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Enfrentamiento a muerte (Krallik-Roh V)

Eloane avanzó por las entrañas de la fortaleza, cruzando pasillos, puertas y salones varios. Todavía llevaba en su interior el miedo de estar a punto de morir, en una habitación de la que no había encontrado rastro alguno y a manos de un grupo de cuerpos humanos súbitamente despertados de su eterno descanso. Sabía lo que tenía que hacer ahora, pero, ¿cómo hacerlo? Cruzó una última puerta y una aterradora sensación la invadió de pronto. Otra vez estaba ahí, con el espejo y el pedestal, pero ni rastro del Sumangetorum ni de sus compañeros.

—Vaya, no esperaba verte de nuevo con vida —pronunció una voz familiar, procedente de las sombras. La figura de Razarac salió de una esquina de la estancia, portando entre sus manos el tomo encuadernado—. Al menos me queda el consuelo de que serás la única: los demás han sido demasiado estúpidos para lograr llegar vivos hasta aquí. No puedo quejarme, ese era mi objetivo.

—Maldito seas, Razarac —musitó la mujer, apretando los puños por la rabia.

—¿Tú me maldices, insignificante humana? ¿A mí, el todopoderoso Señor de las Tinieblas? No me hagas reír.

El eco de una grave carcajada se extendió por toda la estancia. La seguridad que mostraba Razarac en sus palabras resultaba insultante. ¿Cómo se suponía que iba a derrotarlo ahora, especialmente si ya no tenía el apoyo de sus compañeros? Los Espíritus Mayores habían confiado por alguna incomprensible razón en ella, pero en ese momento toda confianza en sí misma había sido sustituida por el miedo, un miedo atenazante y letal.

—No sabes cómo voy a disfrutar de este momento —susurró Razarac, deslizándose hacia Eloane, sin dejarle ver su rostro bajo la capucha—. Sabrás lo que es el dolor, la tortura, sentirás cómo cada gota de vida se escapa de tu interior y, en ese momento, te condenaré a permanecer así por toda la eternidad, con ese sufrimiento. Porque matarte sería demasiado considerado. Así que prepárate, ha llegado el momento de tu final.

—Te equivocas. —Sin que Eloane se diera cuenta, una puerta se había abierto a su espalda. Miró hacia allí y descubrió a Ezequiel, Emmanuel y Khuat-Vah, en pie y rebosantes de vida: parecía incluso que con repuestas energías. Ezequiel dio un paso al frente antes de responder con firmeza—. Es tu momento el que ha llegado, Razarac.

El Señor de las Tinieblas emitió un gruñido de incomodidad. ¿Cómo podían haber sobrevivido los cuatro? Esos no eran sus planes. Pero daba igual, era mucho más poderoso de lo que ellos pudieran imaginar, y estaban a punto de averiguarlo. Profiriendo un estremecedor gruñido, dio libertad a su auténtica naturaleza. La figura encapuchada dio paso a una masa flotante de impenetrable oscuridad, de la que emergieron dos largos brazos rematados en garras afiladas, que se clavaron en el techo de la estancia. También surgieron dos robustas extremidades inferiores, que aterrizaron contundentes contra la base de las paredes que conformaban la esquina a su espalda, haciendo saltar por los aires gruesas esquirlas de piedra.

Desde el centro de la estancia, el grupo de humanos contempló atónito la transformación de Razarac en un ser mucho más terrible y amenazador. Del tronco de aspecto impenetrable surgió una cabeza de líneas afiladas, puntiagudas. Pero lo más aterrador de todo era el rostro, compuesto por un par de ojos ambarinos, rebosantes de inteligencia y maldad, y una poderosa mandíbula de aspecto imponente. Fue cuando les dedicó un estridente chirrido cuando descubrieron las múltiples filas de agudos colmillos que ocultaba en el interior de sus fauces. Toda la estancia parecía empequeñecer y sacudirse por su sola presencia. Comprendieron al fin hasta qué punto Razarac constituía una amenaza para aquel y cualquier otro mundo: incluido, por supuesto, el suyo.

Como para incrementar esa sensación de derrota por impotencia, el ser se arrastró por la convergencia entre techo y pared hasta el extremo contrario de la estancia. Al pasar por encima de las cabezas de los humanos, uno de sus brazos se descolgó rápido como un rayo y cercenó el aire en dirección a ellos. Gracias a un acto reflejo, pudieron tirarse al suelo a tiempo y frustrar el letal ataque.

—¡Eloane, el libro! —exclamó en ese momento Emmanuel, señalando hacia el suelo bajo el lugar donde Razarac acababa de transformarse.

—¡Corre a por él, Eloane! —le indicó Ezequiel, al comprender la intención de su jovencísimo compañero—. ¡Nosotros te cubrimos!

En el momento en que, tras ponerse de nuevo en pie, comenzaron a avanzar flanqueando a Eloane hacia la esquina de la estancia donde yacía abandonado el Sumangetorum, el siniestro monstruo articuló un profundo sonido, que les recordó remotamente a un no exclamado.

Con incrementado pavor, lo vieron descolgarse del techo, descendiendo por la pared como si de una araña se tratara y lanzándose a la carrera directamente hacia ellos. Se dirigían de espaldas hacia el lugar indicando, creando una barrera para proteger a Eloane, viendo cómo a cada instante el feroz engendro se encontraba más y más cerca de ellos. En el momento en que Eloane alargaba un brazo para alcanzar el libro, una de las garras del ser impactó contra la muralla humana, desmantelándola sin esfuerzo alguno. Cada uno de los tres integrantes salió disparado en una dirección diferente: Emmanuel fue proyectado hacia la pared del malogrado espejo, mientras que Ezequiel fue lanzado hacia el frente, impactando contra el cuerpo de Eloane y haciendo que ambos rodaran sin control por el suelo. Pero fue Khuat-Vah el que peor suerte corrió: por ser el que a menor distancia fue enviado, Razarac se abalanzó directamente sobre él, apresando su cuerpo entre sus garras.

Eloane levantó la cabeza, tumbada boca abajo en el suelo y con el cuerpo de Ezequiel cruzado sobre el suyo. El libro, ¿dónde estaba el libro? El pánico invadió su cuerpo al no encontrarlo a su lado, sino a unos tres metros de distancia. Había fracasado en su intento de alcanzarlo para acabar con Razarac: su única oportunidad se acababa de esfumar.

—Se ha acabado el juego, asquerosos humanos —vociferó el engendro, irguiéndose sobre sus patas hasta casi rozar el techo con la cabeza. Con una repugnante soberbia, levantó uno de los brazos hacia Eloane y Ezequiel—. Dadme ahora mismo el libro, si no queréis que acabe con él ahora mismo.

La garra del monstruo sostenía en el aire el cuerpo del indio, exhibiéndolo cual trofeo de caza. Lo sujetaba a la altura del pecho, mientras una de sus garras afiladas presionaba su cuello, amenazando con cercenarlo en cualquier momento. Eloane y Ezequiel se pusieron a duras penas en pie, dirigiendo su vista alternativamente hacia el libro y hacia su compañero en evidente peligro. Sus mentes no dejaban de calcular posibilidades, todas ellas aparentemente avocadas al fracaso.

—¡No se lo deis! —gritó Khuat-Vah tras recuperar de pronto la conciencia y comprender la delicada situación en que se encontraba—. Si lo hacéis, nos matará a todos. ¡Tenéis que acabar con él!

—No podemos dejarte morir —respondió la mujer a su compañero—. ¡Tiene que haber otro modo!

—No lo hay, Eloane. Esta es la única opción. —El indio formuló con voz entrecortada una última petición—. Prometedme que acabaréis con él.

—Adelante, Razarac —exclamó de pronto Ezequiel, deslizándose por detrás de Eloane y colocándose a su lado, preparado para entrar en acción. El momento había llegado, y estaba preparado—. ¡No te tenemos miedo!

El ser dio un pequeño paso hacia atrás. Parecía percibir una renovada amenaza en el grupo de humanos. Para contrarrestarla, sujetó con la otra garra las piernas del indio y lo sostuvo en horizontal en el aire. Comenzó a tirar hacia los extremos, arrancándole agónicos alaridos de dolor, al tiempo que una sonrisa se dibujaba en su rostro. Los tenía justo donde quería, a su merced.

Un agudo y repentino grito hizo que todo diera un giro. Razarac miró hacia un costado justo a tiempo para ver cómo la figura del niño saltaba sobre él, antes de que un objeto punzante se clavara en su espalda. No esperaba un ataque como aquel. El dolor, más en su orgullo que en su indestructible cuerpo, lo hizo soltar al indio y encogerse ligeramente sobre sí mismo. ¿Cómo podían haberlo pillado desprevenido? Lo tenía todo controlado. ¿Qué había podido fallar?

—¡Eloane, cógelo!

La mujer miró hacia el punto de donde provenía la voz de Ezequiel. El Sumangetorum volaba en ese momento por el aire, directamente hacia ella. Echó hacia el frente ambas manos y logró atraparlo, abrazándolo contra su pecho.

—¡No!

El gruñido de Razarac hizo retumbar de nuevo las paredes de la habitación. Intuyendo la intención de sus oponentes, se lanzó hacia la mujer, dispuesto a destrozar cada ápice de su cuerpo mortal.

Eloane abrió el libro por una página al azar, guiada por un incomprensible presentimiento, sintiendo que sabía exactamente lo que hacer. Pero nada mas lejos de la realidad. Todas sus esperanzas se derrumbaron cuando, al contemplar la página, el texto en ella escrito carecía de todo sentido para ella. Levantó la vista y vio cómo Razarac se sacudía para liberarse de Emmanuel, cuya mano ensangrentada aferraba todavía el pedazo de espejo, y apartaba con un zarpazo a Khuat-Vah de su camino. Ya solo Ezequiel, de pie y con los brazos abiertos, se interponía estoico entre ellos.

En el momento en que este cayó también bajo el embiste del engendro, el tiempo pareció detenerse súbitamente. Razarac parecía congelado en una dinámica figura de carrera. ¿Qué estaba ocurriendo? No comprendía nada, toda su seguridad se había esfumado y, ahora, lo único que quería era que por fin la alcanzara para que todo terminara, para despedirse por siempre de aquella pesadilla.

Fue entonces cuando reparó en la presencia a su lado. Fue un leve movimiento el que captó su atención, pero desde ese momento no pudo dejar de contemplarla ni un solo instante. La silueta del oso permanecía imperturbable a su lado, a cuatro patas, contemplando la escena. ¿Qué hacía ahí? ¿Significaba que había muerto y venía a buscarla? ¿O tal vez su presencia tenía otro significado, otro propósito?

El animal, con infinita serenidad, giró la cabeza hacia la mujer, mostrándole una expresión de calma inexplicable. Deslizó su hocico bajo la mano abierta de Eloane y la condujo hasta apoyarla de nuevo sobre el Sumangetorum, justo sobre una línea de texto en concreto. Eloane la miró con atención y pudo ver cómo las letras bailaban unas sobre otras, intercambiando lugares y siluetas, hasta adoptar una formación que, esta vez sí, lograba reconocer.

Incrédula, quiso mirar de nuevo al oso, pero el Espíritu había desaparecido. Al comprenderlo, cerró los ojos con fuerza. Sintió cómo todo a su alrededor volvía a tener movimiento, como si nunca se hubiera detenido, como si aquella salvadora aparición nunca hubiera tenido lugar. Sus labios comenzaron a articular las palabras, que su voz hizo sonar con fuerza y convicción. La última de las sílabas llegó justo en el instante anterior a que, aunque ella no lo viera, las garras de Razarac se cernieran sobre su cabeza.

—Qofna ha ka baqin, Razarac; mar dambe xabsigaage

Lo último que Eloane sintió fue cómo algo atravesaba su interior, arrastrando consigo una parte de ella que se desvanecía y dejaba un vacío en su interior, que jamás volvería a ser cubierto.

 

***

 

NOTA: Esta historia continúa la trama de la que forman parte los siguientes relatos:
—El próximo paso (Semana 8)
—Noche de tormenta (Semana 15)
—El Santuario (Semana 20)
—Simulacro (Semana 26)
—En el claro (Semana 30)
—Vuelta a casa (Semana 35)
—Última esperanza (Semana 39)
—El punto de partida (Semana 45)
—Inmersión (Semana 49)
—Atrapados (Semana 50)

Concluirá la próxima semana.

Publicado la semana 51. 18/12/2018
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