. Me cubro con las mantas hasta el cuello y, sin darme cuenta, el cálido refugio me guía hacia un sueño profundo y, espero, reparador.

Me despierto de pronto, sobresaltado. ¿Qué ha sido ese ruido? Tardo unos instantes en recordar que estoy en la habitación del hotel, no en mi casa. Cojo el móvil para mirar la hora. Cuando la potente luz de la pantalla ilumina la pared del frente, me parece ver una sombra alargada, como una silueta de pie. Rápidamente, enciendo la luz sobre la mesilla y descubro que solo se trata de mi abrigo sobre el respaldo de una silla. Me parece extraño, pues no recuerdo haberlo dejado allí, pero vuelvo a acostarme y retomo el sueño.

¡Lo he vuelto a oír! ¡Esta vez estoy seguro! Extiendo la mano para coger el móvil pero no lo encuentro. Enciendo la luz y me incorporo, apoyándome contra el respaldo. Ahí está, al pie de la puerta de entrada a la habitación. ¿Cómo habrá llegado hasta allí? Me levanto a recogerlo y lo dejo de nuevo sobre la mesilla. Entro al baño y me mojo la cara en el lavabo con intención de despejarme un poco, visto que parece que estoy alucinando y que no voy a poder dormir más esta noche

Al levantar la vista, en el espejo, veo reflejada la ducha. La mampara está manchada con algo, de tono rojizo, una masa de aspecto pringoso interrumpida por algunos trazos que, por imposible que resulte, parecen letras. Me doy la vuelta y descubro que la ducha está intacta: al menos, tan intacta como cuando he entrado esta tarde. ¡Qué desconcertante! Habría jurado que ponía mi nombre. O tal vez no. Extrañado, incluso algo preocupado, vuelvo a la habitación y me dirijo hacia la mesita.

—¿Pero qué…?

No está. El móvil no está. ¡Es imposible! ¡Pero si lo acabo de dejar ahí ahora mismo! Salto sobre la cama y cojo el auricular del teléfono de cable de la otra mesilla. Marco el número de recepción y, al instante, escucho la voz del joven recepcionista.

—Creo que alguien ha entrado en mi habitación —le informo—. Mi móvil ha desaparecido.

—Tranquilo, señor. He estado vigilando la cámara del pasillo y le puedo asegurar que nadie ha entrado en toda la noche.

—¿Y qué pasa con mi móvil? —replico, molesto—. ¿Cree que ha podido marcharse por su propia voluntad?

—Está bien, usted siga buscándolo. En cuanto tenga un momento, paso por su habitación y le ayudo. Si no aparece, llamaremos a la policía. ¿Le parece?

¡Esto es el colmo! Cuelgo el teléfono de golpe. Voy a ir a buscar a ese vago y a decirle un par de cosas. Que siga buscándolo. ¿Pero qué se ha creído? Sujeto el pomo de la puerta y lo giro, sin resultado. Vuelvo a intentarlo, pero parece que la cerradura esté estropeada. De pronto, siento cómo algo me tira con fuerza de los pies. Me veo arrastrado y caigo de bruces contra el suelo. Acabo de volver a oírlo, ese maldito sonido. Pero esta vez son muchos, seguidos, a un ritmo muy rápido.

Me siento sobre el suelo y me giro hasta apoyar la espalda contra la puerta. ¿Qué demonios acaba de pasar? Inspecciono la habitación, tratando inútilmente de encontrar una explicación, hasta que lo veo. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo y se me tensa hasta el último músculo. Debajo del escritorio, hay alguien debajo del escritorio, encogido, entre las sombras. Pero sus ojos brillan, rojos como rubíes.

Súbitamente, la luz del techo se apaga. Una oscuridad absoluta se apodera de la estancia y vuelvo a escuchar el sonido, una especie de crujido orgánico. Extiendo el brazo hacia la pared a mi lado y encuentro la llave de la luz. Acciono el interruptor y las incandescentes bombillas vuelven a iluminar el espacio. Ahí está, otra vez. Pero ha salido de debajo del escritorio. Parece una persona, vestida con unos vaqueros y una sudadera. Me resulta familiar. Tiene el pelo oscuro sobre el rostro, impidiéndome identificarlo desde mi posición. Se mantiene estático, de cuclillas. Doy un respingo cuando desplaza uno de sus pies, hasta colocarlo por delante de sus brazos e incluso de su cara, en un movimiento propio de una gimnasta y emitiendo ese desagradable sonido.

La luz se vuelve a apagar y el crujido se repite, a un ritmo frenético, por toda la habitación, hasta que se detiene, justo cuando mis dedos rozan de nuevo el interruptor. Acciono la llave y la luz vuelve a permitirme ver. Descubro algo sobre el suelo, entre la cama y yo. Se trata de una mancha, de color carmín. Parece viscosa, salvo por algunos trazos irregulares. No puedo verlos con total claridad desde mi perspectiva, pero juraría que sé qué es lo que ponen.

Otra vez, se apagan las luces. El silencio es total, pero ya no oigo ningún ruido. Parece que, sea lo que fuera, se ha ido. Una luz blanquecina se enciende sobre mi cabeza. Desvío mi vista hacia ese punto justo en el instante en que las luces vuelven a encenderse.

Exclamo, aterrorizado, al descubrirlo adherido a la puerta, de cabeza, con su rostro a escasos centímetros del mío. Sujeta mi móvil, con la pantalla encendida, con una mano. Reconozco la sudadera y los vaqueros más arriba. ¡Es él, el recepcionista!

—Ya le dije que estaba aquí —susurra, con voz de ultratumba.

Comprendo que ha llegado mi final. En este penoso hotel, solo, sin poder despedirme de los míos. Decido rendirme, sucumbir ante la oscuridad de lo que quiera que esto sea y cerrar los ojos para no ver. Pero ni siquiera eso me es concedido pues, antes de dejar de respirar, de sentir, de ser, llega hasta mis retinas la imagen de su mandíbula desencajándose, para dejar paso a cuatro filas de amarillentos y afilados colmillos.

Publicado la semana 6. 05/02/2018
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