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Retorno (Krallik-Roh VI)

Cuando Eloane recuperó la consciencia de su propia existencia, descubrió que se encontraba en un lugar distinto. Había dejado la habitación del enfrentamiento con Razarac atrás, como si de un mal sueño pasado se tratara, y el vacío en su interior había sido integrado en el resto de su ser.

 

—Bienvenida de nuevo, humana.

 

Cuando la mano etérea se extendió por encima de su rostro, Eloane comprendió que estaba tumbada en el suelo. Asió la mano del Guardián y, con su ayuda, se puso en pie.

 

—Estábamos seguro de que lo lograríais —la animó el ser, indicándole con la otra mano que avanzara hacia una puerta súbitamente materializada ante ellos—. Nos sentimos profundamente agradecido por haberme salvado a todos. Es hora de que recibáis vuestra merecida recompensa.

 

Todavía desconcertada, Eloane empujó la hoja de la puerta y accedió a la estancia al otro lado. Entre inexistentes paredes, un pequeño grupo permanecía reunido. Reconoció al indio Khuat-Vah, al pequeño Emmanuel y a Ezequiel. Los tres se aproximaron a ella para envolverla en un reconfortante abrazo, bajo la atenta mirada de los cinco Espíritus Mayores, elegantemente sentados en sus tronos, bajo su apariencia “humana”.

 

—Nos enorgullece veros a todos de vuelta, con vuestra misión cumplida —comenzó a decir el Espíritu del centro, que en el último instante del decisivo enfrentamiento había aparecido bajo su apariencia de oso para ayudar a Eloane—. Ha llegado el momento de que os agradezcamos vuestro esfuerzo y sacrificio. Ahora que Razarac ha sido de nuevo recluido en su presidio en las profundidades del más remoto e inaccesible de los mundos, los demás podrán volver a vivir en paz, liberados gracias a vosotros de su amenaza.

 

—Pero, todavía hay algo que no comprendemos —intervino Eloane, mientras observaba uno a uno a sus compañeros—. ¿Por qué fue liberado Razarac? ¿Y por qué teníamos que ser nosotros los que lo derrotásemos, si vuestro poder es tan grande?

 

—Comprendemos tus dudas, humana —comenzó a exponer el Espíritu, sin que pareciera afectarle el hecho de que Eloane acabara de cuestionar sus decisiones—. Razarac, el Destructor, es uno de los más antiguos espíritus que han habitado Krallik-Roh. Él estaba aquí desde mucho antes de nuestra aparición, por lo que también mucho mayor era el poder que había ido acumulando durante incontables eras. Pero llegó un momento en que su extrema ambición lo llevó a querer aprovecharse de razas como la vuestra, la de los humanos, para incrementar sus facultades a costa de vidas que él consideraba inferiores y prescindibles. Por ello, adoptó en vuestro mundo la naturaleza del Miedo. En realidad, de uno muy concreto: el miedo a la muerte. Durante toda la historia de la humanidad, hemos intentado que mantuvierais ese temor bajo control, custodiando a Razarac en una remota prisión. Y así sucedió hasta que un hombre, tras averiguar una amenaza que se cernía sobre su pueblo y tratar de revelar su descubrimiento a sus congéneres, sintió un miedo incontrolable a morir a manos de sus perseguidores, llevándolo a saltar por un cañón hacia las lejanas aguas del río que circulaba al pie de este. Cumpliendo mi misión, me aproximé a él y le indiqué el camino, el próximo paso que habría de dar, pero ya era demasiado tarde: Razarac había sido liberado. Fue el Guardián quien percibió primero su presencia. Nos convocó a los cinco aquí, a Krallik-Roh, para que buscáramos el modo de apresarlo de nuevo, y mientras tanto se puso en contacto con los diferentes mundos a través del Santuario, haciéndoles partícipes de la Verdad, de la amenaza que suponía para todos ellos el Señor de las Tinieblas, para que pudieran prepararse. Fue entonces cuando os escogimos.

 

—Pero, ¿por qué nosotros? —insistió Ezequiel, asaltado por una duda que compartían los demás humanos—. ¿Por qué teníamos que ser nosotros los que derrotáramos a Razarac? ¿Por qué no vosotros, mucho más poderosos que un simple grupo de humanos?

 

—Porque hay batallas en las que la victoria no viene determinada por la cantidad de poder que acumule uno u otro bando, sino por la naturaleza de sus integrantes. Solo los humanos podíais albergar el miedo a la muerte del que Razarac se valió para resurgir, y solo vosotros podíais vencerlo venciendo a vuestro propio temor, derrotándolo en un auténtico enfrentamiento a muerte. Lo único que nosotros podíamos hacer era mostraros el camino a seguir, como siempre hemos hecho aunque no os dierais cuenta. Pero todas las esperanzas que habíamos depositado en vosotros no han resultado infundadas y, ahora, aquí estáis. Habéis derrotado a uno de los más poderosos espíritus de Krallik-Roh y, aunque siempre existirá la amenaza de que pueda ser liberado de nuevo, debemos daros las gracias, en nombre del nuestro y de todos los demás mundos amenazados por Razarac. Por eso, hemos de ofreceros una recompensa a la altura. Vuestros logros os hacen merecedores de permanecer aquí, en Krallik-Roh, a nuestro lado, convertiros en nuestros ayudantes en la tarea de velar por el equilibrio entre todos los mundos. O, si lo preferís, podéis volver a vuestro mundo, completar vuestra vida mortal y, llegado el fin de esta, tal vez volver aquí. Vuestra es la elección.

 

Eloane, tratando de asimilar la información, desvió la vista hacia el suelo incoloro y se dispuso a tomar la decisión más importante de su vida. Sin embargo, todas sus dudas se esfumaron antes de lo previsto, cuando sintió sobre sus hombros las manos de sus compañeros. Los miró, uno a uno, directamente a los ojos, y supo que la decisión estaba tomada.

 

—Volveremos a nuestro mundo —afirmó la mujer, sintiendo cómo la emoción por el retorno embargaba su interior.

 

—En ese caso, hay una última cosa que debéis saber —añadió el espíritu—. Una vez que volváis a vuestro mundo, no recordaréis nada de lo ocurrido aquí. La existencia de Krallik-Roh debe ser mantenida en secreto, por la seguridad y el bien de los propios humanos, y esta es la única manera de asegurarnos de ello —Los cuatro humanos asintieron con la cabeza, preparados para regresar a sus vidas, después de haber logrado algo inolvidable que, sin embargo, se disponían a dejar atrás para siempre—. En ese caso, ha llegado el momento de despedirse. Solo debéis cruzar el portal que el Guardián abrirá para vosotros y todo volverá a ser como antes de todo lo sucedido aquí. Volved, victoriosos humanos, y sabed que aunque no nos recordéis, nosotros no olvidaremos lo que habéis hecho y estaremos siempre ahí. Siempre.

 

El grupo de humanos puso rumbo de vuelta a la puerta, que delimitaba la inapreciable estancia, dominada por los cinco tronos a su espalda, desde los que los Espíritus Mayores los observaban partir de nuevo. Al verlos aparecer ante él, el Guardián se dispuso a abrirles por última vez un portal, para llevarlos de vuelta a su mundo. Cuando este se materializó, se dispusieron a atravesarlo, pero se detuvieron apenas un instante antes de hacerlo.

 

—Esperad —Eloane, Khuat-Vah y Emmanuel se dieron la vuelta.y descubrieron a Ezequiel dando un paso atrás, mirando a un lado y a otro con nerviosismo—. Yo… yo no puedo volver.

 

—¿A qué te refieres? —le preguntó Khuat-Vah, desconcertado.

 

—A ti te espera tu pueblo y tu familia, Khuat-Vah —comenzó a exponer el hombre—. Emmanuel, aunque haya perdido a sus padres, tiene toda su vida por delante, porque alguien tan valiente como él será capaz de superar cualquier amenaza que se le plantee, y Eloane tiene también una vida llena de posibilidades por delante, a la que estoy seguro sabrá sacarle provecho. En cambio yo… —Se tomó un instante para respirar profundamente antes de continuar—. Yo ya había muerto antes de venir aquí. Lo sé, vi mi cuerpo al fondo de la cueva, ¿qué se supone que me espera al otro lado de este portal? Creo que no quiero averiguarlo, creo que quiero quedarme aquí, donde puedo ser de ayuda a otros, donde puedo… vivir, de algún modo.

 

—No tienes de qué preocuparte, Ezequiel —lo animó Eloane, aproximándose a él para apoyar una mano sobre su hombro—. Lo entendemos y sabemos que tomas la decisión correcta. Ahora sabemos que siempre estarás ahí, velándonos, y eso solo nos da mayor confianza para afrontar lo que quiera que venga. Así que gracias, Ezequiel. Por todo.

 

No hicieron falta despedidas, abrazos ni lágrimas. Los cuatro sabían que nada de eso cambiaría lo que estaban dispuestos a afrontar. El momento había llegado, después de tantos riesgos y esfuerzo. Por fin, sabían cuál era el lugar de cada uno y, aunque algunos estuvieran a punto de olvidarlo, habían logrado algo impensable antes de llegar a Krallik-Roh y aquello, de un modo u otro, los uniría por siempre. El miedo que había intentado destruirlos solo había logrado unirlos.

 

Por última vez, el portal se cerró a su espalda, para siempre, como para siempre quedaría su hazaña impresa en la historia de Krallik-Roh.

 

***

 

Un lejano bocinazo, pasando como una flecha al otro lado de la ventanilla, fue lo que la trajo de vuelta. ¿Qué había pasado? Miró a su alrededor. Al frente, la carretera continuaba extendiéndose sin fin aparente, bordeando el bosque. A los lados, el asfalto en uno y los árboles en otro. Hacia atrás, reflejado en el espejo retrovisor, el arcén de tierra, en el que algo destacaba sobremanera.

 

Tratando de discernir lo que acababa de ocurrir, Eloane observó los dos surcos paralelos que nacían en el borde de la carretera, varios metros atrás, y serpenteaban hasta alcanzar la parte trasera del vehículo. Entre la neblina que enturbiaba en ese momento su mente, creía recordar haber chocado con algo en el puente más atrás, o tal vez solamente lo había esquivado. El motor permanecía en marcha y no parecía que el coche tuviera desperfecto alguno. Tal vez solo se había quedado dormida por un instante, perdido fugazmente la consciencia y escorado en su trayectoria hasta detenerse en ese punto. Eso tenía que haber ocurrido, era la única explicación plausible.

 

Con manos temblorosas, rodeó el volante y retomó la marcha. Era ya de noche cerrada, pero tenía tan memorizado el trayecto de vuelta a casa desde la ciudad que pudo permitirse pensar en el asunto que la había tenido ocupada todo el día mientras conducía. El señor Yin Fao había resultado un sujeto experto en negociaciones empresariales y trapicheos miles, pero su afilada dialéctica y la ventaja que suponía moverse en la para ella conocida marea de la legislación española le habían permitido doblegarlo y convencerlo de que su mejor opción era comprar la empresa de su amigo Ismael. A causa de este dura batalla, lo que más deseaba en ese momento era llegar a casa, descalzarse y tirarse en el sofá, desconectar de la frustrante rutina del trabajo.

 

Atravesó la urbanización, sustituyendo las luces de carretera por las de cruce para no molestar a los vecinos, y encaró la rampa adoquinada que ascendía la pequeña colina sobre la que se alzaba su casa. Guardó el coche en el garaje y se dirigió a la puerta de entrada. Al girar la llave y empujar la hoja, tuvo la sensación de que algo no iba bien, de que algo no era como esperaba.

 

—¿César?

 

Cerró la puerta a su espalda sin haber recibido respuesta alguna. Fue entonces cuando, comenzando a desprenderse de la tensión acumulada durante toda la jornada, recordó que aquella noche su novio tenía turno en el hospital. Tras soltar un liberador suspiro, se descalzó y se dirigió a la cocina, donde se hizo con una copa alta y una botella de vino blanco. Tenía toda la casa a su disposición, así que nadie la privaría de un merecido momento de descanso en el sofá. Tal vez hasta viera algo la televisión.

 

Recostada en el salón, con la copa de vino a medio beber sobre la mesa de centro, Eloane veía sin atención una aleatoria e insustancial película de acción. En realidad no quería verla, solo necesitaba algo de ruido que la acompañara hasta que César llegara, hasta que esa sensación de vacío y soledad, de incomodidad, la abandonara. No tardó, sin embargo, en caer rendida por el agotamiento. El sueño la invadió, llevándola a algún mundo alejado de la realidad, un lugar extraño habitado por animales parlantes sentados en tronos: uno de tantos sueños que habría tenido a lo largo de su vida.

 

Fue por ello que, cuando el aire se agitó en la esquina del salón, su única reacción fue recolocarse sobre el salón, como cuando una corriente de aire colada por la ventana la hacía convertirse en un ovillo humano. No pudo ver así la fisura resplandeciente e inestable que emergió en el centro de las sombras, como tampoco pudo ver la figura que la atravesó para quedarse ahí, camuflada en la penumbra, observando, atenta.

 

 

Sabía que su presencia allí no era inútil, que en algún momento la historia se repetiría, porque era inevitable que lo hiciera y, cuando sucediera, él estaría ahí, vigilándola, dispuesto a entrar en acción. Como un espíritu.

 

*** FIN ***

 

NOTA: Esta historia continúa la trama de la que forman parte los siguientes relatos:

—El próximo paso (Semana 8)

—Noche de tormenta (Semana 15)

—El Santuario (Semana 20)

—Simulacro (Semana 26)

—En el claro (Semana 30)

—Vuelta a casa (Semana 35)

—Última esperanza (Semana 39)

—El punto de partida (Semana 45)

—Inmersión (Semana 49)

—Atrapados (Semana 50)

—Enfrentamiento a muerte (Semana 51)

Publicado la semana 52. 26/12/2018
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